La transición o el peso muerto de los héroes

1.-

Un largo período ha logrado desestimar algunos razonamientos.

Mientras el polvo de la historia que nos marca se esparce por nuestros cuerpos, voces -disidentes o no- tratan de arbitrar el destino de lo que nos tocará vivir en los próximos meses.

Son casi veinte años de lujuria de un régimen que se instaló para destruir lo que se había logrado con el sacrificio, en medio de todos los errores de dirigentes y familias. El país de las utopías, el de las nostalgias, es hoy un país sin asidero. Aquella visión eurocéntrica –romántica en su contenido, enciclopédica en su resignación- derivó en un lago donde las epidemias y los rayos del Catatumbo destacaron la nominación que hoy podría ser parte de un arrepentimiento: aquella Pequeña Venecia no era más que un rancherío infesto, una comunidad alejada de los más elementales insumos de la decadencia del Viejo Continente. Los viajeros de Indias vieron en los palafitos lo que allá sobraba. De modo que el sobrado le fue endilgado con un nombre a un país cuyo engreimiento es el soporte de una decisión totalitaria de la vida.

Venezuela siempre buscó atajos.

Luego del paso por todas las dictaduras militares, incluyendo la de los “héroes de la Independencia”, toda vez que la anarquía y el carácter arisco de la población las requerían (juicios cuyo determinismo también forma parte de la tradición uniformada), el país, el pequeño país adulterado por un nombre que contiene un insulto, arribó en el siglo pasado a 40 años de relativa tranquilidad, de una democracia con sobresaltos, como toda democracia, pero rellenada con los díscolos aspavientos de quienes se agarraron de la vieja creencia de que era posible hacer una revolución, luego de la ocurrencia fracasada cubana, alimentada ésta por los brutales contenidos que vendió a estos países la Unión Soviética.

Y allí nos quedamos. Entonces la “Pequeña Venecia”, la “Tierra de Gracia” comenzó a tomarse como propia una ideología que ya había sido derrotada en sus mismas entrañas.

Somos un país probeta. Un laboratorio contaminado mucho antes de la llegada de Europa.

Venezuela es un regocijo para ideólogos e intelectuales del Viejo Continente. Sobre todo, provenientes de la engañosa Francia, ahora de la España que no encuentra su propio destino.

La historia, comentada aquí, es una fractura. La emoción domina el cerebro. Y he allí nuestra tragedia. Tenemos más tejido cardíaco que dendritas. 

2.-

Ahora que estamos metidos en este berenjenal, se buscan las salidas. El laberinto se ha hecho más tenebroso. La Venezuela de hoy atraviesa por una crisis que costará desmontarla. Los militares, bisagra de esta situación, administran nuestro día a día. Mientras tanto, los llamados civiles revolucionarios se despepitan soñando con el Che Guevara, con los hermanos Castro, con la Rusia de Putin, con la China capitalista salvaje de estos días en los que el Pato Donald baila en Shanghai, y descargan sus hormonas marxistoides contra el inveterado Imperio Norteamericano.

El juego sigue su curso.

 La sangre hierve. El cerebro sucumbe. El corazón se agita.

¿Qué es la transición?

Un viaje que podría ser muy largo como podría ser violentamente corto. Pero ¿se logra la transición mientras el régimen golpea con un mazo, insulta y a la vez exige diálogo?

La llamada modernidad no aporta el suficiente ADN para identificar el entendimiento. Claro, eso no tiene que ver con quienes abundan en palabras y finalmente no dicen nada. Pero el tiempo también tiene una mecha. El tiempo es explosivo. Y la modernidad es un espejo roto.

Visto así, nos queda la narrativa de una expresión, “vita activa”, develada por Hannah Arendt en su libro “La condición humana”:

“La expresión “vita activa”, comprensiva de todas las actividades humanas y definida desde el punto de vista de la absoluta quietud contemplativa, se halla más próxima a la “ashkolia” (“inquietud”) griega, con la que Aristóteles designaba a toda actividad, que al “bios politikos” griego. Ya en Aristóteles la distinción entre quietud e inquietud, entre una casi jadeante abstención del movimiento físico externo y la actividad de cualquier clase, es más decisiva que la diferencia entre la forma de vida política y la teoría, porque finalmente puede encontrarse dentro de cada una de las tres formas de vida. Es como la distinción entre guerra y paz…”

Es decir, la transición es una derivación de esa quietud anclada en la inquietud. Una antropología asomada por el hueco de una casa de paja, mientras unos inmensos barcos surcan las aguas del Lago de Maracaibo. La quietud de quien observa. La inquietud de quien indaga mira con ojos nuevos a quienes luego los reciben con cambures y otros frutos tropicales.

Desde esa lejana imagen, hasta este instante, nos llega la idea de la transición. Del cambio. Del viaje de una experiencia a otra.

Desdeñamos y con razón el nombre con que bautizaron el enclave lacustre.

Hoy, sacramentan el país que heredamos, esa Venezuela signataria de una Venecia que no se parece a ese nosotros voluble y desarticulado. De una Tierra de Gracia cuyas secreciones abundan en el plumaje verbal de nuestros líderes, desde Colón hasta el último que nos arranca la piel. Un plumaje que ha dado al traste con la idea del cambio.

¿Para qué cambiar si somos felices? Se suelen preguntar aún algunos descocados, dipsómanos y hasta adictos a la marihuanería ideológica en este patio minado. Tanto como ocurría antes de la llegada del difunto teniente coronel.

Nominación evocativa y tributaria que nos inclina a pensar que somos unos pendejos gramaticales, unos tontos de capirote con agenda nueva bajo el brazo: “Éramos felices y no lo sabíamos”. Tonterías. La felicidad que vieron los primeros en llegar aquí en lengua castellana fue un espejismo.

Era un pedazo de tierra parecido al Paraíso, pero no era el Paraíso. Era una tierra endémica, profanada por sus propios “primeros” habitantes. La leyenda negra y la leyenda dorada. Inventos para escrutar en la docilidad de esa “pequeña Venecia” soñada.

Una amalgama genética que fortaleció a la cultura, a la lengua y a la misma biología. Pero no éramos los soñados. Éramos los soñadores. Y todo soñador pierde la realidad.

Venezuela es el destino turístico de todos esos yerros. Por eso la transición es un mecanismo que tiene su raíz en el mundo militar, legado por los españoles y fortalecido por Simón Bolívar y sus herederos, que somos todos nosotros.

La vocación playera, parrillera y bochinchera de los venezolanos, analizada por muchos, entre ellos por José Ignacio Cabrujas, destaca en el fracaso que hemos sido. En el fresco que hemos sido a los ojos de los visitantes a este campo aún minado por la majadería de los héroes, de los confiscadores de riquezas, de los anabolizantes de estrategias, de los catalizadores de las tácticas.

Los militares, ufanados por sus medallas, solicitan la mano púber de una prostituta.

Somos la puta histórica del continente. La siempre abierta de piernas.

Somos ese fracaso, el que el mismo Bolívar colocó sobre nuestras cabezas: “He arado en el mar”.

Y allí quedó la bendita oración, para que nos inmoláramos en nombre de una bayoneta calada.

3.-

Los intelectuales, tan usados a la hora de estos quebrantos, hacen y deshacen. Ese es su trabajo: desmontar y hasta desmantelar críticamente lo establecido. Bien, pero sucede que en medio de un totalitarismo muchos se acogen al pequeño mundo del poder, de ese poder que necesita de conjugaciones verbales para que los líderes, carismáticos o no, lancen sus largos discursos.

Esos son los “imprescindibles” brechtianos, los que se envanecen y forman parte de la cara de Jano. Los de la doble moral, los de la enjundia revolucionaria, los de los epítetos, los de los sarcasmos “geniales”, los de una felicidad calzada con el autógrafo de un cadáver que ambula por el mundo, el cadáver del comunismo.

Pero están los que no están atados al poder. Los que disienten, los que han recorrido todos los lugares con la idea de encontrar la fórmula para distender y salir del embrollo en que aquí estamos inmersos. Esos no son los imprescindibles, porque en democracia se reparten los dones. Los intelectuales se sacuden el viejo polvo de la nostalgia y proponen soluciones, avisan de puertas que podrían abrirse o cerrarse. Avistan la transición. Esa es su labor. Y en Venezuela en estos momentos así ha ocurrido. Muchos son los nombres, muchísimos.

Las crisis, generalmente, forman parte de la solución. De modo que la transición está en la crisis. Pero la crisis hay que estudiarla, desnudarla, dejarla en pelotas y caerle a cuero. Porque la crisis tiene nombres y apellidos.

Militares y civiles, profesionales y obreros, intelectuales e iletrados. Todos han mamado de esa teta que ahora, seca, es arrastrada por una arrugada y flaca vaca perdida en medio del escándalo de la corrupción. 

Todos hemos estado en esa nave. En ese cuero seco (nos terminamos de comer la vaca) que nos avisa todos los días de nuestros yerros, pero que no hemos sido capaces de entender.

Y así se nos coló, por la irresponsabilidad colectiva y por algunos semovientes “notables”, el terror, el hambre y la muerte.

4.-

La carga histórica, la que nos agobia, la numerosa lista de héroes que nos arropa, nos ha hecho tropezar desde que este país se llama Venezuela. Pero ese pasado, sazonado con la carne y los huesos de los muertos, nos acusa de ser un cementerio más que un campamento minero, que también lo es.

Un cementerio que nos hace inclinar el temor de que el Panteón Nacional siga creciendo. Y así nuestros aciagos lamentos.

Sobre este asunto, Mario Briceño-Iragorry, tan vapuleado en esta etapa revolucionaria, en su libro “Mensaje sin destino”, dice:

“Transportado al orden de nuestra vida de relación exterior el tema de la crisis de los valores históricos, damos con conclusiones en que pocas veces se han detenido los alegres enemigos del calumniado tradicionismo. Jamás me he atrevido a creer que la nación sea un todo sagrado e intangible, construido detrás de nosotros por el esfuerzo de los muertos, así éstos prosigan influyendo en el devenir social”.

Ya el viejo intelectual desdeñaba el peso de las tumbas. Con epitafios en el hombro no se logran cambios. La transición entonces será muy pesada, quejumbrosa, draculesca, un cuento de Poe, la “Gallina degollada” de Quiroga, el “Asfalto infierno” de Adriano González León. O el “Se llamaba SN”, de José Vicente Abreu.

Sin olvidar que la carga también lleva sobre sus hombres las páginas de Pío Gil.

Transición sin tocar el tema cultural, sin vernos en el barro de nuestra herencia creativa.

Quedarían pendientes muchas aspiraciones. Muchos rasguños sin revisar.

Sin embargo, la transición, el viaje de un espacio político a otro, nos empuja a advertirnos como un peligro. Vamos a cambiar, sí, por supuesto que sí, pero el costo será también un peso, una carga, un saco de piedras, las llagas en los talones de Sísifo.

Los héroes seguirán allí, en los retratos, en los llamados símbolos patrios, en la gazmoñería militar y hasta en la quejumbrosa remembranza de algunos historiadores. Ya el tiempo tendrá tiempo de dejarlos en paz.

5.-

Una vieja lectura, que siempre me ha conmovido y me ha arrastrado a pensar sobre el pasado reciente, sin héroes, sin estatuas, es el testimonio de Artur London, “La Confesión / En el engranaje del Proceso de Praga”. Un relato cuyo personaje central es el comunismo y sus perversiones. Un proceso “judicial” plagado de mentiras, crímenes, soluciones forenses, muertes y traiciones.

Podría afirmar que el “Proceso de Praga” fue también un espacio terrible para una transición, pese a que faltaba mucho tiempo para que el Muro de Berlín fuera derribado, porque en las entrañas del monstruo las injusticias formaban parte del cambio.

El testamento de London comienza sí:

“No puedo más. Aunque me cueste, he decidido ir este domingo a casa de Ossik para pedirle que me ayude una vez más. Ossik –Osvald Zavodsky, el jefe de seguridad del Estado- es amigo mío desde la guerra de España y la Resistencia en Francia. Estuvimos juntos en Mauthausen. Pero me es forzoso reconocer que desde hace meses me evita y hasta me rehúye. Me da la impresión de no resistir a la oleada de sospechas en el Partido y en el país. Sin embargo, nuestro pasado común debería ser una garantía a sus ojos. ¿Se habrá transformado en un cobarde? Quizá sea que veo las cosas de otro modo”.

Pues bien, el protagonista de este largo proceso político/ judicial, no estaba errado. El personaje mencionado se transformó en un cobarde y lo llevó a un proceso de interrogatorios, torturas en la búsqueda de quebrarle la mora. Destrozaron a su familia, acabaron con su carrera, lo mantuvieron incomunicado. Un relato de terror, de locura traducido en comunismo.

Finalmente, cuando ya la carne desapareció del cuerpo y sólo quedo el esqueleto del siglo, Europa cambió. La transición tuvo variados matices.

Los cadáveres siempre nos recuerdan que seres ellos en cualquier momento. La historia se encarga de adosarnos nombres y apellidos. Y hasta los nuestros formarán parte de una lista en una fosa común, aunque llevemos epitafio.

La metáfora no sucumbe a ningún deseo.

Somos parte de ella, de la metáfora. La convertimos en libros de historia, en poesía, en novelas, en aforismos, en silencio, hasta separarnos completamente de lo que sucedió. Y a empezar de nuevo.

La transición, el pesado fardo de los muertos. Y cuando digo muertos o héroes me refiero a los de antaño y a los de ahora. Los de hogaño. Los que se dicen caudillos y afirman que “a mí no me sacan de aquí”.

Nada, el sujeto saldrá. Él no es dueño de la historia.

A través de estas deshilachadas ideas, dejó una preocupación: somos la transición, viajamos en ella y con ella.

Pero también somos lo que el fracaso o el éxito nos dictan.

Transitamos en la transición.