Un concilio de cinco

Es probable que la referencia esté en el Libro de las hazañas de Ardeshir Babakan. Sea o no cierto, se dice que hacia el año 200 después de Cristo, este rey de Persia invitó a 40000 sacerdotes a debatir las interrogantes que albergaba sobre el cielo y el infierno. Uno de ellos, muy respetado por el dominio de la magia, experimentó una experiencia mística de siete días con sus noches y despertó de esa comunicación con Dios, con todas las respuestas a las dudas del rey.

Ampliando esta anécdota en su Diccionario, Voltaire comenta que al Concilio de Nicea, convocado por el emperador Constantino, asistieron 398 obispos, cuyas disputas arrojaron 40 tomos. Pero en 39 días, 318 llegaron a dos acuerdos, sobre la divinidad de Jesús y la fecha exacta de la pascua, que unificaron a toda la cristiandad. 80 no firmaron y quedaron fuera.

Regresando de ese remoto Concilio de los 318 a esta nueva era de incertidumbres, resulta increíble imaginar que cinco líderes no puedan llegar a un entendimiento mínimo y evitar que sus diferencias sean el muro infranqueable que separa a quienes se atribuyen toda la razón, mientras patean al otro lado a los declarados traidores, colaboracionistas o radicales. La autocracia llegó a la oposición.

En la confusión de los desaciertos todos se niegan a discutir, ordenada y sosegadamente, el desempeño opositor durante los dos años y medio en los que se pasó del resonante triunfo de las elecciones del 2015 a un estado general de sospechas recíprocas. Pareciera que, aún personas de experiencia y probada suficiencia racional, no perciben el debilitamiento ni la amenaza de ser percibidos como prescindibles.

Hay que aliviar con premura el fardo de las desavenencias. Hay ardorosos defensores de la unidad que insisten en defender la versión de que al gobierno le interesa crear su propia oposición y con ella lanzan una piedra contra su propio tejado. Los que se atribuyen el derecho a decidir cuál es la buena y la mala oposición, ignoran exprofeso que el poder ha tenido una línea bien exitosa para recortarle a toda la oposición sus espacios de acción, neutralizarla, descomponerla y sumirla en la desesperanza. El poder ha aprendido a descifrar la gramática opositora, adivinarla e inducir en ella las respuestas que más convienen al oficialismo. Hundimos el éxito del 2015 en 30 fatídicos meses.

El signo fatal de la oposición y del país es el descalabro. Las derrotas nos han llevado a sustituir la realidad por los deseos; a rehuir tocar a la gente con los ojos y las manos; a desnaturalizar la relación con la sociedad civil; a encasquetar a un líder o a un partido por delante y contra una sociedad que, rumbo a la destrucción, exige un liderazgo compartido y exitoso. Por añadidura, siguiendo el modelo de la eterna oposición cubana contra los Castro, ahora tenemos un exilio que quiere dirigirnos por control de redes.

Se ha producido la segunda reunión del concilio de los cinco. Esta vez por iniciativa del Cardenal Porras. ¿Se habrá comprendido que el primer escalón es reconciliar y reunificar al país para salvarlo?