A los doscientos años del nacimiento de Carlos Marx: el pasado de una desilusión

Hace doscientos años nacía en Tréveris, Alemania, Carlos Marx. Quizás no haya otro personaje en el campo de la filosofía, la política y las ciencias sociales que, en el transcurso de estas dos centurias, haya tenido tanta influencia. Sus escritos y proclamas incidieron significativamente en las luchas sociales de las clases trabajadoras desde la segunda mitad del siglo XIX en adelante y, sin duda, contribuyeron a moldear también el desarrollo de la democracia occidental e, incluso, el comportamiento de la clase empresarial. Su influencia en la academia no fue menor y podría afirmarse sin temor a equivocarnos que entre las universidades más importantes del mundo no hubo ninguna en que no se cursaran estudios sobre sus escritos.

Pero es en la inspiración de regímenes autocalificados de socialistas, bajo la égida de partidos comunistas, donde sus teorías dejaron mayor marca. En los momentos de máxima expansión estos regímenes cubrían más de la cuarta parte del territorio habitable del globo, ejerciendo su poder sobre una población aún mayor en proporción. El comunismo llegó a ser un peligroso rival de Estados Unidos, Japón y de las naciones de Europa occidental, disputándoles el dominio del mundo. Con la caída de la Unión Soviética, la apertura y liberalización de los países de Europa Oriental y las transformaciones internas de China y Vietnam, ese mundo prácticamente dejó de existir. No obstante, sus ideas centrales se siguieron invocando por partidos o movimientos autocalificados de izquierda y aún afectan decisiones de gobierno en muchas partes. En el caso particular de Venezuela, el régimen gobernante esgrime desarrollar un proyecto socialista inspirado en las enseñanzas del filósofo alemán.

Por las razones, expuestas, tiene sentido examinar el legado de Carlos Marx. En lo que sigue se explorará este legado en relación con los lineamientos definitorios de lo que fue el “socialismo realmente existente”. Ello permitirá algunas reflexiones a manera de un balance de su obra. El artículo comienza señalando la impronta de la idea socialista, particularmente en distintos países en vías desarrollo. Como punto de partida para abordar esta afición se resume de seguidas la teoría de Marx referente a la mecánica del cambio social. De allí se sacan inferencias pertinentes, que se afianzan al considerar luego algunas implicaciones filosóficas del Marx joven, que arrojan luz sobre su propuesta de sociedad. No obstante, sus supuestos económicos mostraron ser inconsistentes, como se argumenta a continuación, comprometiendo sus profecías revolucionarias. Estas fisuras del legado marxista, junto a la deriva totalitaria del “socialismo realmente existente”, explican la transformación del marxismo en una ideología legitimadora de poderes despóticos. El análisis cierra con unos breves comentarios sobre el fracaso de estas experiencias y la naturaleza intrínsecamente totalitaria del socialismo marxiano.

.

Comentarios finales

La creciente influencia del marxismo en las luchas obreras a finales del siglo XIX y principios del XX, colonizó, con sus categorías, el pensamiento de izquierda. Como se sabe, tal designación política se remonta a la Asamblea Nacional de la Revolución Francesa, en la cual se sentaban a la derecha los Girondinos, propietarios de provincia, mientras que los Jacobinos, de talante más radical, se ubicaban a la izquierda. La rivalidad entre estas dos facciones por el control del poder llevó a estos últimos a apoyarse en “la calle” para imponerse. De ahí una primera asociación entre “izquierda” y revolución, identificada con cambios extremos y con la movilización popular. La derecha pasó a ser vista como defensora del status quo, conservadora, que prioriza políticas atemperadas y opuesta a transformaciones profundas. De ahí la dicotomía izquierda-derecha pasó a expresar la contraposición entre quienes buscan cambios radicales en pro de la igualdad, la justicia y la libertad, y en contra de una estructura de privilegios que las negaba, y aquellos que la defendían, protegiendo iniquidades y posiciones de poder. Con las luchas por una mayor justicia social en los países avanzados, fue asentándose la “razón moral” de la izquierda, en tanto fuerza impulsora del progreso y la justicia, enfrentada al usufructo excluyente y opresivo del poder, encarnado en minorías privilegiadas y poderosas –de “derecha”--, a quienes se identificaban con fuerzas del pasado.

En el imaginario de la izquierda marxista, la burguesía pasó a ser la clase explotadora, valida de un Estado “burgués” como instrumento de opresión, que había que suprimir. Y los partidos de izquierda en portadores de la “verdad” que rezumaba la doctrina “científica” del cambio social, el materialismo histórico. Y, ciertamente, las luchas de los partidos socialdemócratas y socialistas de inspiración marxista contribuyeron enormemente con la conquista de derechos laborales  y democráticos en los países de occidente. Ello cultivó aún más la noción de supremacía moral en la contienda política contra las fuerzas del status quo y del atraso.

No obstante, con la toma del poder en Rusia por parte de los bolcheviques, las preocupaciones de la izquierda revolucionaria pasaron a ser dominados por los imperativos de defensa del nuevo régimen ante la contrarrevolución armada. La represión sin contemplaciones –el “terror rojo” que esgrimiera desde la jefatura del ejército, Trotsky-- ocupó cada vez más el orden del día, so pena que el frágil estado soviético sucumbiera. La razón de Estado pasó a ser un asunto de sobrevivencia. Su evolución bajo Stalin desembocó en uno de los regímenes totalitarios más oprobiosos de la historia moderna. La doctrina que había inspirado luchas sociales y libertarias de los sectores oprimidos se utilizaba ahora para negarlas y eliminar todo vestigio de derecho civil y democrático para cuestionar el control absoluto del poder por parte de los jerarcas del partido. La izquierda marxista pasó de ser una fuerza consustanciada con las luchas contra la opresión, por la justicia y la democracia, cuando estaba en la oposición, a defensora del poder más excluyente, injusto y opresivo de libertades que ha conocido el siglo XX, una vez en control de las palancas del Estado.

Pero siguieron vivas, bajo formas mitificadas, las nociones de justicia y libertad que servían de fundamento a las categorías marxianas. La defensa de las dictaduras comunistas se planteaba como parte de la lucha contra la explotación capitalista y contra las formas de opresión política que lo sustentaban. Se reprimía salvajemente a los “enemigos del pueblo”, ¡nunca al pueblo! La retórica revolucionaria pasó a sostener una ideología legitimadora de regímenes despóticos que expoliaban la riqueza social en nombre de intereses colectivos. El fracaso del socialismo en superar las insuficiencias e injusticias del capitalismo obligó a encerrarse en clichés y a blindarse contra toda posibilidad de verse contrastado con la realidad que ocurría en los países avanzados del mundo occidental. La prédica comunista terminó perdiendo toda pretensión de ciencia: su legitimación se remitía a sus propios enunciados, a manera de un sistema cerrado, inexpugnable a todo intento de contrastación con la realidad. Se convirtió en un “deber ser” de carácter moralista que invocaba, en última instancia, virtudes de sociedades antiguas – comunismo primitivo-- mitificadas. El propio Marx llamó esto una “falsa conciencia”, que introyecta en la mente de los sometidos los argumentos que sustentan la dominación de élites.

Esta mutación,  de pretendida ciencia  a ideología legitimadora de injusticias,  disolvió  la distinción con el fascismo --señalada en la historiografía de izquierda como polo opuesto al comunismo--, sobre todo en cuanto a prácticas de gobierno. las enseñanzas de Marx desembocarían, irremediablemente, al igual que el nacionalsocialismo, en totalitarismo. Esta apreciación se pone de manifiesto en la experiencia de la Venezuela de Hugo Chávez y Nicolás Maduro. De una prédica maniquea patriotera, de “pueblo” contra “oligarquía”, que invocaba la épica de la insurgencia militar independentista, se pasó a esgrimir un “socialismo del siglo XXI”, porque acomodaba mejor todavía la vocación absolutista de quienes ocupan hoy el poder. El desmantelamiento del Estado de Derecho y la conculcación de libertades dio paso a un Estado Patrimonialista (Weber, 1978), altamente militarizado, pero avalado por un ideario que, al menos en sus expresiones primigenias, evocaba todo lo contrario. Y así, en nombre del socialismo marxiano, una nueva oligarquía privatizó el poder político, aboliendo los derechos civiles y libertarios que una vez sirvieron de inspiración a tantos marxistas.

Presidente Academia Nacional de Ciencias Económicas

Trabajo completo en archivo anexo

AdjuntoTamaño
Icono PDF Legado de Marx.pdf327.1 KB