!!No estamos en una crisis!!

Quizás asombre a mis electores con la categórica afirmación que sostengo en el titulo de este breve ensayo, no solo porque se ha convertido en un lugar común decir que estamos en crisis, sea esta económica, social, humanitaria, política o global y catastrófica, sino porque estaría negando lo que todos afirman. No creo que estemos frente a un fenómeno de crisis, al menos en su sentido convencional. El examen de la situación de Venezuela desde ese punto de vista es errado y nos lleva a conclusiones y propuestas equivocadas.

Una idea que se repite.

Si revisamos las distintas opiniones y declaraciones de lideres políticos, intelectuales, economistas, personas o gremios sobre la situación de Venezuela, encontramos que todos afirman que estamos en crisis y que las expresiones de esta se manifiestan en los temas de escasez o de inflación, en el ámbito económico o, más dramáticas, en el  plano social o humanitario cuando hablamos de “crisis humanitaria”, refiriéndose a extremos de hambruna en el país o de carencias de nutrición en nuestros niños, lo cual puede ser verdad, pero no es producto de ninguna crisis. En realidad, lo que hacemos es repetir sus síntomas y darles una categoría genérica que no corresponde con la actual situación venezolana.

En el mundo de los negocios se nos habla de crisis de la agricultura, de la industria o del comercio y se nos ilustra con una “caída de las ventas”, el no acceso a divisas o que el parque industrial se ha destruido o se ha reducido en elevados porcentajes. Inclusive en sus análisis se ofrecen diagnósticos basados en situaciones de “volatilidad”, “incertidumbre”, clásicos de situaciones de crisis y se proponen soluciones acordes con ellos, pero no se termina de reconocer la índole del problema.

En el mundo petrolero enfocamos el tema de manera similar. Se dice lo mismo: PDVSA está en “crisis”. La reducción de la producción y su precaria situación operativa y financiera se la atribuimos al mal manejo del negocio.

En el campo de la política se ha creado la idea de que existe una crisis que se evidencia, por ejemplo, con las debilidades de la oposición, con los aciertos o errores de la MUD o con los enfrentamientos, verdaderos o falsos, entre los funcionarios del Gobierno. Estamos en una “crisis política” porque el TSJ niega las atribuciones de la Asamblea Nacional, se realizan manipulaciones electorales o se diseña y desarrolla un proceso constituyente.

Desde luego, cuando enfrentamos los problemas con ese apellido las soluciones y propuestas son consecuentes, pero erróneas. Por ejemplo, cuando exigimos en el campo económico que se enfrente o se suprima la inflación es porque creemos que es producto de una crisis de excesivo circulante o gasto público, lo cual, si bien es cierto, no nos conduce a su verdadera causa.

Si sumamos todas esas apreciaciones y sus consecuencias observamos que, tanto el diagnostico como las soluciones propuestas, no corresponden a la realidad.

¿Qué es una crisis?

De varios diccionarios tomamos el concepto de crisis y todos llevan a la “interrupción de un proceso inercial” o a su “la ruptura o separación”, a “hechos que producen un quiebre” o a la “inestabilidad de una inercia”. Todos ellos, como vemos, encierran la idea de una ruptura de una inercia o de un equilibrio que es independiente de la acción de un individuo o grupo. Tomemos varios casos para aclarar la tesis que defiendo.

En el campo político se puede ver muy claramente en los gobiernos parlamentarios, cuando el partido que tiene la mayoría la pierde, se produce una crisis política y se resuelve con un llamado a elecciones. En el terreno económico existen ilustraciones claras de su significado como lo fueron los distintos casos experimentados por el mundo contemporáneo, la Gran Depresión, la reciente “crisis financiera” del 2007, todas ellas provenientes de hechos o situaciones espontaneas e inesperadas. Un buen ejemplo de lo que es una crisis política y económica lo ilustra el caso venezolano a finales de los 90’s, con el desbalance bancario y con el auge de la presencia de un Chávez, porque provienen de un desarreglo de los mercados económico, financiero y político.

Observamos, entonces que, tanto en los casos políticos o económicos que refiero el patrón común, el patrón de consistencia de lo que se puede llamar “crisis” es producto de la ruptura de una inercia que proviene de ella misma, de una situación espontanea, que se genera dentro del propio sistema, inesperada y no provocada intencionalmente. En este sentido la distinción entre una crisis y lo que pasa en Venezuela es muy clara.

¿Por qué no estamos en crisis?

Podría argumentarse que “estamos en crisis” porque es consecuencia del desencadenamiento de la crisis del modelo económico y político que surge después de 1958, por la ruptura de los pactos democráticos básicos y por la excesiva dependencia del Estado y del ingreso petrolero. Se podría aceptar que seguimos inmersos en la misma, pues los síntomas del pasado son iguales a los de ahora, aunque notablemente exacerbados.

Sin embargo, la diferencia entre unos y otros es muy nítida, pues ahora esos síntomas son provocados intencional y deliberadamente por una ideología y su política de Estado, lo cual distancia completamente la situación actual con la anterior.

Por ejemplo, decimos que la “crisis cambiaria” se debe resolver con la “unificación de los tipos de cambio” o con la eliminación del sistema de control, pero eso no encaja en aquella política de estado. Para contener la inflación, se pide reducir el Gasto o el déficit Publico o la liquidez, pero eso tampoco eso encaja. Para reducir la escasez se pide darle garantías, incentivos y libertades al sector privado, cuestión que va en dirección contraria a lo que se observa. Todas estas “soluciones” son exigidas repetidamente sin encontrar “eco” en el Gobierno y en su Política de Estado, lo cual nos asombra porque, luego decimos que el Gobierno no desea resolver las crisis.

Ninguna de los síntomas que se describen todos los días en Venezuela son producto de una crisis y no provienen de hechos espontáneos sucedidos en el seno del sistema que los organiza. Por el contrario, todos ellos, repito todos, son el producto de la acción intencionada y deliberada de una entidad ideológica y política que ha configurado y está poniendo en práctica una modalidad de vida y de sociedad distinta a la que se tenía y la que se tiene. Para lograr ese objetivo, clásico de todo proceso revolucionario, lo anterior a el tiene que irse y desaparecer, sea más o menos drásticamente, lo cual depende del momento histórico y la fuerza que tenga quien la promueve y dirige.

De esta forma: ¡Venezuela no está en crisis! Esta viviendo la misma experiencia por la que pasaron todas las sociedades y países en las cuales se produjeron revoluciones similares. Todo lo que acontece es producto de decisiones y acciones del ente que domina y regula la sociedad, en nuestro caso de un poderoso Estado, ahora con un enfoque ideológico socialista marxista, claramente totalitario, anti capitalista y adversario de la democracia burguesa. Todo ello se consuma frente a una sociedad civil muy débil, limitada y dependiente del Estado.

No es casualidad.

No lo es, por ejemplo, que se haya impuesto el modelo constituyente, tal como sucedió en la Unión Soviética[1] o en Cuba y en otros países donde este sustituye a la convencional Asamblea precedente. No es casualidad que se intentó imponer en otros países, como el caso de Honduras, sin lograrlo o en el de Paraguay por vía distinta. No es casualidad la idea de la “reelección indefinida” y la del partido hegemónico. No es casualidad que se hayan expropiado centenas de empresas privadas y darle al Estado el manejo de los principales sectores de la economía y de los recursos naturales.

No es casualidad que en todos esos casos se hayan producido momentos de serias carencias materiales, hambrunas, “colas” y racionamientos porque las “fuerzas del mercado” no deben orientar la economía. No es casualidad, tampoco, que se le otorgue la dirección y manejo de los principales recursos petroleros y mineros a las Fuerzas Armadas tal como sucede, por ejemplo, en Cuba. Son demasiadas “casualidades” para que sigamos juzgando la situación como que “estamos en crisis” y no percibamos de que se trata de claros y definidos objetivos revolucionarios.

Lo que nos crea confusión en Venezuela es que este proceso se ha realizado de una manera muy inteligente, sin crear situaciones de cambio dramáticas, sin un ataque fulminante al capitalismo local e internacional, inclusive con la convivencia de algunos sectores del empresariado local y con procesos electorales que generan un simulacro de democracia que se sobrepone a la convencional. Por todas esas razones es muy fácil conceptualizar la situación con la repetición de sus síntomas (escasez, inflación, crisis humanitaria, etc.) a quienes generalizamos, entonces, equivocadamente con el concepto de “crisis” y cuyas soluciones invocamos reiteradamente sin encontrar respuestas.

El socialismo en marcha.

A pesar de toda la confusión que se genera al entender este proceso lleno de corrupciones,  narcotráfico, incompetencias, ineptitudes, violaciones constitucionales, trampas electorales, devaluación de la moneda, caída de los precios petroleros, etc., etc., negar su carácter ideológico es un grave y sustantivo error, pues poco a poco, se ha ido implantando en Venezuela un modelo similar al de la Cuba de los 60’s, al de la China o la Unión Soviética con todo y las variantes que imponen los tiempos modernos.

Sobran hechos y pruebas para validar esta afirmación, comenzando por la imposición de un partido socialista único y hegemónico, el cual ahora ha ganado terreno en desarrollar una oposición permitida, sumamente limitada en su capacidad de sustituirlo en el poder, sea por la vía electoral o por cualquier otra. A ello se agrega que los principales líderes políticos están en el exilio. La probabilidad de crear una “oposición a la medida” está en el diseño.

Del lado de la sociedad civil la situación es similar con la creación de una expresa división social, en la que unos son protegidos y subsidiados y otros no. EL CLAP y el Carnet de la Patria son herramientas similares a las de otras experiencias, con nombre distinto. Del lado político de la sociedad civil, se han logrado neutralizar los sectores opositores más radicales y, sin protesta alguna, que unos cuantos millares de venezolanos, sino millones, se hayan expatriado “voluntariamente”, imitando el éxodo que en Cuba o en China se produjo de manera bastante más drástica y dramática. La creación de una verdadera parte de esa sociedad parasitaria y completamente dependiente del partido y del Estado cierran el circulo de una progresiva y, posiblemente, irreversible sumisión.

La moneda, el bolívar, como consecuencia es sistemáticamente destruido, cual es una consigna básica de los socialismos. Ahora la criptomoneda será el arma fundamental para combatir la escasez de divisas y para instaurar una moneda autónoma e independiente del sistema internacional.

La escasez, si bien tiene que ver con la insuficiencia de divisas, obviamente tienen mas que ver con la expresa destrucción del aparato productivo privado y el espectro de controles y fiscalizaciones[2] que lo rige. Que no haya alimentos no es problema de una “crisis” es producto de una deliberada intención política y estratégica. Luego, que persista y se potencie la inflación es el resultado de un modelo estratégico de Gasto Publico que la promueve y no, como se cree, que es resultado de incompetencias e ineptitudes. Pedirle al Gobierno que la controle es pedirle que renuncie a su estrategia de Gasto, a lo que sigue la creación de un Gobierno “benefactor” que aumenta el salario mínimo, las pensiones o diseña Bonos electorales, de “guerra” u otros.

Clientelismo y lealtad política se juntan en esta eficaz herramienta revolucionaria. Se trata, al final de cuentas, de una lucha por el poder que va más allá de Venezuela. No de una o varias crisis en las que todos esos llamados a resolverlas quedaran en el vacío.

En este contexto, cabe desde luego la pregunta: ¿Qué le depara el destino a Venezuela? ¿La continuidad y permanencia de este modelo o su sustitución por una alternativa democrática?, lo cual, a mi juicio depende de cómo enfoquen los contendientes políticos y la sociedad civil el problema. Ofrezco dos alternativas.

¿Dos socialismos?

La experiencia dice que esos regímenes evolucionan en dos direcciones. Unos, caso de los soviéticos y su órbita no vieron a tiempo, se derrumbaron estrepitosamente y abrazaron   abruptamente el capitalismo. La China principalmente, luego Vietnam, Laos y Cambodia, entre otros, vieron a tiempo y supieron combinar exitosamente los dos sistemas, el político y el económico para garantizar su permanencia y sostenibilidad.

Cuba, la maestra del modelo venezolano, está en ese curso con una velocidad que no dice si lo cierra o no exitosamente. El socialismo en Venezuela está en el medio de esas opciones y será influido seguramente. No sé si vera a tiempo y colapsara estrepitosamente o si logra evolucionar hacia el modelo chino, especialmente porque el petróleo juega ese rol paradójico entre sostener y retrasar.

Frente al 2018 y lo que sigue.

Primero que nada: Olvidémonos de la palabra crisis y de sus soluciones. El 2018 es demasiado decisivo porque hay que escoger entre someterse al “status quo” o modificarlo y las opciones que se tienen son muy limitadas. La voz de la sociedad civil que puede ser sometida es indispensable. De que esta aparezca y se manifieste abierta y expresamente, sumándole poder a lo que queda de los líderes y los partidos políticos, depende que ese socialismo se quede en Venezuela, sino para siempre, por largo tiempo.

Las elecciones presidenciales son una oportunidad para opinar si vale la pena reelegir a quien gobierna ahora o es mejor decidir otro camino. La exigencia de una autentica ruta democrática que garantice unas elecciones verdaderamente libres y el reconocimiento de los poderes elegidos legítimamente por el soberano debe ser su consigna.

El mundo y nuestros principales vecinos y aliados reconocen el peligro y están del lado opositor, pero de allí a actuar hay un largo trecho. Deben estar a la espera de un mensaje o de una señal que diga indique el mejor camino.

[1] Recuérdese el dramático proceso que se vivió en ese país entre los anos 1917 y 1921, cuando se entablo el duelo político y militar entre la Asamblea presidida por Kerensky y la que promovió Lenin, sobre todo cuando este último fue perseguido y obligado a huir.

[2] Al momento de escribir estas notas se produce la “intervención” de la SUNDDE en los principales auto mercados.