¡Pin pin cayó Berlín! ¡pon pon cayó el Japón!

Radio Caracas, Ondas Populares, Radio Cultura, Radio Continente y Radio Difusora de Venezuela lo repiten una y otra vez. En la capital se había masificado este medio de comunicación. La gente ha salido a la calle a gritar su entusiasmo, pese a que Venezuela no comprometió soldados en la pavorosa guerra que acaba de concluir con la rendición de Japón encabezado por Hirohito, «emperador por la gracia del cielo».

Me impresionan las imágenes difundidas por la prensa y en el Noticiero para el cine de Bolívar Films. Unos diplomáticos japoneses vestidos de impecable negro, tal vez fracs, firmando el acta de rendición en el USS Missouri, bajo la mirada de su comandante el general norteamericano Richard Sutherland. La parte vencedora está compuesta por militares uniformados. La guerra mundial ha terminado.

En mi barrio El Conde, parroquia San Agustín de Caracas, me contagio de la alegría que pone en movimiento a todos. Tengo siete años y salgo a corear la victoria con mis entrañables compañeros del barrio y mis hermanos, todos mayores que yo.

¡Pin pin, cayó Berlín! ¡Pon pon, cayó el Japón! No tenía mucha conciencia, como es natural, de que Venezuela era un país musical. Las comunicaciones y las informaciones se transmitían acompañadas a veces de estrofas de guarachas, boleros y pasodobles. Tampoco estaba al tanto de los pormenores de esa guerra, pero el cine y los noticieros nos saturaban de impresiones.

Los soldados norteamericanos e ingleses eran los héroes del momento. Las películas de los combates en Europa, el desembarco de Dunquerque y MacArthur saltando de isla en isla para doblarles la mano al general Tojo y al almirante Yamamoto, nos daban valores y motivos para saber de qué lado estaba la verdad. Robert Taylor, Tyrone Power, Gary Cooper.

Las películas de guerra emanadas de Hollywood eran de masiva popularidad. El tono de gesta, los mártires, la alta factura técnica. Eran obras de calidad que aún hoy podría apreciar. Bataan, Guadalcanal, Sahara se hicieron famosas.

Hitler y Mussolini eran aborrecidos. Las fotos del Holocausto, los prisioneros sobrevivientes con la piel cubriendo tenuemente los esqueletos. Creo que por primera vez tuve noticias de los «rusos». Eran aliados, sí, pero no amigos. Casi inmediatamente de la firma de los acuerdos de Yalta y Postdam comenzó la Guerra Fría. En la perspectiva de unos muchachos de 7 y 8 años el asunto es que un tenebroso bastardo extendía sus garras por el mundo.

Stalin, con sus mostachos, eclipsaba gradualmente al derrotado Hitler. Pero allí estaban los norteamericanos para defendernos de la esclavitud. De Lenin, ni idea.

Mucho más tarde descubrí algo para mí inesperado: mi tío Víctor Estaba, el circunspecto médico, había sido el primero de sus hermanos en incorporarse a la política. ¡Y yo que lo imaginaba sumergido exclusivamente en su profesión médica, alejado de la pasión política! Estudió y se graduó en la UCV. Venía, como toda mi familia materna, de la plácida Cumaná.

Víctor me contará la mezcla de orgullo y alegría que lo envolvió al ver a su tío Miguel Ángel Blanco avanzando con los valientes del Falke, comandados por Román Delgado Chalbaud.

¿Tío pese a su apellido Blanco? ¿Cómo es eso? Fue una circunstancia de la que los menores de nuestra familia nos fuimos enterando con los años. Mi abuela, la noble, conservadora y excelente esposa del apuesto comerciante Gregorio Estaba debió llamarse Rosa Blanco pero figuraba con el nombre oficial de Acuña. De donde mis ramificaciones familiares se enredan con los Blanco y los Acuña orientales. Cuando en 1956 encontré en la cárcel a José Blanco Peñalver me llamó primo con absoluta naturalidad. Tenía la edad de mis padres y conocía perfectamente el árbol familiar. En cambio yo aún lo ignoraba.

Pero, permítanme decir algo si bien obvio no obviable. El más hondo de mis afectos, como es natural, se dirige a mis cinco hijos: Leo, Marialejandra, Iván, Víctor y Mariana. Con extraña simetría tengo cinco nietos: Luis Alejandro, Sebastián, Maximiliano, Guillermo y Ricardo. Todos me llaman abuelo con un cariño que agradecería al cielo si tuviera la buena fortuna de ser creyente. En un lugar especial, mi hija María Eugenia, muerta en accidente de tránsito. Muerta para los demás, no para mí.

A propósito de creencias religiosas, tengo entre mis afectos a católicos convencidos, a judíos, evangélicos, musulmanes y coptos. Sería pretencioso considerarme «ateo». Creer eso sería no tener presentes los infinitos misterios de la vida y la muerte, indescifrables por la ciencia y la filosofía. Es preferible decir «agnóstico»; en todo caso una condición abierta a lo desconocido.

Disponer de una fe religiosa o laica —lo sé bien— puede ser una ayuda extraordinaria en los momentos de decepción y desesperanza. En Memorias de un venezolano de la decadencia, José Rafael Pocaterra, sepultado como un verdadero varón, reducido a una condición ruinosa en un sórdido calabozo de La Rotunda, ve entrar a un jovencito confiado, arrogante, seguro de sí mismo. Es el comunista Salvador de la Plaza.

—Dichoso él –escribe— lo sostiene una fe.

Un día de 1953 me dice María, mi madre, en tono confidencial.

Vamos a ver a Gerardo y Federico –mis tíos Estaba–. Nos han permitido saludarlos un rato en La Guaira, antes de embarcarse rumbo al exilio en La Habana.

Nos llevan a un local algo ensombrecido. Me impresiona la entrada de mis tíos. Lucen altivos y alegres por el reencuentro familiar y la emoción de la partida. En medio de triviales conversaciones familiares, Gerardo, bajando la voz, le pregunta a Luis Enrique:

—¿Cómo está el partido?

Adolescente al fin, aprovecho para meter baza. Estoy estrenando mi muy reciente, mi flamante condición de militante clandestino. Completo en tono algo pomposo el informe de Luis Enrique:

—Estamos funcionando, tío. Construimos células en muchas partes.

 Adeco por ósmosis

Pero en 1945 la política era para mí una atmósfera ajena, si bien presente. Era asunto de mayores. Ninguno de nosotros se hubiera imaginado en el oficio. En 1947 se realizaron las elecciones a la Asamblea Constituyente que presidiría el poeta Andrés Eloy Blanco. Las sesiones se transmitían por radio y fue inevitable saber de la existencia de Jóvito Villalba, Rafael Caldera y –creo recordar– Luis Lander.

Betancourt era presidente de la Junta Revolucionaria de Gobierno. Se le veía como el líder principal de la época.

La raigambre nacional de AD, simbolizada en figuras tan populares como los dos Rómulo y Andrés Eloy además del robusto hecho de que mis tíos fueran activistas de la organización, sumergían a mi familia en el área de influencia de ese partido. En la casa de mi tía y madrina Lola de Damas se acumulaban pancartas con el rostro del novelista. En lo personal sería yo tal vez un adeco por ósmosis, «de respiración», más nada.

Twitter: @AmericoMartin

Américo Martín es abogado y escritor.