El lunes negro

I.

Desde que tengo uso de razón futbolística, me ha ocurrido siempre lo mismo después de cada Mundial y  desde que me dio por ser un escribidor de artículos lo convierto en relato público, con las variaciones lógicas propias de cada momento, pero manteniendo siempre el desánimo como tono general.    

Repito, entonces, como lo he hecho unas cuantas veces, tantas que no las recuerdo bien, que el lunes después de la final del domingo uno amanece igual a cualquier lunes común y corriente. Se levanta y no tiene,  como programa único e inevitable el fútbol, escoger dónde ver los partidos y con quienes. Inventar excusas para no ir a reuniones y postergar la entrega de trabajos, sin que importe que todos sospechen en lo que andas. Averiguar qué tal van las apuestas, si las posibles ganancias permitirán disimular por unos días los desacomodos de la vida de un profesor universitario. Mirar, pues, todos los partidos y estar pendiente de Rusia todo el día.

II.

El lunes después del domingo en el que ocurre la final uno cae en la cuenta de que el planeta ya no es más un balón redondo, como parece que dijo Galileo, cuando aún no se había creado la FIFA ni se había inventado la globalización. Se entera que  ya a nadie le preocupa la crisis del equipo alemán ni comenta extrañado que ratificaron a su Director Técnico. Ni se pregunta por la debacle argentina, la decepción de Messi o el paradero profesional de Sampaoli. Tampoco importa qué le paso a Brasil y si Neymar necesita varios meses de cháchara con un psiquiatra para llegar a ser el jugador que puede ser. Nadie se impresiona por lo bien que los rusos organizaron el evento. Ni se refiere al hecho de que los pronósticos se equivocaron rotundamente a pesar de la inteligencia artificial y las demás yerbas científicas. Tampoco se discute si Modric pasa ahora a ser el mejor jugador del planeta o si Mbappé entrará a la historia junto a Pelé. Pocos se preocupan si, como dicen algunos expertos, el fútbol dejará de ser el futbol a cuenta de tanta tecnología incorporada en cada una de sus facetas, desde la indumentaria hasta la manera como se chutan los tiros libres, no digamos el arbitraje, y hasta las posibilidades del dopaje genético. Ni si las selecciones nacionales serán cada vez menos nacionales. O, por decir apenas una última cosa, si la Presidenta de Croacia está casada. En fin, ya nada de esto importa a partir del lunes siguiente.

III.

Uno se percata, así pues, de que la vida dejó de ser una cancha universalizada en la pantalla, vista por millones de terrícolas, habitantes de la Aldea Balón. Uno cae en la cuenta de que hay otra realidad, aunque haya prescindido de ella. Que siempre estuvo allí y que mientras uno estaba frente al televisor comiéndose las uñas ante una tanda de penales, iba cambiando sin pedir permiso. Sabrá, pues, que debe sumergirse en ella de nuevo, aunque digan los médicos que su exceso es  nocivo para la salud.

Así, la pantalla no mostrará más los estadios repletos. En su lugar estará alguien contándonos la realidad con premeditación y alevosía para que no nos escapemos de ella, como lo hicimos durante las últimas semanas. De nuevo nos encontraremos ante el mundo que, según dijo el Presidente de Uruguay, parece un manicomio dirigido por los propios pacientes.

Por otro lado, a uno le parece que la realidad venezolana ha seguido igual, solo que peor. El desmadre se desliza como por un tobogán. El liderazgo político no da pie con balón, no encuentra como pararse en la cancha, mientras más de la mitad de los venezolanos se pone en modo “ni-ni” y solo tiene tiempo de ocuparse, con desespero, de conseguir alimentos y medicinas. La oposición no para de inventarse diferencias para no coincidir y dividirse, mientras el Gobierno gobierna para mantenerse en el gobierno. Uno ve, entonces, al Presidente Maduro hablando en cadena durante el tiempo equivalente a un partido, incluyendo prorroga y penales, con el propósito de informarnos que Venezuela será una potencia en el año 2050, es decir, dentro de 8 mundiales, ay coño. Y otro día se nos aparece pidiéndole a Dios, durante una Misa, que meta su mano todopoderosa en la recuperación de nuestra industria petrolera, ay coño, otra vez.

IV.

En fin, el lunes después uno amanece con el alma estropeada. Pide al cielo que le devuelva el sentido de la vida. Siente la necesidad de ver un psiquiatra que le cure la depresión, unas pildoritas por el amor de Dios, para sobre llevar la existencia sin el futbol nuestro de cada día.  Que le de la fuerza suficiente. fuerza  para atravesar un largo desierto de cuatro años, hasta llegar al Mundial de Qatar, no importa el pesimismo que lo arropa respecto a la vinotinto. Que  todo vuelva a ser como el mes antes de este Lunes Negro, luego del triunfo del equipo de Griezmann y Pogbá,  una selección multi racial que apenas ha logrado disimular por un ratico la xenofobia de la señora  Jean Marie Le Penn y de sus no pocos simpatizantes.

El Nacional, miércoles 18 de julio 2018