De la iguana a Marcos Rubio

Los problemas de Corpoelec vienen de muy atrás, desde hace más de una década, por lo menos, y siempre han sido justificados a partir de un factor ajeno a la gestión a la empresa. No ha pasado tanto tiempo como para que se olvide que en pasadas ocasiones se mencionó una iguana, en otras ocasiones a un rabipelado y hasta a un zamuro, e igualmente a grupos terroristas de la derecha, como responsables de las acciones que impedían o entorpecían la prestación del servicio eléctrico.

Se (des)hizo la luz

Durante estos últimos días ha tenido lugar un apagón sin precedente en Venezuela, apenas mitigado por cortos períodos en el suministro de luz y que obviamente ha traído consigo graves consecuencias en la cotidianidad venezolana, convirtiéndola en un verdadero calvario, dicho sea sin exagerar. Profesionales versados en el asunto, algunos no precisamente opositores, han reiterado una vieja y persistente denuncia, señalando que las fallas se deben a una gestión incompetente, mezclada, además, con altos niveles de corrupción que impidieron concretar las inversiones requeridas para mantener, mejorar y expandir la generación y distribución de la electricidad. Como respuesta a tales señalamientos el gobierno ha seguido, como cabía esperar, la lógica de culpar al mensajero.

La presente crisis, que al momento de escribir este artículo aún no asoma un claro final, aparte de presagiar un futuro no muy luminoso, tampoco ha sido asumida por Nicolás Maduro y sus colaboradores. En su relato imputa al congresista republicano Marcos Rubio, quien presumiblemente habría coordinado un ciberataque con el propósito de dañar el corazón tecnológico de Corpoelec, trayéndonos, así, hasta las angustias que por estos días todos padecemos.

Se trata, sin duda, de una explicación más sofisticada, más propia del siglo XXI, digámoslo así, que las anteriores, pero desmentida claramente, como apunté arriba, por los conocedores del funcionamiento de la industria eléctrica, quienes han planteado la necesidad de que el apagón sea investigado a fondo y de manera independiente, a fin de disipar las dudas en cuanto a lo que pasó, establecer los correctivos pertinentes y sancionar a quienes se deba sancionar. No se trata, así pues, de una investigación como la que ha iniciado el fiscal Saab en contra de Juan Guaidó, vinculándolo a la agresión contra Corpoelec, decisión a la que fácilmente se ven las costuras políticas y la intención de colocar el asunto lejos de donde debe estar.

En fin, una vez más el gobierno versiona los hechos a su antojo con el fin de librar una batalla en la que él mismo es su propio enemigo (incapacidad y deshonestidad en la administración del dinero, reitero) y de la que finalmente saldrá victorioso presumiendo a los cuatro vientos de haber derrotado al imperialismo. Como ya costumbre oficial, se habrá, entonces, sacado de la manga “su” interpretación de lo que aconteció, siempre en plan de refutar la realidad y proponer verdades alternativas, tal como lo indica el credo que fundamenta la doctrina de los “fake news”.

La revolución se vuelve carnet

El apagón es una prueba más del largo rosario de desaciertos con el que, me parece, se cierra una era política de casi dos décadas, copada por un proyecto que viene haciendo agua desde hace rato, que solo exhibe logros que duraron lo que los altos precios del petróleo y termina en la traición de la esperanza de un gentío que apostó a la posibilidad de tener un país más justo, democrático y próspero.

Así, luego de veinte años, la opción política encarnada por el chavismo pareciera haber quedado desnuda, sin ideas que integren una propuesta creíble para el país, poniendo en evidencia que no tiene casi nada que decirle. Una opción representada por una élite que dirige a una sociedad desacomodada y precaria en todos sus planos, y que se dedica a gobernar con el único propósito de seguir gobernando a como dé lugar, incluso mediante elecciones trucadas que le dan victorias aritméticas, pero no políticas. E, igualmente, a través del uso de dispositivos tecnológicos que le permitan, al modo en que está ocurriendo en otras partes del mundo, el control de la vida ciudadana. El llamado Carnet de la Patria juega, en este sentido, un papel clave como parte de una estrategia que incipientemente ya muestra su cara, recordándonos lo que hace mucho tiempo escribió Orwel como ciencia ficción.

En fin, la revolución bolivariana se plastificó, se convirtió en credencial. Nada indica mejor lo que es ahora el punto de vista que tienen Maduro y sus colaboradores para entender y atender al país. En este contexto, la resistencia a dejar el poder nada tiene que ver con la defensa de un proyecto ideológico, sino con intereses personales y grupales que sólo cuentan con el disimulo de un discurso épico que alcanza, cada vez menos, para ocultar su responsabilidad en el descalabro nacional.

El Nacional, jueves 14 de marzo de 2018