El derecho al optimismo

Por estos tiempos tan viscosos, el pesimismo se confunde con el realismo. Una frase muy manida, amén de ingeniosa y elegante, intenta justificarlo: un pesimista es un optimista bien informado. Pareciera que hay que apechugar, entonces, con los malos pronósticos que nos anuncian durante los primeros días del 2017. El optimista suele tener, así pues, pésima reputación.  Cuenta con mala prensa hoy en día: o es tonto o es un inocente.  Peor aún: hasta puede que sea un pendejo.

Pero también hay quienes, por fortuna, piensan que el pesimismo no es útil.  Que equivale a aceptar un fracaso trazado de antemano. Suponer que no hay nada que esperar, nada que imaginar, nada que hacer.  Es, en fin, bajar los brazos, tirar la toalla y esperar sentados a ver qué sucede. Conformarse y dejar que las predicciones negativas cuenten con viento a favor. Cierto que la situación del país nos envía muchas malas señales, desde muchos lados, pero el pesimismo es lo peor que nos puede pasar. 

Hay que ejercer el derecho al optimismo, seguramente establecido en algún artículo de la Constitución, del que nadie se acuerda. O tal vez hacer nuestra la afirmación de Daniel Innerarity, intelectual español con una obra muy importante en su mochila: el optimismo, afirma, no es una opción, es una obligación moral. 

Comienza un año nuevo, según esa sana arbitrariedad de dividir la vida en pedacitos de 365 días para darnos la oportunidad de reflexionar, revisar  e intentar modificar y enderezar las cosas.  Para recordar, en la presente circunstancia venezolana, que el futuro del país está abierto y encierra diversas oportunidades que pueden ser dibujadas por nosotros, porque los augurios no son fatales. Tener en cuenta, en fin, que este país que tenemos, que no le gusta a más del ochenta por ciento de los venezolanos, puede transcurrir de otra manera, por distintos senderos, hacia  destinos diferentes, para beneficio de todos.

Pensado en términos colectivos, el optimismo va ligado a la fe en la política, aunque el liderazgo nacional, con sus excepciones, la defraude y la desfigure volviéndola sobre todo disputa por el poder, mientras la gente, bien gracias.  Fe en la política como instrumento para juntarnos, pactar y multiplicar nuestras fuerzas. Para volver a pensar en el futuro, que se nos perdió hace tiempo porque Venezuela se nos volvió pura coyuntura, mera cotidianidad con adornitos de épica mentirosa.

Se trata, en fin, de que asumamos el derecho al optimismo, sin desconocer la terquedad de los hechos, según habría recomendado Lenín. O, en palabras de Innerarity,  de que cumplamos con la obligación moral de ejercerlo.

HARINA DE OTRO COSTAL

Luego de que hace  unos días se anunciara su firma con la Juventus, club de la primera división italiana, Tomás Rincón se ha convertido, creo, en el primer futbolista venezolano fichado por un equipo perteneciente a la aristocracia del balompié mundial, hecho que uno celebra, pero que no alcanza para maquillar la mala situación del futbol nacional (no del femenino, desde luego).

Confieso que Rincón no figura entre los jugadores criollos que más me gustan.  Que no me resulta particularmente vistoso ni elegante. Que no es mi tipo en materia de mediocampistas.  Pero confieso, así mismo, a riesgo de lucir confuso en mi opinión, que si yo fuera el Director Técnico de algún equipo, me gustaría tenerlo en la alineación.

El Nacional, miércoles 4 de enero de 2017