¿Negociar sobre Ucrania o negociar a Ucrania?

No es necesario ocultarlo. Entre las democracias occidentales que apoyan a Ucrania y adversan a Putin, hay diferencias. Para simplificar podríamos afirmar que esas diferencias tienen lugar entre quienes sostienen que para terminar la guerra cuanto antes hay que ofrecer mediante concesiones una salida “digna” que no "humille" a Putin, y otra línea que sostiene que primero hay que derrotar militarmente a Putin.

Uno de los primeros en plantear ese dilema occidental fue el filósofo alemán Jürgen Habermas al elogiar al por la prensa vilependiado canciller Olaf Scholz, quien ha tratado de conciliar lo aparentemente no conciliable, a saber, apoyar a Ucrania pero sin llegar a una intervención que invite a Putin a escalar hacia una confrontación con los países miembros de la OTAN.

Como Habermas no es un político sino un filósofo social, limitó su exposición a presentar el dilema sin definirse por uno de sus términos. ¿Cómo no perder sin ganar una guerra? Es su tácita pregunta. Imponiendo una alternativa diplomática, que dejando descontentos a ambas partes, no pase por la vía de la humillación a ninguna de ellas, podría ser una respuesta provisoria. Esa al menos parece ser la posición del presidente de Francia Emmanuel Macron quien, utilizando el verbo humillar, sugiere abrir una rampa a Putin para que, logrando algunos de sus objetivos (no ha dicho cuáles) pueda presentarse ante los suyos sin humillarse. Dicha posición ha sido criticada con firmeza por la historiadora Anne Applebaum, y por los analistas políticos Alina Palakova y Daniel Fried

De acuerdo a Applebaum, crear una salida a Putin supone otorgarle el crédito de cumplir con los acuerdos que subscribe, algo que ha demostrado no hacer desde el momento en que invadió a Ucrania, violando incluso los tratados por el mismo firmados. Putin, aduce, no está interesado en lograr ningún compromiso. Textual: “Putin ha dejado claro que destruir Ucrania es, para él, un objetivo esencial, incluso existencial. ¿Dónde está la evidencia de que lo ha abandonado?”. En ese punto tiene razón Applebaum. Solo se negocia a partir de la voluntad de negociar, y no por una, sino por ambas partes.

En el mismo sentido de Applebaum se han expresado opinadores que día a día pulsan el curso de la guerra. Entre ellos, Alina Palakova y Daniel Fried, quienes afirman: " .....La guerra a Ucrania no es similar a un conflicto del siglo XVlll o XlX en el que una provincia podía pasar de un país a otro sin consecuencias catastróficas para la mayoría de las personas que allí viven".

No puede hablarse de territorios sin pensar en los habitantes de esos territorios, dicen Palacova y Fried . "Aquellos que piden a Ucrania que ceda territorio deben, por lo tanto, asumir las consecuencias. Millones de personas no volverían nunca a sus hogares. Miles de civiles serían asesinados, torturados y violados. Los niños serían separados de sus padres".

Que a Putin no interesa negociar antes de haber logrado su objetivo, la destrucción de Ucrania, es un problema. Pero el problema mayor lo ven los autores citados en una verdad irrefutable: toda negociación con Putin implica conceder territorialidad.

La pretensión de convertir la territorialidad de Ucrania en objeto negociable aún cuando estamos lejos de alcanzar el fin de la guerra, no es un infundio. A diferencias de Macron que habló de negociar territorialidad solo entre líneas, el ex secretario de estado, Henry Kissinger, todavía una de las voces más influyentes en política internacional, lo dijo sin ambages. Según Kissinger, Estados Unidos y Occidente no deben buscar una derrota vergonzosa para Putin, advirtiendo que así podría empeorar la estabilidad de Europa a largo plazo. La idea de Kissinger es la de llegar a un status quo, pero sobre la base de que Ucrania deba ceder territorio a Rusia.

Como era de esperarse, Kissinger fue muy criticado por quienes apoyan a las fuerzas patrióticas de Ucrania. Y con razón. No es posible hablar de ceder territorios en medio de una guerra que tiene justamente como objetivo defender territorios. Tampoco es posible hablar de ceder territorios cuando ni siquiera ha habido un atisbo de negociación entre las partes en conflicto. Tal como fueron dichas, las palabras de Kissinger en Davos fueron un llamado a la capitulación de Ucrania. Zelensky, al escucharlas, no pudo ocultar su desilusión, incluso, indignación. Describió las sugerencias de Kissinger como similares a los intentos de apaciguar a los nazis en el periodo previo a la Segunda Guerra Mundial. “Tengo la sensación de que en lugar de año 2022, el señor Kissinger tiene 1938 en su calendario”, dijo con doliente ironía.

Lo más probable es que Kissinger haya pensado de acuerdo a su propio modelo geoestratégico al que continúa siendo fiel. Puede ser también que sus sugerencias apaciguadoras no tengan solo como referencia a Ucrania sino a voces beligerantes de los Estados Unidos, me refiero explícitamente a algunas declaraciones hechas por Joe Biden y por su ministro de defensa Lloyd Austin. A esos dos puntos me referiré a continuación.

Dijo Joe Biden en marzo: “Putin no puede permanecer en el poder”. Agregó el ministro de defensa Lloyd Austin en abril, que esperaba “ver a Rusia debilitada hasta el punto de que no pueda hacer el tipo de cosas que ha hecho al invadir a Ucrania”. Haciéndose eco de ambas declaraciones, escribió Max Boot, redactor del Washington Post, en mayo: “Rusia debe sufrir una derrota tan devastadora que pasarán muchas décadas antes de que otro líder ruso piense en atacar a un país vecino”. De acuerdo a la primera declaración, la del presidente, el objetivo es desbancar a Putin. De acuerdo a la segunda, la del ministro, el objetivo es inhabilitar militarmente a Putin. Las dos declaraciones sugieren avanzar más allá de la defensa del territorio de Ucrania, es decir, más allá de los límites fijados por el mismo gobierno de Zelenski. Probablemente contra ese exceso de épica reaccionó Henry Kissinger.

En el mismo sentido, Kissinger se pronunció en contra de quienes desde el gobierno norteamericano han iniciado una confrontación verbal con el gobierno chino sobre el tema de los derechos humanos y sobre una probable ocupación china de Taiwán. Es evidente, para Kissinger, y con toda razón, EE UU no está en condiciones de enfrentar a dos superpotencias al mismo tiempo.

Por cierto, Kissinger exageró la nota al poner sobre la mesa la distribución de territorios que no le pertenecen a nadie sino a Ucrania. Explicable en ese sentido la ira contenida del presidente Zelenski. Sin embargo, todos los que manejan algunas nociones de política internacional conocen el pensamiento de Kissinger. En su libro World Order expone mejor que en otros la esencia de su esquema geoestratégico. Para el ex ministro existen, en efecto, tres poderes geopolíticos: China, Rusia y los EE UU. La garantía de la paz mundial la fundamenta en una noción para el, clave: equilibrio. Ese equilibrio pasa por una definición clara de la territorialidad y de las esferas de influencias de cada potencia.

Kissinger no es ingenuo y sabe muy bien que las aspiraciones de las tres grandes potencias no pueden permanecer congeladas y por lo mismo hay desplazamientos que deben ser diplomáticamente discutidos, pero teniendo en vista dos objetivos: la paz y el equilibrio mundial. Probablemente desde su óptica global a Kissinger el tema de Ucrania le parece muy poca cosa para desatar una guerra que podría llevar al holocausto nuclear.  Si quisiéramos reproducir sus palabras en jerga popular, podríamos traducirlas así: "entreguemos a Putin "ese par de kilómetros más que él quiere en Donbass" (dixit), y busquemos todos juntos una solución para seguir viviendo en paz”. En otras palabras, se trataría de imponer el mismo juego que hizo Kissinger bajo el gobierno de Nixon al decidir hablar directamente con Mao ofreciendo retirar a EE UU de Vietnam si China y no la URSS lo integraba dentro de su zona de influencia. Pero por otra parte cabe la pregunta: ¿Está seguro Kissinger que los deseos de Putin pueden ser medidos en metros cuadrados?

Una opinión exactamente contraria a la de Kissinger mantiene por ejemplo la profesora ucraniana Tatania Stanovaya: "Sin embargo, los principales objetivos de Putin en esta guerra nunca han sido adquirir territorios; más bien quiere destruir Ucrania en lo que el llama un proyecto "antiruso" y así evitar que Occidente use el territorio ucraniano como cabeza de puente para realizar actividades geopolíticas antirusas".

Tal vez sería necesario decir a Kissinger que Ucrania no es Vietnam. Ucrania es un país europeo e institucionalmente democrático. Ucrania pertenece a la comunidad política occidental. Y Occidente, a diferencia de los EE UU en Vietnam, no ha perdido todavía la guerra. Las opiniones de Kissinger, en ese punto tiene razón Zelenski, están fuera de tiempo y de lugar. Pero tan fuera de tiempo y lugar como la declaraciones de Biden y Austin. Lo que tienen en común las tres declaraciones, la del presidente, la del ministro y la del exministro, es referirse a Ucrania como a un objeto inerte. Para los dos primeros la guerra en Ucrania sería un medio para liquidar militarmente a Rusia. Para Kissinger sería necesario convertir a Ucrania en una pieza de cambio en aras del equilibrio y de la paz mundial. Las palabras de Biden y Austin subordinan la negociación a la guerra. Las de Kissinger la guerra a la negociación.

Puede pensarse que políticos como Biden y Austin se han expresado de modo épico en un sentido propaganístico. Al fin y al cabo toda guerra contiene una confrontación gramatical. Fue probablemente esa razón la que llevó al presidente Biden a escribir -esta vez con prestancia de estadista- un clarísimo artículo, dirigido no solo a sus lectores sino también al propio Putin. En ese artículo titulado "Esto es lo que los EE UU hará y no hará en Ucrania", Biden precisó nueve puntos:

1. "La meta de los EE.UU es clara: queremos que Ucrania sea democrática, independiente, soberana y próspera, y que tenga los medios para repeler más agresiones y defenderse de ellas".

2. "Esta guerra acabará de manera definitiva mediante la diplomacia".

3. "Seguiremos cooperando con nuestros aliados en las sanciones contra Rusia, que son las más fuertes que se han impuesto contra una economía importante".

4. "También continuaremos reforzando el flanco oriental de la OTAN".

5. "No buscamos que haya guerra entre la OTAN y Rusia".

6. "No estamos alentando ni permitiendo que Ucrania ataque más allá de sus fronteras".

7. "Nada sobre Ucrania sin Ucrania".

8. "Cualquier uso de armas nucleares en este conflicto, a cualquier escala, sería completamente inaceptable para nosotros, así como para el resto del mundo, y tendría graves consecuencias".

9. "Apoyar a Ucrania en estos momentos de necesidad no solo es lo correcto. Es nuestro interés nacional vital garantizar una Europa política y estable, y dejar claro que no por tener la fuerza se tiene la razón"

En fin, todos los demócratas del mundo -Biden también- deseamos que ese excremento del demonio llamado Putin sea derrotado sin apelaciones en Ucrania. Sería hipocresía no decirlo. Pero entre el deseo y su realización está el muro de la realidad, debe haber pensado Biden. Como se deduce de su artículo, toda guerra requiere de límites (aunque para Putin esos límites parecen no existir) No podemos sino concluir entonces en que la guerra de Rusia a Ucrania deberá terminar, como dicen Zelenski y Biden, con una negociación. Probablemente con un acuerdo transitorio que no dejará feliz a ninguna de las partes.

Quizás por eso mismo no vale la pena ocultar que la alianza atlántica mantiene en su interior dos tendencias: una más negociadora que épica, representada en el eje Alemania-Francia. Otra más épica que negociadora, representada en el eje Inglaterra-EE UU. De la comunicación y del debate entre ambas tendencias depende el curso y el discurso de la guerra.

Lo que desde el punto de vista ético y político no es posible aceptar es que la línea negociadora pase por encima de las posiciones del gobierno de Ucrania, como se desprende de la posición de Kissinger. Como dijo Biden: "Nada sobre Ucrania, sin Ucrania" . Pero tampoco la alternativa puede ser asumir un delirio épico irresponsable que, usando el nombre de Ucrania, lleve la guerra a un punto de no retorno.

El punto arquimédico situado entre la guerra y la paz, no ha podido ser encontrado. Y no lo será porque ese punto no yace fuera de la guerra, sino en su interior. El curso de la guerra determinará su discurso, no al revés. Y eso quiere decir: la única alternativa que en estos momentos tiene Occidente es intentar hacer mejor lo que está haciendo: Apoyar a Ucrania con todos los medios a disposición. Y al interior de cada país, continuar debatiendo, haciendo uso de ese don que diferencia al occidente democrático de las autocracias: la participación en el discurso colectivo por medio de la palabra. Sea la pensada, la hablada o la escrita.

Este texto es la reelaboración ampliada y actualizada de un capítulo de un ensayo del autor titulado "El discurso de la guerra".

REFERENCIAS:

Alina Polvakova, Daniel Fried: UCRANIA: PAZ SÍ, PERO NO A CUALQUIER PRECIO (polisfmires.blogspot.com)

Anne Applebaum - ¿QUÉ SIGNIFICA DERROTAR A RUSIA? (polisfmires.blogspot.com)

JÜRGEN HABERMAS - ¿HASTA DÓNDE APOYAMOS A UCRANIA? (polisfmires.blogspot.com)

Henry Kissinger - WORLD ORDER, 2014

Max Boot - No te preocupes por los sentimientos de Putin. Rusia debe pagar por su invasión (polisfmires.blogspot.com)

FERNANDO MIRES - SOBRE LA GUERRA DE RUSIA A UCRANIA (textos) (polisfmires.blogspot.com)

Tatiana Stanovaya- EN LO QUE OCCIDENTE (TODAVÍA) SE EQUIVOCA SOBRE PUTIN (polisfmires.blogspot.com)

10 de junio 2022

Polis

https://polisfmires.blogspot.com/2022/06/fernando-mires-negociar-sobre-u...