Escuchemos las enseñanzas de la pandemia

Hace unas pocas semanas, nadie hubiera puesto en duda que la tendencia más relevante y evidente de la política mundial de estos tiempos es priorizar lo nacional. El unilateralismo y la lógica del «juego de suma cero» se presentaban como la nueva normalidad: «para que yo gane, tú tienes que perder»; «yo primero».

Frases que parecían el rasgo distintivo claro y casi indiscutido de este siglo. Un rasgo que además casi no tiene límites en términos de geografía o ideología: con diferentes matices, es posible hallarlo en todos los continentes, en todas las orientaciones políticas (incluidas muchas variedades de movimientos políticos no catalogados), en una amplia diversidad de sistemas institucionales e incluso dentro de algunas organizaciones internacionales. La tendencia parecía consolidarse día a día, con muy pocas voces que intentaran defender una visión internacional cooperativa, el multilateralismo, las soluciones mutuamente ventajosas y la búsqueda de consensos, y políticas comunitarias en vez de una visión puramente individualista de la sociedad.

Hoy, mientras la pandemia del coronavirus se extiende por todo el mundo, poniendo en riesgo tantas vidas y sacudiendo los cimientos de nuestra cotidianeidad, debemos preguntarnos si seguirá siendo este el paradigma predominante. ¿Se intensificará la pandemia, o aprenderemos de sus enseñanzas?

¿Puede un virus poner en duda algunos de los supuestos en que se basa el actual panorama político internacional? ¿Nos hará concentrarnos en lo que realmente importa, en lo que nos une en cuanto humanidad, o alimentará la sensación de miedo y sospecha entre comunidades y dentro de ellas, nos dividirá todavía más, intensificará retóricas y conductas tóxicas que ya han envenenado nuestras sociedades y paralizado en parte nuestra capacidad colectiva de actuar con eficiencia? ¿Usaremos esta crisis como una oportunidad para llamar por su nombre algunos de los errores de los últimos años y ajustar finalmente nuestra trayectoria a la realidad?

Esta pandemia nos está diciendo muchas cosas, fuerte y claro. Si estamos dispuestos a escuchar sus enseñanzas, he aquí algunas muy sencillas.

Primero: la comunidad global existe. Lo que sucede muy lejos tiene un impacto (incluso vital) aquí y ahora. Un estornudo en un continente repercute directamente en otro. Estamos conectados, somos uno. Todo intento de pensar en las fronteras como líneas divisorias y de clasificar a las personas según su nacionalidad, etnia, género o creencia religiosa pierde significado inmediatamente, ya que nuestros cuerpos están igualmente expuestos al virus, sin importar quiénes seamos.

Segundo: el bienestar de mi vecino redunda en mi interés. Si mi vecino tiene un problema, el problema es mío también. Si no me preocupo por mi vecino, más me vale preocuparme por mí. Porque en un mundo interconectado como el nuestro, el único modo eficaz de cuidarme es cuidar de los otros. La solidaridad es el nuevo egoísmo.

Tercero: se necesitan, con urgencia, soluciones globales coordinadas, y esto demanda invertir en las organizaciones multilaterales internacionales. Pensar que a una crisis como esta se le puede dar una respuesta eficaz con medidas de nivel nacional es lo que en Italia llamamos «tratar de vaciar el mar con una cuchara»: trabajar mucho y no conseguir nada.

La eficacia de la respuesta depende de un esfuerzo sistemático y coordinado en el nivel global, con un nivel adecuado de inversión política y financiera colectiva en la estructura multilateral internacional necesaria para hacer un seguimiento de los hechos, darles respuesta y evitar que empeoren. Destruir la credibilidad y la capacidad de acción de las organizaciones internacionales es restarles eficacia para cuando las necesitemos, y seremos nosotros los que pagaremos el costo.

Cuarto: la toma de decisiones políticas basada en la ciencia es el único camino racional y útil. La evidencia científica es el único punto de referencia confiable que tenemos. Felizmente llevamos miles de años invirtiendo en ciencia, en todo el mundo, en todas las civilizaciones, y por muy sabias razones. Cualquier desviación respecto de la decisión basada en la evidencia científica, por motivos políticos o económicos cortoplacistas, es lisa y llanamente peligrosa.

Quinto: la salud es un bien público. No es algo meramente privado. Es una cuestión de seguridad nacional (incluso internacional) y de prosperidad económica. Como tal, demanda un nivel adecuado y sostenido de inversión pública y una idea colectiva de responsabilidad, cuyo ejercicio es tarea de todos y cada uno de los ciudadanos. Evitar el contagio no es sólo un imperativo individual del que depende la propia vida, sino también un aporte esencial a la supervivencia de las comunidades y al funcionamiento de los servicios de salud pública y en última instancia del Estado.

Sexto: la economía global necesita que las personas estén sanas. Invertir en salud pública, ciencia e investigación es invertir en la prosperidad de las economías en todo el mundo. La producción, el consumo, el comercio y los servicios (la base del sistema económico) dependen de la salud y seguridad de las personas. ¡Es la economía, estúpido!

Séptimo: el buen funcionamiento de las instituciones democráticas es literalmente cuestión de vida o muerte. No nos damos cuenta de lo que tenemos hasta que corremos riesgo de perderlo. En tiempos de crisis, el funcionamiento (o la falta de funcionamiento) de los mecanismos de toma de decisiones es la prueba definitiva. Si a la democracia se la ve como un lastre que frena o incluso impide la implementación de medidas rápidas y eficaces, cobrará fuerza el argumento a favor de sistemas de gobernanza más autoritarios, con todas las consecuencias negativas que eso tendrá para nuestros derechos y libertades. Hacer que las instituciones democráticas funcionen es invertir en salud, en seguridad y en nuestras libertades y derechos.

Finalmente, pero no menos importante: nada es más preciado, más valioso que la vida. A veces lo olvidamos, especialmente cuando es nuestra propia vida la que está en juego. Es simple sentido común: tal vez sea hora de volver a las bases.

Toda crisis puede usarse como una oportunidad para aprender de los errores del pasado, modificar políticas, cambiar de rumbo y corregir falencias que incluso nos negábamos a aceptar que existieran. Depende de decisiones que tomarán personas de todo el mundo, empezando por las que tienen responsabilidades institucionales y políticas, pero en definitiva, son decisiones que tendremos que tomar todos. ¿Usaremos esta crisis para obtener ganancias individuales inmediatas, con el habitual juego de buscar culpables, o será un llamado de atención? No es idealismo, es puro realismo.

Traducción: Esteban Flamini

17 de marzo 2020

Project Syndicate

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