¿Y ahora?, ¿Negociar?

Es tiempo de volver a plantearse –hay que hacerlo continuamente– cuál es el fundamento estratégico de la oposición para salir de este régimen de oprobio; porque aclarado ese punto es lo que permitirá definir, por ejemplo, las políticas de alianzas, nacionales e internacionales.

No insistiré, lo he hecho muchas veces, en lo dañino que es la pérdida de confianza en el voto, en su carácter de universal, directo y secreto para elegir las autoridades, dirimir diferencias y llegar a consensos en una sociedad. Pero he de reconocer que la vía electoral está cerrada, al menos por el momento.

No solo no es la opción que se plantean los partidos que conforman la oposición democrática, sino también, y esto es lo verdaderamente importante, hay fuertes e innegables evidencias de que esa opción es hoy rechazada a nivel popular. Nadie cree en estos momentos en los procesos electorales; nadie tiene confianza en que el régimen no se aprovechará de su posición de poder para manipular el proceso y los resultados, sin que nada se lo impida, pues nadie confía en el supuesto árbitro, que no es tal, el CNE. Por lo tanto, hay que admitir que al menos por el momento, la vía electoral está cerrada.

Cerrada esa vía, solo quedan dos posibles: la opción de la fuerza, sea interna o internacional o un proceso de negociación, que conduzca a la convocatoria de unas elecciones, en condiciones justas y equilibradas, con observación internacional.

La salida de fuerza, por la vía de una intervención militar externa también luce hoy descartada. Ningún país o grupo de países, ni organismo multilateral está dispuesto a emprenderla, o participar en ella y así lo han declarado en diversos momentos y por diversas vías. Los países que reconocen y respaldan a la oposición democrática, insisten en la vía electoral para salir de la crisis venezolana.

Incluso ahora, que se vislumbra ganador el candidato demócrata en los EEUU, esta perspectiva de la intervención externa luce menos probable, toda vez que el candidato ganador ha declarado que piensa en una salida por la vía electoral y es evidente su acercamiento a la Unión Europea, que impulsa las elecciones para resolver la crisis política en Venezuela. En realidad, la perspectiva de la intervención militar siempre estuvo descartada por los EEUU, incluso bajo la presidencia de Donald Trump que, habiendo alentado esa perspectiva, con su diplomacia de micrófonos, nunca estuvo dispuesto a llevarla a cabo.

Una salida de fuerza, militar, interna, es para mí indeseable y además no parece tampoco que sea una opción factible; no luce que nuestros militares estén dispuestos a “rebelarse” contra un régimen con el que les ha ido tan bien y del cual, en realidad, son el único soporte, porque al hacerlo sostienen sus propios intereses.

De manera que no creo que la intervención militar sea la salida; pero tampoco creo que quienes hoy detentan el poder por la fuerza se van a ir simplemente con marchas y manifestaciones; pero eso forma parte del proceso de agitación que hay que mantener para que se produzca lo que al final sí creo que puede acabar con este régimen, que es el quiebre del bloque hegemónico que los mantiene en el poder: militares, corruptos y menos corruptos y una base de empresarios enchufados; si estos dos grupos ven que sus intereses, en lo personal, comienzan a estar amenazados, por agitación interna y aislamiento internacional, no dudarán en quitar el apoyo a la dictadura. Yo creo que eso es lo que hay que lograr con un efecto tenaza o de pinza: movilización popular interna y apoyo internacional con presión y sanciones que afecten a la dictadura, pero sobre todo a esos militares, funcionarios y empresarios enchufados que quieren disfrutar de esos bienes mal habidos.

Pero eso solo conducirá a lo que es el meollo del problema y de este artículo, que no podemos seguir negándonos a discutir frontalmente: que se abra un proceso de negociación, con sólido apoyo internacional, con fuerte y decidida movilización popular interna, que fuerce una “salida” de la dictadura, que se vea obligada a negociar el abandono del poder y a que se concrete, al final, una salida electoral.

Volvemos entonces al principio: al final serán la negociación y la vía electoral los factores que diriman la situación. A menos, claro está, que se produzca una intervención militar, interna o internacional, en cuyo caso quienes se alcen con el poder tras desplazar al régimen impondrían sus condiciones, plazos, formas, etc.; pero si no es así, a la larga, todo nos llevará a una salida electoral.

El tema, entonces, de la negociación, es también un tema que se impone discutir, por más que hoy esté “satanizado” el término. El rechazo al mismo, en algunos sectores políticos de oposición y en una parte de la población, se debe en buena medida a los fracasos de los diálogos y las negociaciones previas –en Venezuela, República Dominicana y Barbados, con mediación de El Vaticano y Noruega– que dejaron un amargo sabor, difícil de superar.

También, porque parte de la satanización proviene de quienes enfatizan el carácter hamponil, narcotraficante, violador de derechos humanos del régimen, cosa que no dudamos y que obviamente dificulta emprender el proceso de cualquier salida negociada. Cuando se argumenta: ¿Quién en su sano juicio negociaría con hampones, narcotraficantes y violadores de derechos humanos?, obviamente es difícil aceptar esa perspectiva. Pero eso olvida o soslaya que esa es nuestra realidad política: el poder no lo detentan unos monjes franciscanos ni unos adoradores de la no violencia, con quienes sería muy grato negociar.

Algunos sectores políticos opositores, que niegan esa perspectiva, con esa argumentación o parecida, cabalgan políticamente sobre la ola y lo hacen con facilidad, pues solo plantean salidas utópicas, por irrealizables, con las que nunca “fracasan”, pues es imposible fracasar, con utopías irrealizables. Pero tampoco tienen éxito; solo están allí, siempre, en la práctica bloqueando cualquier alternativa de solución. 

Sabemos bien quienes detentan por la fuerza el poder, de quienes conocemos sus cualidades morales y personales, su largo prontuario delictivo, de corrupción y uso de la fuerza, ¿por qué habrían de abandonar el poder si tienen el pleno control y toda la fuerza, sí no se les da algunas “garantías” que les sean razonables para dejarlo?; aunque suene cínico decirlo con ellos es que hay que negociar, para el bien del país, para salir de esta tragedia y no seguir hundiéndonos.

Nuestra tarea, lo que hay que lograr es una sólida y unida fuerza opositora, un país movilizado en lo interno y apoyado internacionalmente, que permita una negociación exitosa.

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