El Patriómetro

Crónicas del Olvido

“¡Yo soy más patriota que tú¡ ¡No, yo tengo en la sangre tierra y barro nacional¡”. ¿Cómo hacer, al cierre de ciclo de esta columna, para medir el nivel de patriotismo de quienes se sulfuran hasta los tuétanos? ¿Existe algún método parecido al del antígeno prostático para conocer cuánto de patria lleva un venezolano en las venas?

Se nos ocurre el patriómetro, suerte de dispositivo que nos colocamos en las sienes, cables aparte, para medir con precisión la cantidad de patria que nos cabe en el alma.

Y todo porque alguien es más patriota que el otro. Por mi parte, he sido patriota –con mis dudas, por supuesto- desde que comía tierra del patio de mi casa en Guardatinajas. Nadie me puede negar que llevo polvo del camino en las tripas.

Si usted, amigo lector, se siente más patriota que su vecino, cómprese un patriómetro. Y si la cola de la tienda es muy larga, mídase la tensión cuando vea a un niño de la calle buscando comida en un tarro de basura. O cuando algún anciano le estire la mano para pedirle lo ayude en su agonía. O cuando la ciudad está invadida de basura. Si no siente nada, no se angustie, el patriómetro no le hace falta. La sensibilidad es otra vaina. La patria es una bombita que se usa para recuperar el aliento, sobre todo si se está sobre una tarima. Si usted siente que se le perdió el patriotismo, tranquilo. No es mal de morirse, porque la patria es global, pese a que el país que uno ha querido siempre, olvido aparte, jamás dejará de estar allí, sin discursitos, sin doctrinas ni cartillas. La patria no suele reclamar, existe. No se inventa, no se recrea con fanatismo. La patria no es fanática, es abiertamente democrática, libre, sin necesitad de nombrarla.

Siempre hay que dudar de quien se crea más patriota que otro. Siempre hay que poner en remojo los discursos excesivos, esos que hacen sonar gatillos, culatas y uniformes. La patria es tan inmensa que la confundimos con el latifundio.

Por ejemplo, ¿por qué es más patriota un militar que un civil? Que yo sepa, Venezuela ha contado con héroes (esta palabra también es peligrosa) civiles que le han dado y le dan luces a quienes se creen más patriotas que los libertadores. ¿Quién menciona en sus oraciones políticas a don Andrés Bello, Juan Germán Roscio, Cecilio Acosta, Lazo Martí, Pocaterra, Julio Garmendia, Enrique Bernardo Núñez, Juan Vicente González, José Gregorio Hernández, Luis Razzetti, Rafael Rangel y muchísimos más que forman parte, casi todos, del baúl donde se guarda los trastos viejos? ¿Quién se siente más patriota, por ejemplo, que Andrés Eloy, Aquiles Nazoa, Job Pim, Rómulo Gallegos, Leoncio Martínez, Orlando Araujo, Miguel Otero Silva, Juan Liscano, Salvador Garmendia, Armando Reverón, Vicente Gerbasi, Rafael Montaño, Otilio Galíndez, Antonio Estévez, El “Carrao” de Palmarito? Y no andaban ni andan por allí elaborando planes patrióticos en nombre de nadie. Hicieron patria, nada más. La patria es tan extensa que no cabe en un solo cuerpo. Es tan ella que no necesita apologistas.

De modo que quien sienta que la patria se le revuelve en las vísceras, que acuda al especialista, al experto en patriología. También la patria es un dolor de parto, de estómago.

Somos patriotas en la medida de nuestras fallas. La patria tiene límites: no se debe exagerar ni dar muestras de ser más amante de ella que otros. También la patria sufre de espasmos.

¿Qué es la patria para ti?, le preguntaron a un niño. “Ese pajarito que canta en esa rama?” Para un observador, la patria es ese mismo niño abandonado en una calle, sólo que los patriotas más locuaces lo ven y siguen su camino haciendo de la patria un discurso. ¿Dónde te queda la patria? Suele estar en el esternón.

El talón de Aquiles de la patria vive en la boca de los habladores de la patria. En los constructores de falsos sueños.

Para eso, entonces, el patriómetro. Sólo que algunos patriotas se han adueñado de él para hacerle trampas y moverle la aguja de la precisión. La patria, a veces, es una mentada de madre. Y cómo duele en la saliva de los ángeles recibir tal agresión.

Patriotas son nuestros muertos, los buenos y los malos. En alguna tumba del país está la patria buscando los huesos de su pertenencia.

Sean estas palabras para poner en sitio de preferencia las ganas de encontrar la patria con la mano en el mentón, pensando. Sean estas palabras suficientes para sabernos parte de sus dolores y alegrías. Sean estas palabras suficientes, por hoy, para afirmar que nos hace falta la “matria”, tan despojada, tan violada, tan amargada. ¿Dónde se nos quedó la patria?

¿Dónde sus salvadores entre nuestras más dislocadas pasiones? No deje de buscar su patriómetro personal. 

(Maracay, 31-12-2004)