¿Luz al final del túnel?

Mientras el descontento crece, la propaganda política del gobierno se intensifica proyectando una sensación colectiva de fuerza y dominio. En ningún momento aparece débil y sus medidas y acciones configuran una audaz estrategia que le permite difundir una imagen de protector de pobres y garante del bienestar social. Es la controversia perceptiva entre una realidad sentida de crisis y caos generalizado y una fotografía virtual que se expande e impone desde la cúspide del poder público, por los medios de comunicación social. No dejan pasar nada y las cadenas de radio y televisión a diario se diseminan repetitivas y convincentes. Esta avasallante información, fundamentada en probadas teorías y técnicas de la comunicación, van dirigidas a específicos e identificados target dentro de la estructura social venezolana. Marketing político. Luego sus resultados son evaluados y analizados en centros especializados. Aquí, y hay que convencerse de ello, no hay nada improvisado ni mucho menos espontáneo. Todo tiene sentido político y todo posee objetivos muy concretos. ¡Mantener el poder per se!
Espinas y derrumbes

A todas estas, la población mayoritaria enmarañada con su realidad de una hiperinflación que aumenta los precios de alimentos y medicinas, día tras día, que polvoriza los ingresos de familias y personas de la clase C-D-E, que representan más del 70% de los habitantes. Gasta su tiempo haciendo cola, buscando efectivo, el producto más barato y aquél que no aparece en los anaqueles. Se han cerrado empresas y aumentaron los índices del desempleo. ¡Una verdadera tragedia social! La gente solo ve y percibe un camino, el trazado por quienes mandan. El que le vende esperanzas de un mundo mejor y le llega con sus bonos y misiones. Esta es la verdad, no hay que llamarse a engaño. En el panorama de cada vida lo que tenemos al frente es una oferta llamada socialista llena de espinas y derrumbes. Colmada de pueblos divididos y familias fracturadas. Donde el proceso de empobrecimiento galopa indetenible.

Empero, y para bien del país, la procesión va por dentro. La producción petrolera, que genera el 90 por ciento y más de las divisas, disminuye sin control, el aparato productivo al 30% de su capacidad y el control de precios es una entelequia. El déficit fiscal sigue subiendo y los ingresos por impuestos a las rentas disminuyen en forma nominal y relativa. Según los estudios sociales más del 80% de la población adversa a quienes gobiernan. Por otro lado, las personas que reciben bonos y subsidios, consideran en su gran mayoría que eso es un derecho y por lo tanto no comporta compromiso político o partidista. A la larga, esto se irá ampliando. Muy a pesar de la estructura partidista del PSUV, que actúa como tenaza con la gente. Al final del día, si no se para el empobrecimiento y se domina la hiperinflación, equilibrando los precios con ingresos integrales y seguridad social, la gente abandonará el proyecto chavista en forma progresiva. ¿Luz al final del túnel?

La presión internacional crece y las relaciones con los países del continente se empeoran y se instauran así nuevos frentes de conflictos y tensiones. El Grupo de Lima (doce países de la región) van a buscar “pasos adicionales para devolver la democracia a Venezuela”. Según Mike Pence, vicepresidente de Estados Unidos, el caso Venezuela afecta la “seguridad internacional”. Seis países del hemisferio (Argentina, Chile, Canadá, Colombia, Paraguay y Perú) denunciarán a Maduro ante la Corte Penal Internacional. Donald Trump saca a relucir la Doctrina Monroe, “América para los Americanos”. Y el cerco financiero y económico se estrecha más, haciendo imposible que Venezuela negocie con dólares. No las tiene nada fácil el gobierno y los rumores de intervención y golpe de Estado pululan a todos los niveles.

Se agota el modelo

Tengo la impresión que estamos frente a un agotamiento del sistema político que inició en 1998. El descrédito de los partidos políticos está en su más baja escala y el pueblo deambula desorientado por calles y negocios. La situación de hoy me hace recordar cuando Rafael Caldera, ganó las elecciones en 1993, con el 30% de los votos y con el 17% de los miembros del Registro Electoral Permanente. La abstención llegó al 40%. Hoy, la fe en los partidos se ha achicado y no hay alternativa que incremente la esperanza entre las masas populares. Sus problemas se han agravado y el deterioro ambiental se hace insostenible. La calidad de vida sigue un proceso decadente y el desgaste psíquico altera los sentimientos y las emociones del venezolano común. 

 

fcordero@eluniversal.com 

 

efecepe2010@gmail.com 

 

@efecepe2010