El miedo a la polémica

La disgregación de la fuerzas opositoras y el empeño continuista del gobierno han aconsejado la necesidad de evitar discusiones sobre la marcha de los negocios públicos. Si los partidos no están en su mejor momento y la dictadura marcha sin pausa hacia el continuismo, se dice, mejor es esperar tiempos menos comprometidos para la discusión. En una situación de debilidad, también se afirma, lo mejor es pensar con calma antes de hablar para que no se profundicen los abismos de la precariedad intrínseca de las banderías y de la distancia entre las líderes y los ciudadanos. Pero, ¿esos consejos son en realidad prudentes y certeros? ¿Convienen tales precauciones?

La verdad es otra. No es cierto que se hayan desarrollado agrias disputas entre los dirigentes de la oposición en torno a la campaña electoral. Ciertamente se han tomado posiciones opuestas del todo sobre votar y no votar el 20 de mayo, pero no se han dirimido con el énfasis que muchos les han atribuido.

Los voceros de la MUD han mantenido una presencia cautelosa, sin pelearse con el grupo de figuras que se fueron con Falcón a luchar en las presidenciales. Sus intervenciones ante los medios han estado orientadas por el equilibrio, sin llegar al terreno de los insultos o de las descalificaciones personales. Si han afilado flechas y lanzas para atacarse, ha sido en reuniones privadas que apenas han trascendido.

Falcón y sus seguidores han hecho lo propio, sin extralimitarse en el ataque de los antiguos compañeros que llamaron a la abstención. Piden votos sin apabullar  a quienes se niegan a darlo, con la insistencia propia de una campaña que depende de presentarse ante las máquinas del CNE, o de no presentarse, pero sin exagerar a la hora de responsabilizar de su probable derrota, si de veras sucede, a los que vienen anunciando de antemano un fraude de grandes proporciones.

Si así marcha la contienda de los opositores, es decir, si de veras no existe tal contienda, o se ha ocultado con sabiduría, los temores por la existencia de una diatriba de quienes debían ser hermanos, o amigos íntimos, no pasa de ser una búsqueda de la aguja en el pajar. Pero no se trata de una situación ideal, de algo que parece sensato y debe permanecer, sino, más bien, de la negación de un conflicto que se debería tratar con mayor seriedad. Es evidente la existencia de posiciones irreconciliables sobre el evento electoral, pero también destaca el empeño de disfrazarla con la tela de las  buenas maneras.

Las reacciones violentas de parte y parte existen y se calientan cada vez más, pero no salen del zaguán de las habitaciones políticas. El horno de los cocineros principales cada vez se calienta más, pero la comida  que ponen en el mostrador llega tibia y blanda, disponible para todos los estómagos.

Como está implícito en su nombre, una república reclama discusiones públicas, solicita una lucha por la verdad que se debe llevar a cabo sin ocultamientos ante el parecer de la ciudadanía. Nadie pide que todo se ventile desde el principio ante la vista de la sociedad; nadie pide, por  ejemplo, que el Frente Amplio y la gente de Falcón se reúnan en un estadio de beisbol para debatir sus conductas frente a las gradas repletas, ante centenares de árbitros entusiastas e irresponsables que pueblan las tribunas, especialmente cuando la situación es intrincada y merece pausada reflexión, pero la prolongación indefinida de las querellas de los conventículos no conduce a metas constructivas. No solo porque tapa la realidad, sino también porque transmite la sensación de una falta de ideas, o de coraje, que apenas puede servir para profundizar situaciones de inercia que solo se pueden superar con el auxilio de vanguardias activas que se manifiesten con propiedad sobre los problemas más acuciantes.

El escrutinio del 20 de mayo hará que la discusión salga de la cueva. No solo para ver cómo se hace con los mudos de la víspera, o con los medialengua, sino especialmente para ver cómo se sale del entuerto de una dictadura que, de tanto callar sus adversarios, de tanto preferir los modales, de tantos tientos y miramientos, ha salido lisa del debate. Lo que suceda después de la jornada electoral, o de cómo juzgue la sociedad sus resultados, conducirá a controversias sin prólogo que se deben llevar hasta sus últimas consecuencias.