“La nada cotidiana”, de Zoé Valdés

Crónicas del Olvido

1.-

Patria o Yocandra, la misma persona y también distinta. El primer nombre ajustado a lo que pasaba y pasa como consigna en la Cuba recién tomada por asalto y la que continúa siendo asaltada. El nombre que sublima el gesto del Che de poner sobre la barriga inflada de la madre a punto de parirla. De parir a quien  bautizaron con ese sustantivo, y que el personaje se arrancó de la piel para hacerse llamar Yocandra, por la burla que impone la ruina de su tierra o la grandeza de un apelativo que no cabe en ser humano alguno.

Yocandra, vocativo  tomado de los papeles de un seudo escritor que lo había creado, pero que jamás respiró como literatura, pero ella sí. Ella, personaje. Ella, ficción o realidad, referente de una aventura que aún mortifica la conciencia del mundo. Ella, personaje que desnuda una hora muy larga del llamado “período especial”, cuando nació su niña Attys Luna, la hija de la escritora.

Saber que la nada existe, que es un rencor vibrante. Descubrir al final que todo eso, la mentada revolución cubana, no es más que un remedo. Un crimen aplaudido por todos los que se dicen manifestantes, protagonistas de una historia desfasada, criminal, atornillada al populismo, al oportunismo más descarado.

Nuestro personaje –ella- vive afiliado a esa realidad. A las secuencias del esbirrismo de los CDR, de la delación, de la putería y chulería nacional. El personaje se quita la máscara, que es la misma que se ponen los dirigentes, sólo que la máscara de ella, la de la Patria o Yocandra, es la del dolor. Es la máscara de la víctima. La verdadera cara de la infamia, porque en ella están los pliegues, los surcos de sujetos con nombres y apellidos como Ernesto Guevara, Fidel y Raúl Castro, entre otros fascistas que convirtieron la Isla de Cuba, en la Cuba sin Isla. 

2.-

El vacío, la cotidianidad de la nada. La miseria. La gran pereza colectiva. Un país que dejó de ser país para ser sólo una consigna, una enseña en una pared ruinosa. Una isla cuyo mar llega a las miserables cocinas y allí se instala con su sal, sus corales, sus monstruos raigales, su agua apesadumbrada, su porquería callejera. Una isla que desaparece del mapa del mundo gracias al silencio del mundo. Una isla inundada por el Caribe, por los tornados que hacen de las calles faramalla de miserables que bailan y juegan dominó en medio de la podredumbre de las cloacas.  

Cuba es una mujer asomada a un balcón. Ella, descalza, sin pantaletas, sin ropa interior mientras en el Malecón gira el pequeño mundo de los desperdicios. Cuba es una insinuación.

Esta primera novela de Zoé Valdés, reconocida, leída y traducida a otros idiomas, la consagraba como una joven promesa, que ya dejó de serlo, es una escritora leída en todos los ámbitos de nuestra cultura literaria. Es una narradora que escribe desde su cubanidad. Que no se aleja de su calle, de sus personajes, de sus familiares. Es una escritora cubana en el exilio, pero lleva a su país siempre en la maleta. Por eso recurre a este intertítulo: “Morir por la patria es vivir”, pero también contiene una ironía, porque Marguerite Yourcenar, pocas líneas abajo, usada como epígrafe, dice: “Tener miedo del futuro, eso nos facilita la muerte”.

Palabras duras, de muerte, y más si el personaje se llama Patria. Patria o muerte, moriremos, traduzco. Y de allí, de sus primeras letras: “Ella viene de una isla que quiso construir el paraíso. El fuego de la agresividad devora su rostro…”

Después la seguimos en las anécdotas, en una narrativa que no descuenta nada. Que todo lo suma a la barbarie que aún continúa asolando a ese país que se niega a morir pese a los fusilamientos, las torturas, las cárceles, los insultos, el hambre, la humillación.

Pues bien, Patria, que no es Yocandra, porque Yocandra es metaficción, y ella es reflejo de la realidad, vivió y vive en todas las mujeres cubanas lo que ella cuenta, lo que su personaje, su doble, su desdoblamiento, acusa mientras sus libros, que son los de la narradora Zoé Valdés recorren el mundo.

Yocandra comienza a ser exilio. Quiere borrar su nombre para ser otro, en préstamo. Porque ese nombre sacado de unas páginas de pobreza literaria, enaltecen lo que será su nuevo espíritu. La patria ya no es. Cuba es una isla rodeada de Patrias exiliadas.

3.-

Esta exposición narrativa de Zoé Valdés deriva en varios personajes que le hacen compañía a Patria o Yocandra, quienes conforman el tejido social en el que se mueve ella. Con El Traidor, falso novelista, amante y un enchufado del régimen, un estafador de ilusiones; La Gusana, una de las amigas del personaje principal, quien al final logra salir de la isla; El Lince, otro de los amigos de Patria, quien termina huyendo de Cuba en una balsa, y el Nihilista, un fracasado cineasta que también forma parte del entorno de la mujer.

Ellos, todos animan el mundo de La Habana donde vive Patria. Ellos desnudan la corrupción, el miedo, la miseria y la incertidumbre que habita en el alma de esa nación, regida por una tiranía que vigila, espía, bucea, indaga, descubre y castiga a la disidencia.

“La nada cotidiana” (Quinteto/ Salamandra, España 2002) se asimila bien a un discurso a veces poético de narrar, aunque la desnudez de su sintaxis expone más claramente el paisaje de un país que ha dejado de serlo para convertirse en una cárcel.

Expresiones como “Tres ventanas abiertas confirman que el mar existe”, “El agua es una atracción lenta, una serenidad máxima”, “padezco de un suspiro eterno”, dan cuenta de la médula poética de esta novela.

En las escenas eróticas la tensión llega a su límite. La narradora juega con el lector, con la narrativa del deseo del lector: lo excita, lo convierte en participante del acto carnal. Zoé Valdés cuenta, narra en medio de un orgasmo verbal.

4.-

Los mitos de la Cuba potencia, de la Cuba culta, de la Cuba solidaria y culta se desprenden de su pedestal. La carestía, el estraperlismo (bachaquerismo en Venezuela), la especulación, el robo, la usura…todo está en esta historia que en esta hora viven algunos países como Venezuela.

Una muestra:

“Total, que me despabilé con el buchito de café, me lavé los dientes, desayuné agua con azúcar prieta y la cuarta parte de los ochenta gramos del pan de ayer. He administrado muy bien el pan nuestro de cada día. Cuando hay -¿si es que hay!- lo pico en cuatro: un pedazo en el almuerzo, otro en la comida, el tercero antes de acostarme, si no lo he compartido antes cuando tengo visita, y el cuarto es el destinado al desayuno. Después volví a lavarme los dientes. Tengo pasta dental gracias a una vecina que la cambió por el picadillo de soya, porque yo sí es verdad que no ingiero eso, sabrá Dios con qué fabrican esa porquería verdosa y maloliente. Me han vuelto vegetariana a la fuerza, aunque tampoco hay vegetales”.   

Y como vivía pensando en las musarañas y los apagones eran constantes, Patria no trabajaba jornada completa. Era empleada en una revista literaria que dejó de salir, pero hacían creer que existía, como todo en este tipo de regímenes. Dicen que hay pero no hay. Dicen que es el paraíso y es el infierno.

Acosada por una soplona, a quien ella apodaba “la militonta”, Patria, la patria, la que lleva otro nombre, se siente acosada, estudiada de arriba abajo por aquella mujer que, como sus profesores, también es policía. Y los que se ocupan de perseguir en las calles, mientras más violentos son más pollos comen. Considerada una “gusana” por esa comisaria, Patria ya no era la patria que ella creía ser. Por eso se decía:

“Vivíamos exiliados de nosotros, nuestras almas en destierro, el cuerpo respondiendo obediente al interrogatorio de las circunstancias (…) Preguntar no estaba permitido (…) Nunca podremos erguirnos totalmente por culpa de los fusilamientos”. Por esa razón vivía en “La Habana, Ciudad Mortaja”.

Esta novela recoge imágenes y expresiones que se han convertido en una ventana de denuncias. No la ventana que descubre el mar. Es la ventana por la que es posible dejar colar:

“De tan alto sentimiento patriótico nos hemos transformado en decadentes, y jugamos con la vida como a la gallinita ciega (…) ya sé que un exiliado tiene hasta la tumba prohibida”.

La isla, ese terrón que antes era de azúcar y ahora es un coágulo de amargura, tiene en la voz de la narradora esta imagen: “Un país obsesionado con obtener riquezas de la miseria”.

El desarraigo no termina de borrarse de la lengua. Raspa la palabra, relata su condición de extraña: “Vivir en el exilio aguza el estado onírico”. Los sueños se hacen más reales, más diarios, más nocturnos, más siempre. Se sueña para despertar en medio de una pesadilla.

Y como todo estado policial con las características de Cuba u otro país que haya pasado o pasa por esta terrible experiencia: “…cada escritor tiene un policía asignado”, y los castigos para quienes se “portan mal” se convierten en primera persona, como en el caso del Nihilista: “Estuvo siete años entre premios, interrogatorios, cárceles, autoencierros, disidencia y reintegración”.

Y como si el cierre de la novela fuese un calco de lo que acontece en pleno siglo XXI en alguna región muy cercana, se pregunta: “¿No ven que me ido quedando sin amigos? Se me fueron, se me van, y apenas puedo hablar de ellos en voz alta, y debo fingir que no me alegro cuando les va bien y tienen trabajo, y reúnen unos quilitos (dinero), y tal vez regresen de visita, pero ya no viven aquí, ya no estamos juntos en el día a día, ya no existe más el “vamos a casa de fulano”, porque fulano, sutanejo y esperancejo se fueron a Miami, o a México…”.

Zoé Valdés cierra la ventana que daba a su mar con esta oración:

“Ella viene de una isla que quiso construir el paraíso”.