Los nuevos filisteos se han apoderado del mundo

Unas semanas antes del enclaustramiento al que hemos estado sometidos durante más de cuatro meses, en una reunión social se conversaba sobre viajes y bellezas de distintos países. Alguien me preguntó cuál era el país que me había impactado más por su belleza y otros aspectos culturales. Dudé por un momento, y, al responder, comenté que cada país tiene su belleza y encanto peculiar, pero que Rusia me había dejado una profunda huella. No solo los paisajes naturales, sino las manifestaciones culturales. No pude seguir hablando, porque la persona que me preguntaba saltó indignada. “¿Rusia? ¿Qué de bello puede tener Rusia?”. Le quise hablar de las hermosas cúpulas del Kremlin y fue peor. Opté por no seguir hablando con aquella persona, pues ante tanta incultura no conseguía que entendiera ni media palabra. ¿Ballet en Rusia? ¿Literatura? ¿Museos?

Días después, en una merienda, donde había gente joven, una muchacha me preguntó que cómo podía yo decir que en Rusia había ballet. Le pregunté si ella alguna vez había ido a ver El cascanueces o El lago de los cisnes y me contestó: ¡Claro que sí, pero ¿qué tiene que ver con Rusia?!

No me sorprendió tanto como en el caso de semanas anteriores. Ya el primer impacto me había hecho buscar de nuevo un viejo y amado libro al que siempre vuelvo: La rebelión de las masas de José Ortega y Gasset. Repito una de sus famosas frases que es citada a cada rato: “El hombre-masa (…) sintiéndose vulgar, proclama el derecho a la vulgaridad y se niega a reconocer instancias superiores a él”. Ese hombre-masa orteguiano no oye, es sordo, no necesita nada, ya todo lo tiene en sí mismo. “El triunfo de la vulgaridad a manos de este hombre-masa que la hace constar, la sitúa por encima de todo. Es casi como si no respondiese a razones; posee todos los poderes”. Para decirlo en criollo, se paga y se da el vuelto.

Y así ha ido conformándose una sociedad inculta, mediocre. Una sociedad llena de “especialistas” en todo y donde reina la vulgaridad.

Los ejemplos citados ut supra dan fe de lo descrito. La señora que horrorizada, porque “Rusia no podía albergar belleza” alguna, va repitiendo esa frase y diciendo de quien sí la ve que es “una redomada comunista”. Pero ella ignora que en San Petersburgo está uno de los museos más hermosos del mundo: Le musée de l’Ermitage.

Este sublime museo nace de la colección de 225 cuadros de pintura holandesa y flamenca que la emperatriz Catalina, la Grande, en el año 1764, compró a Johann Ernest Gotzkowski. Decoró el Palacio de Invierno, su residencia, con los cuadros e inició una de las mayores pinacotecas y museos de antigüedades del mundo.

Cuando usted entra al museo y sube la formidable escalera principal, queda extasiado ante los dos niveles de ventanas; las columnas son de mármol de color natural y el ornamento del piso está compuesto con variedades de madera de color, reflejándose en el dibujo cincelado en bronce del cielo raso metálico. Hay tanta belleza que no me alcanza este artículo para describir lo que se consigue visitar en las horas que le dediqué al museo. No quería salir de él. Sin embargo, no dar una vuelta por la Iglesia del Salvador sobre la Sangre Derramada o Iglesia de la Resurrección de Cristo es no conocer San Petersburgo. La construcción de la iglesia se inició en 1883, durante el reinado de Alejandro III; fue dedicada a la memoria del zar Alejandro II, asesinado en ese mismo lugar dos años antes. Describir esta iglesia es imposible; las cinco cúpulas centrales son únicas, irrepetibles; enchapadas en cobre y esmalte de diferentes colores, con cierto parecido a las de la San Basilio en Moscú. Las cúpulas más pequeñas, en forma de cebolla sobre los ábsides y la cúpula del campanario, son doradas.

Yo podría seguir describiendo a San Petersburgo, pues visité cada centímetro cuadrado que pude. Pero me quiero referir a la segunda persona que no sabía que en Rusia había ballet. ¿Cómo puede ignorarse a Chaikovski?  Es autor de algunas de las obras de música clásica más célebres del mundo, como los ballets. Estamos hablando, nada más y nada menos que de El lago de los cisnes, La bella durmiente, El cascanueces, la Obertura 1812, la Obertura-fantasía Romeo y Julieta, y podemos seguir enumerando.

A lo mejor estas personas habrán oído algo sobre Anastasia, pero si decimos Anastasia Nikoláyevna Románova, no tendrán idea de quién se habla. La historia de los zares, el asesinato de la familia Romanov parece que es solo tema de las “derechas ultraconservadoras” y enemigas de las clases desposeídas del pueblo depauperado y pisoteado por los zares. Así he pasado de ser ““una redomada comunista” a ser una “ultraconservadora derechista”. Sin distingo, ni reproches. No importa, hay que etiquetar a las personas que no piensan como la masa y someterlas al escarnio usando cualquier epíteto. Pero, me falta todavía.

Hablar sobre Dostoievski, Tolstoi, Pushkin, Chéjov, Gorki, Pasternak o Bulgákov hace que entres en la categoría de “hijita de papá” que pudo leer esos clásicos. Decir que el Kremlin de Moscú no es solo el edificio del gobierno, sino que está formado por catedrales, hermosas cúpulas, jardines y pasear por la Plaza de las Catedrales, “corazón del kremlin”, me convierte en una desquiciada que necesita ayuda emocional.

Visitar el noroeste de Moscú, donde se encuentra un conjunto de poblaciones con monasterios, iglesias, catedrales y kremlins, que recogen mil años de historia de la ortodoxa rusa, hace que me condenen a la hoguera.

Esta cultura de masas ha sido y es una de las plagas del universo. Todo el poderío que pudiera tener la inteligencia se ha ido sustituyendo por una masificación construida sobre la base de lo popular y lo fácilmente accesible. Hoy, se han fabricado más personajes célebres que crean matrices de opinión desde los lugares más insólitos y cuya influencia es mayor que cualquier ateneo de doctos. Opinan desde su ignorancia como si fueran sabios. Los nuevos filisteos se han apoderado del mundo.

@yorisvillasana

21 de julio 2020

El Nacional

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