De los racismos endógenos y exógenos al folklore lingüístico criollo, visceral o mamador de gallo

Crónicas del Olvido

“Se denomina zurdos a los diestros de la mano izquierda. Son tipos que piensan con el cerebro derecho. Que cuando nos meten un codazo en un banquete nos dicen “disculpe, soy zurdo”. Como si dijeran “soy huérfano”, y se quedan lo más derechos. Conviene no contrariarlos nunca. Los médicos dicen que los zurdos contrariados se vuelven tartamudos. Lo que es una contrariedad”.

“Piolín de Macramé o Florencio Escardó: total, es él mismo”

1.-

Seguramente habrá zurdos que se contraríen con este texto del humorista argentino. O diestros que se molesten porque no fueron tomados en cuenta. En todo caso, ser diestro o siniestro lleva una tremenda carga semántica. Que lo digan los políticos anacrónicos, los que se pelean las manos para calificarse o descalificarse y caerse a tortazos “ideológicos”. Total: tenemos dos manos, y eso conduce a conformarnos, al menos los que creemos ser normales o usar ambas manos para llevarnos los dedos a la cara. O escribir en un teclado.

Era común y corriente tenerle desconfianza a los zurdos en tiempos escolares de hace décadas. Ser  zurdo podía significar retraso o alguna enfermedad ancestral. Los mismos maestros porfiaban al lado del pupitre para que el niño usara la mano derecha atada al lápiz. Y duró mucho tiempo, hasta que la mano izquierda se hizo diestra y se entendió que escribir con ella era la misma cosa: en cualquier idioma la mano izquierda traza letras y sabe acariciar, entre otros asuntos relacionados con el placer.

Esa entrada casi violenta en este ambiente, da pie para decir que el racismo no sólo tiene que ver con el color de la piel ni con la forma de los párpados. Los hay también manuales, porque ser zurdo representaba ser de una extraña raza.

Hay racismos entre blancos, entre negros, entre indios, entre mestizos, entre marcianos y entre los venezolanos que se dicen no ser racistas cuando defienden sus orígenes.

La etnografía puede ayudar a ser más atentos al color que escondemos en nuestros sentimientos.

Es que todo depende del tono y  la mirada, me decía una persona que sabía mucho de esto por haber sido negra: mi abuela africana materna, como lo sabía también mi abuela india/española por parte de padre. Yo soy racista porque me gustan los matices de las distintas “razas”, aunque la palabra no me gusta. Los antropólogos eurocentristas impusieron el término y nos quedamos negros, blancos y amarillos, razas como de los perros: pastor alemán, puddle, chihuahua y el muy callejero y marginal cacrimier, etc.  Y luego, los más modernos acuñaron “etnia”, como para quitarnos un peso de encima, el de los elefantes, por ejemplo. Y  ahora los “colectivos”, otra raza, otra etnia, profundamente racista en cuanto en tanto sean provistos de recursos.

2.-

El racismo ya existía en este continente mucho antes de la llegada de Europa. Entre los aborígenes de la hoy llamada América, desde el Norte hasta el Sur, hubo diferencias que trajeron guerras por el solo hecho de hablar distinto o ser  de piel más clara y mostrar hasta una forma de ver la vida o de cazar o pescar. Los indios piel roja no habrían congeniado con los cumanagotos, los wayúu o los piaroas: no se conocían, pero de haberlo hecho se habrían deglutido como lo hacían los caribes –siempre fueron canoeros de la cuenca marina que los denomina- o los incas, maya-quiché o los toltecas, quienes sacrificaban a sus parientes en nombre de sus dioses. O se comían porque les daba hambre sagrada o no conseguían cochinos de monte, guacharacas o carnes roja o blanca apetitosas. Las guerras entre esas culturas eran a muerte. Y no tan lenta.

Con la llegada de los europeos la situación cambió: los aborígenes fueron convertidos en la ojeriza de españoles, portugueses, franceses, ingleses y holandeses. Y como los aborígenes eran débiles, el padre de Las Casas se condolíó con ellos y aceptó o propuso la idea de traer gente de África. Pero habría que decir que quienes laboraban en las tribus de estas tierras antes de la llegada de ese continente eran las mujeres, mientras los hombres, en su mayoría, permanecían enchinchorrados. Aún es así.

¿Cuántas emociones, cuántas palabras, cuántas maldades en nombre de las razas? Innumerables. Razas superiores, supremacía del blanco, hasta que el europeo se acostó con negras e indias y apareció en escena esa “raza” que dieron en llamar mestiza, y luego  los pensadores e ideólogos zurdos le agregaron América. Somos la América mestiza. 

Ser zurdo era una “patología”, así como ser diestro era una normalidad. Pues bien, ser negro, blanco o indio y sus resultados socio/sexuales/gozosos: mestizo, es una condición que arrastra muchos significados antropológicos que en estos tiempos siguen siendo una curiosidad molesta y hasta criminal. Es decir, una contrariedad.

3.-

Se me ocurrió escribir acerca de este ya trillado asunto porque al parecer alguien descubrió que somos un país racista. No quiero poner en duda esas afirmaciones, pero sí me gustaría pasearme por los estertores de quienes lo dicen para no dejar morir el momento, que se presenta redondo en estos años de endoxenofobia (valga el neologismo) provocada por un régimen (gobierno no es) que ha desatado muchos demonios. Unos que andaban por ahí y otros que han despertado con legañas en el alma. 

Existen diccionarios de todo tipo. Desde el de la Real Academia pasando por el de todas las lenguas habidas y por haber hasta los de Insultos, vicios, astronomía, filosofía, literatura, medicina, psiquiatría, geografía, humanidades, sexología, en fin, para todo hay un diccionario. El que hoy se me ocurre tiene que ver con términos que aluden, de alguna manera nada original, el racismo y otras aristas y malquerencias que luego se convirtieron en costumbre y hasta en palabras y frases sociales, amistosas, amorosas, etc. Como decía antes, todo depende del tono, del brillo, de la tesitura, del ritmo, de los latidos del corazón, etc.

Todo está inscrito en eso que llaman los semiólogos campo léxico y que de alguna manera usaremos para que los expertos crean que uno sabe mucho de esto.

Igual existen títulos, libros, en los que nos tropezamos con este tema que trae de cabeza a gente de todos los colores, formas de caminar, defecar, besar y hasta de amar. Colón fue uno de esos escritores que dejó toda una fábula acerca de los “fenómenos” que imaginó para atraer la atención del poder español. Toda una literatura que aborda la presencia de personas diferentes a los blancos del Viejo Continente. Recuerdo un título de Guillermo Morón que hace referencia al producto interno bruto/ humano de aquella llegada: “Patiquines, Pavorreales y Notables” (Editorial Planeta, Caracas 2002), para dejar sentado que no sólo de los aborígenes o esclavos se decía mal, sino también de los llamados oligarcas.

Pero bueno, vamos al asunto que nos compete: el diccionario que les traigo. Es común y corriente andar con las palabras en la punta de la lengua. Mientras estén allí no hacen daño, pero una vez salen de la boca, comienza un espinoso episodio.

Los términos que pondré a la disposición del lector los hemos usado todos, con o sin ánimo de ofender, dependiendo, como señalé arriba, del tono, el brillo o la tesitura del hablante.

No las escribo en orden alfabético porque alguien podría sentirse insultado racialmente, por aquello de las preferencias supremacistas. Con toda libertad, anárquicamente, para que podamos sentirnos dueños de nuestros actos y egos. Digo yo.

Desde el punto de vista del origen del sujeto me paseo por las voces “portu”, “nica”, “gringo”, “cubiche”, “caliche”, “gallego”, “gocho”, “veneco”, “sudaca”, “chino”, “judío”, “maracucho”, etc., que  designan un gentilicio, sesgada o no, apuntan hacia el lugar de donde proviene el “interfecto”: Portugal, Nicaragua, Estados Unidos, Cuba, Colombia, Galicia, Andes venezolanos, colombo/venezolano (doble nacionalidad), Suramérica, China, Israel (religión o apellido), etc. Partimos de este índice semántico como lo haremos con otras un poco más tarde.

Nunca he usado la primera palabra para designar a un lusitano. Creo que esa cultura le aporta a nuestro país una riqueza extraordinaria. Poco usamos el segundo por la ínfima presencia de centroamericanos en nuestro país, pero de los americanos del Norte sí, aunque el término no nació en Venezuela. Decir de los cubanos, mucho, no tanto por racismo ni xenofobia, más por hacer un uso donde está presente el humor. Aunque ahora, por su abrumadora presencia política, social y económica (tráfico y corrupción van juntos), las cosas han cambiado. Son poco queribles en Venezuela. Contra los colombianos sí hubo conductas del venezolano poco amigables en cuanto a su trato. Por supuesto, la xenofobia contra los nacionales del país vecino fue degradándose hasta quedar la palabra como un saludo hasta familiar. De los gallegos -al igual que de los gochos- se habla mucho, pero eso hoy forma parte de un sentimiento diferente: por cariño, afecto, humor. La diáspora ha profundizado en Colombia y España tanto el “veneco” como el “sudaca”, peyorativos dependiendo del sujeto que los use. No suelen ser apreciados. Ser chino no es un insulto, es una nacionalidad, a menos que el hablante agregue un adjetivo que modifique la normalidad de la presencia del extranjero. La expresión no contiene desafecto, pese a lo desagradables que puedan ser en su comportamiento con los nacionales.  Pero la palabra “judío” sí tiene un profundo arraigo criminal desde hace siglos. La muestra más reciente: el Holocausto en la Alemania nazi. En Venezuela este término no abrigaba resentimiento ni odio, como el que ha sembrado el actual régimen en  algunos de sus seguidores, lo que expresa ignorancia y delito. Sinagogas fueron asaltadas por desatados emocionalmente apoyados por  Miraflores, mientras las mezquitas eran protegidas. Así como ha contribuido a que los cubanos sean rechazados por su intromisión en nuestros asuntos políticos, militares, etc. Los rusos no pasan inadvertidos. “Maracucho” se sostiene en la llamada “viveza” del nacido en el Zulia. Todo zuliano es maracucho. El gentilicio marabino muta y hace ver que el natural de esa zona tiene un carácter regional que los hace ver violentos. Cuestión que es una falsificación que se ha convertido en un simple mote. La voz maracucho pasó a ser un verdadero gentilicio en sentido cariñoso. Es decir, este sentimiento en algunos venezolanos acerca de culturas como la judía, la norteamericana o la europea tiene origen en las mal intencionadas políticas de Chávez y Maduro. No se puede concebir que la lengua se mantenga inactiva cuando la fuerza física sea incapaz de reaccionar. Lamentablemente, los pueblos de este tipo de  régimen son arropados por la ligereza de las palabras, producto de un activismo cuya coherencia está centrada en el insulto. El mismo hecho de concebir las voces “afrodescendiente” o “afroamericano” (para evitar decir “negro”, “niche” en español,  o el despectivo “nigger”, el genérico “black” o el específico “blackamoor”, en inglés) como términos ideológicos, provoca rechazo en la población, inclusive en algunos estratos de la cultura negroide nacional, porque los aleja del resto de las comunidades con las que hacen vida. Ese término es racista, diferenciador, excluyente. Repito: en la medida en que se siga usando como consigna para atraer a esa comunidad.

Un caso muy curioso tiene que ver con los apellidos. Muchos creen que por ostentar uno español los hace nacionalmente herederos de derechos, pero quienes llevan uno italiano, portugués, inglés, francés, alemán, etc., pasan a ser gente sospechosa o descendiente de extranjeros. Habría que preguntarle al delicado insidioso por qué su apellido no es Cuicas, Chinchorro, Múcura, Arepa, etc. Y se siente más aborigen que Guaicaipuro. O por qué en lugar de español no habla warao, wayúu o maquiritare. Algunos se ufanan de afectar a los judíos mientras llevan en su cédula un apellido sefardita. La soberbia y la arrogancia del poder no los deja ver.

4.-

Ese campo léxico/ semántico alude a la geolingüística, pero hay otros términos, voces de presupuesto generativo, es decir, aquellos que eslabonan significativos adventicios. Los relacionados con el trabajo, por ejemplo: lavandera, barrendera, campesino, campuruso, provinciano, rural, conuquero, bodeguero, cocinera, limpia pocetas, entre otros oficios que podrían ser objeto de estudios más densos y conforman un índice semántico aparte.

Igual sucede con la condición física de ciertas variedades humanas o mestizas: mulato, pelo chicharrón, bembón, bachaco, zambo, salto atrás, guaricho (nombra a los niños de manera afectuosa en el Oriente de Venezuela. Voz kariña o cariña), etc. Es recomendable añadir que cada voz define un carácter onomasiológico. De la palabra original (de su lexema) se desprenden otras significancias que alimentan el mencionado diccionario pero cuyo contenido no alberga carga negativa.

El perfil social lleva lo suyo. En un diccionario del insulto caben: “chusma”, “populacho”, “horda”, “pajúo”, “pato”, “jalabolas”, “foca”, “analfabestia”, “mongólico”, “gallina”, así como los agregados bien agregados referidos al sexo: “lesbiana”, “cachapera”, “marico” (aunque éste ya perdió su peso semántico), etc. Igual los relacionados con el intelecto: “burro”, “animal”, “bestia”, etc. Muy nuevos como “varón” (de la jerga carcelaria introducidos por los cristianos evangélicos y usados en la calle como muletilla de salvación o aceptación social o buhoneril).

Un “carajo” es distinto a un “carajete” o a un “carajito”. El primero suele decirse en diferentes tonos: amable, amistoso, iracundo, etc. El segundo es más despectivo. El tercero es amoroso, paternal, maternal, familiarmente infantil.

Quedan, por supuesto, muchos fuera de este emergente diccionario en el que el racismo, la xenofobia y demás pecados capitales en Venezuela no tienen el peso que podrían tener en otras regiones del mundo. A veces esos pecados se convierten en humor negro, en amistades, en delectaciones, en arrecheras instantáneas como la leche en polvo, porque vacilarse la parte con quien nos vea como somos y hacerse pana de nosotros alisa cualquier superficie.

Las ideologías traen consigo muchos males: las políticas, las sexuales, las religiosas, las económicas, las sociales, etc. Cada pensamiento dogmático implica caer en el fanatismo, en una patología que hace del ser humano un sujeto cuestionable.

NOTA BENE:

El autor de este trabajo no se hace responsable por su “racismo”: me encantan las “razas” siempre y cuando ellas no se conviertan en una supremacía. Puedo tener buena relación con un chino, pero si abusa de mí y de los míos, de mi país, no me cae bien. Y así lo afirmo de cubanos, iraníes, rusos, turcos, etc. Eso no quiere decir que sea racista, xenófobo o chovinista. Igual, tengo amigos de distintos sexos que tienen preferencias diferentes a la mía. Respeto mucho su vida, siempre y cuando no se sobrepasen con teatrales amaneramientos que intenten estropear la amistad. Y como se trata de un tema muy delicado, lo dejo hasta aquí.

Los venezolanos tenemos sangres revueltas, mezcladas: somos españoles, africanos, indígenas, italianos, portugueses, judíos, árabes, etc. Eso nos distingue en el mundo. Por eso, ser racista en venezolano es una dislocación mental mucho más delicada que la que se manifiesta en otras regiones, pero sí existen rasgos de racismo endógeno y exógeno. Eso no se puede negar, pero sin violencia, sólo palabras, cargas emocionales momentáneas, que luego se convierten en señales de atención, en manos sobre los hombros y hasta en eventos familiares.

 Somos blancos, bachacos, morenos, negros: un arcoíris biológico. Y eso nos maravilla. Otra cosa tiene que ver con quienes han venido a este país de manera grosera a jodernos la paciencia y a explotar nuestro gentilicio y riquezas en nombre de ideologías.

Ahí sí me arrecho y digo groserías.

No más.