¿Qué está conduciendo al populismo?

¿Es la cultura o la economía? Esa pregunta enmarca gran parte del debate sobre el populismo contemporáneo. ¿Son la presidencia de Donald Trump, Brexit, y el auge de los partidos políticos nativistas de derecha en la Europa continental, la consecuencia de una división cada vez más profunda en cuanto a valores sociales entre los conservadores y los liberales, y los primeros han dado su apoyo a los xenófobos, etno nacionalistas políticos autoritarios? o ¿reflejan la ansiedad y la inseguridad económica de muchos votantes, alimentadas por crisis financieras, austeridad y globalización?

Mucho depende de la respuesta. Si el populismo autoritario está arraigado en la economía, entonces el remedio apropiado es un populismo de otro tipo, dirigido a reducir la injusticia económica y mejorar la inclusión, pero pluralista en su política y no necesariamente perjudicial para la democracia. Si está enraizado en la cultura y los valores, sin embargo, hay menos opciones. La democracia liberal puede estar condenada por sus propias dinámicas internas y contradicciones.

Algunas versiones del argumento cultural pueden ser descartada. Por ejemplo, muchos comentaristas en los Estados Unidos se han centrado en las apelaciones de Trump al racismo. Pero el racismo de una forma u otra ha sido un rasgo duradero de la sociedad estadounidense y no puede decirnos, por sí solo, por qué la manipulación de Trump ha demostrado ser tan popular. Una constante no puede explicar un cambio.

Otras explicaciones son más sofisticadas. La versión más completa y ambiciosa del argumento de reacción cultural ha sido presentada por mi colega de la Escuela Kennedy de Harvard, Pippa Norris y Ronald Inglehart de la Universidad de Michigan. En un libro reciente, argumentan que el populismo autoritario es la consecuencia de un cambio generacional, a largo plazo, en los valores.

A medida que las generaciones más jóvenes se han hecho más ricas, más educadas y más seguras, han adoptado valores 'post-materialistas' que enfatizan el secularismo, la autonomía personal y la diversidad a expensas de la religiosidad, las estructuras familiares tradicionales y la conformidad. Las generaciones mayores se han alienado, convirtiéndose efectivamente en 'extraños en su propia tierra'. Mientras que los tradicionalistas ahora son numéricamente el grupo más pequeño, votan en mayor número y son más activos políticamente.

Will Wilkinson, del Niskanen Center, hizo recientemente un argumento similar, centrándose en el papel de la urbanización en particular. Wilkinson sostiene que la urbanización es un proceso de clasificación espacial que divide a la sociedad en términos no solo de fortunas económicas, sino también de valores culturales. Crea áreas prósperas, multiculturales y de alta densidad donde predominan los valores socialmente liberales. Y deja atrás las áreas rurales y los centros urbanos más pequeños que son cada vez más uniformes en términos de conservadurismo social y aversión a la diversidad.

Además, este proceso se refuerza a sí mismo: el éxito económico en las grandes ciudades valida los valores urbanos, mientras que la autoselección en la migración fuera de las regiones retrasadas aumenta aún más la polarización. En Europa y en los Estados Unidos, las áreas homogéneas y socialmente conservadoras constituyen la base del apoyo a los populistas nativistas.

En contra de este argumento, los economistas han producido una serie de estudios que vinculan el apoyo político de los populistas a las crisis económicas. En lo que quizás sea el más famoso de estos, David Autor, David Dorn, Gordon Hanson y Kaveh Majlesi, del MIT, la Universidad de Zurich, la Universidad de California en San Diego y la Universidad de Lund, respectivamente, han demostrado que los votos para Trump en las elecciones presidenciales de 2016 en todas las comunidades de EE. UU. tuvo una fuerte correlación con la magnitud de los efectos negativos del comercio con China. En igualdad de condiciones, cuanto mayor es la pérdida de puestos de trabajo debido al aumento de las importaciones provenientes de China, mayor es el apoyo a Trump.

De hecho, según Autor, Dorn, Hanson y Majlesi, el impacto negativo del comercio con  China puede haber sido directamente responsable de la victoria electoral de Trump en 2016. Sus estimaciones implican que si la penetración de las importaciones hubiesen sido 50% más baja que la tasa real durante el período 2002-2014, un candidato presidencial demócrata habría ganado los estados críticos de Michigan, Wisconsin y Pennsylvania, haciendo de Hillary Clinton la ganadora de la elección.

Otros estudios empíricos han producido resultados similares para Europa Occidental. Se ha encontrado que una mayor penetración de las importaciones chinas está implicada en el apoyo al Brexit en Gran Bretaña y en el auge de los partidos nacionalistas de extrema derecha en Europa continental. Se ha demostrado que la austeridad y medidas más amplias de inseguridad económica también han jugado un papel estadísticamente significativo. Y en Suecia, el aumento de la inseguridad en el mercado laboral se ha relacionado empíricamente con el auge de los Sweden Democrats  de extrema derecha.

Los argumentos culturales y económicos pueden parecer estar en tensión, si no totalmente inconsistentes,  entre sí. Pero, leyendo entre líneas, uno puede discernir un tipo de convergencia. Debido a que las tendencias culturales, como el post-materialismo y los valores promovidos por la urbanización, son de naturaleza a largo plazo, no coinciden en el tiempo con la reacción populista. (Norris e Inglehart plantean un punto de inflexión en el que los grupos socialmente conservadores se han convertido en una minoría, pero aún tienen un poder político desproporcionado). Y los que abogan por la primacía de las explicaciones culturales, de hecho, no descartan el papel de las crisis económicas. Estas conmociones mantienen, agravan y exacerban las divisiones culturales, dando a los populistas autoritarios el impulso adicional que necesitan.

Norris e Inglehart, por ejemplo, sostienen que “las condiciones económicas a mediano plazo y el crecimiento en la diversidad social” aceleraron la reacción cultural, y muestran en su trabajo empírico que los factores económicos desempeñaron un papel en el apoyo a los partidos populistas. De manera similar, Wilkinson enfatiza que la “ansiedad racial” y la “ansiedad económica” no son hipótesis alternativas, porque los choques económicos han intensificado enormemente la clasificación cultural dirigida por la urbanización. Por su parte, los deterministas económicos deberían reconocer que factores como el impacto del comercio con China no ocurren en un vacío, sino en el contexto de divisiones sociales preexistentes a lo largo de líneas socioculturales.

En última instancia, el análisis preciso de las causas del aumento del populismo autoritario puede ser menos importante que las lecciones de política que se pueden extraer de él. Hay poco debate aquí. Los remedios económicos a la desigualdad y la inseguridad son primordiales.

Julio 9, 2019

Traducción propia

Project Syndicate

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