El Banco Mundial de Semillas de Svalbard no es “la bóveda del fin del mundo”, es mucho más

En una isla remota de un archipiélago a medio camino entre la parte más continental de Noruega y el Polo Norte, en lo más profundo de una ladera donde el hielo no se derrite nunca. Es ahí donde se alza una imponente bóveda rectangular de ciencia ficción a la que sólo prestamos atención cuando el mundo nos da la espalda.

La revista Time calificó al Banco Mundial de Semillas (Svalbard Global Seed Vault) como el sexto mejor invento del año 2008. Quizás se quedaron cortos. “Superman tenía razón: si quieres mantener algo a buen recaudo, construye una fortaleza en una montaña del Círculo Polar Ártico”, dicen. Aunque lo único que se puede ver desde el exterior es un gran portal rectangular con una obra de arte en en la parte superior que juega con la incidencia de las luces árticas.

Como un iceberg flotando en el mar, esconde gran parte de su estructura en el interior. Construido para resistir el implacable paso del tiempo, el Banco Mundial de Semillas almacena más de 1 millón de semillas. Dicho de otra manera, es el último guardián de la colección de cultivos vegetales más diversa del mundo. Y aunque parezca mentira, aún está muy lejos de su objetivo final.

Muy pocos son los privilegiados que han traspasado el umbral de la bóveda para adentrarse hasta las entrañas de este almacén bunkerizado a 150 metros de profundidad subdividido en tres grandes salas. Nada se deja al azar. La cámara está construida a prueba de erupciones volcánicas, terremotos de hasta grado 10 en la escala de Richter, la radiación solar, y, en caso de fallo eléctrico, el permafrost (capa de suelo permanentemente congelada) del exterior actúa como refrigerante natural.

Todo lo dicho hasta este punto es la verdad y nada más que la verdad. Aunque la cultura popular ha empañado la realidad de tantas verdades a medias que el trabajo de demasiado buenos profesionales queda empañado por falsos mitos. “Un mito generalizado es que esto es una 'bóveda del fin del mundo' o 'el arca de Noé del siglo XXI' diseñada para ayudar a la humanidad a reiniciar la agricultura después de una catástrofe mundial. Cuando lo cierto es que hay desastres naturales que se suceden casi todo el tiempo, y la bóveda ya ha resultado valiosa para el mundo en tiempos de crisis”, dice el oficial de comunicaciones de Global Crop Diversity Trust en exclusiva para Condé Nast Traveler.

Hay que retroceder hasta el año 2015 para encontrar dos buenos ejemplos. Como resultado de la guerra civil en Siria, el Centro Internacional de Investigación Agrícola en Zonas Secas (ICARDA) perdió el acceso a su banco de genes en Alepo. “Afortunadamente, una gran parte de las semillas se habían duplicado y enviado hasta aquí para su custodia. Como resultado, ICARDA retiró sus muestras entre 2015 y 2019 para restablecer su colección de bancos de genes en Marruecos y Líbano”. Otro caso destacado es la misión de rescate para recolectar semillas de cultivos nativos del Nepal, que se organizó tras el gran terremoto en la zona que afectó a tres grandes distritos: Sindhuplanchowk, Dolakha y Ramechhap. Semillas únicas en el mundo que ya están a salvo. Dos historias con final feliz como muestra de que el Banco Mundial de Semillas está cumpliendo su tarea sin hacer ruido.

Al tratarse de uno de los lugares más especiales y relevantes del planeta es evidente que hay que mimar los detalles al milímetro para que el engranaje no falle. Nuestro historial como agricultores y el ADN del planeta está registrado aquí para que nada quede al azar. Por eso era inevitable vincular la pandemia actual del COVID-19 con lo que se puede leer en su página web. "Es una instalación de almacenamiento de semillas a largo plazo, construida para resistir el paso del tiempo y el desafío de los desastres naturales o provocados por el hombre".

Si existe algún riesgo real para el Banco Mundial de Semillas con la pandemia del coronavirus en plena expansión, su oficial de comunicaciones lo niega tajantemente. “No, las semillas y el Banco Mundial de Semillas de Svalbard no están en riesgo dada la actual pandemia de COVID-19. La bóveda está construida para ser una instalación de almacenamiento de semillas de respaldo para las semillas del mundo. Es decir, no es un banco de genes activo. Actúa como una caja de seguridad en el banco. Las cajas de semillas se almacenan en condiciones de “caja negra", lo que significa que los depositantes son los únicos que pueden retirar su contenido. Mientras las semillas se almacenan, sólo el personal puede manipular las cajas, y el material del interior de las cajas nunca se toca. Lo que significa que las semillas no están expuestas al tacto humano después de haber sido empaquetadas y enviadas a Svalbard”.

Aclarada la primera gran duda, indirectamente surge otra casi sin evitarlo. Ha quedado claro que una pandemia como el coronavirus no afecta a las semillas ni las plantas, pero podría afectar al personal de la instalación y dejar el lugar desamparado. Otra respuesta tajante: “No hay personal permanente trabajando en la Bóveda. NordGen, que tiene su oficina central en Alnarp (Suecia) envía personal cuando hace falta abrir los depósitos; gran parte de la vigilancia se realiza de forma remota, lo que reduce la necesidad de que el personal se concentre físicamente en la Bóveda o en sus alrededores”.

Estos mecanismos de seguridad casi obsesivos tienen razón de ser. En este momento, la estimación real de plantas a nivel mundial llega a los 7.1 millones, de las cuales 2.1 millones son únicas. “El Banco Mundial de Semillas actualmente almacena más de 1 millón de estas (1,057,151) enviadas desde 86 depositantes de todo el mundo. Todavía hay poco más de 1 millón de muestras de semillas únicas que no están almacenadas en la Bóveda. Llenar este vacío es una prioridad para los socios en los próximos años”.

Lejos del objetivo final, trabajan con ahínco pese a que la gente sólo les presta atención cuando las cosas se ponen complicadas. “En tiempos de crisis, inevitablemente recurrimos a las copias de seguridad de las semillas, y es entonces cuando su necesidad se hace más evidente. En los buenos tiempos, puede ser fácil olvidarse del valor de tener este lugar. Sin embargo, cuando se trata de alimentos y agricultura, vemos casos de catástrofes naturales regularmente. Lo que pone de relieve la necesidad de instituciones como esta”.

Es cierto. Desafortunadamente, necesitamos casos como la pandemia de coronavirus para darnos cuenta de la importancia de instituciones como el Banco Mundial de Semillas. Pero hay muchos otros ejemplos. “Desastres como inundaciones, incendios, terremotos, problemas técnicos, económicos y políticos pueden causar graves pérdidas de cultivos en bancos de genes en cualquier momento, por lo que es muy importante tener una instalación que sirva como respaldo de la seguridad global”.

Un buen ejemplo de ello es lo que sucedió en Filipinas el año 2006 y 2012 con dos inundaciones desastrosas que casi acaban con todo el material genético del Laboratorio Nacional de Recursos Fitogenéticos (NPGRL) de la Universidad de Filipinas en Los Baños (UPLB). “Idealmente, los bancos de diversidad genética de las especies vegetales silvestres (germoplasma) deberían enviar copias de seguridad de sus semillas en los buenos tiempos, no solo en los malos. Porque cuando ocurre un desastre, puede ser demasiado tarde”.

Por eso, cada vez que se abre la fabulosa bóveda del Banco Mundial de Semillas para que salgan semillas, implica una mala noticia o desastre natural en algún lugar del mundo. Todo lo contrario cuando entran nuevas semillas en el recinto, ya que implica que otro tesoro vegetal está a salvo. Es el caso de hace poco más de un mes, cuando el pueblo Cherokee aceptó la invitación del Banco Mundial de Semillas para ser la primera tribu estadounidense nativa en almacenar sus semillas tradicionales. Entre ellas, tres tipos de frijoles y cuatro tipos de maíz arcoiris, entre los que se encuentra el Cherokee White Eagle Corn. Pase lo que pase, el maíz más sagrado para el pueblo cherokee ya está a buen recaudo en un lugar que representa cualquier cosa menos la “bóveda del fin del mundo”.

25 de marzo de 2020

Condé Nast Traveler

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