Bienvenido Mr. Marshall

Hace años era muy popular un chiste en el que la manera para que un país económicamente deprimido lograra su recuperación, era declararle la guerra a los Estados Unidos de Norte América. Evidentemente la perderían y entonces los EEUU procederían a ayudar al país vencido y a levantar su economía. El chiste consistía en que el interlocutor preguntaba ¿Y si ganamos? El convencimiento general de ese proceder estadounidense estaba basado en el llamado Plan Marshall (European Recovery Program) que el país del Norte puso en práctica entre los años 1948 y 1952.

Su más entusiasta impulsor fue el General George Marshall, uno de los más destacados oficiales norteamericanos en la Segunda Guerra mundial y Secretario de Estado durante el gobierno de Harry Truman. El propósito fue ayudar a los países devastados por la guerra, incluidos aquellos que habían formado parte del Eje (Alemania e Italia) o colaboracionistas como Francia.

Las ayudas fueron, en millones de dólares: 1.316 Inglaterra, 1.085 Francia, 510 Alemania occidental y 594 Italia. A los economistas correspondería calcular cuánto serían esas cantidades trasladadas a 2022. Si uno se pregunta sobre la animadversión legendaria de los franceses contra los Estados Unidos, recuerda aquella frase: «no sé porque fulano me odia tanto si nunca le hice un favor».

El Plan Marshall inspiró dos clásicos del cine de humor: «Bienvenido Mr. Marshall», del español Luis García Berlanga (1953). La trama se desarrolla en el pequeño pueblo castellano Villar del Río. El alcalde y los habitantes, enterados de que Mr. Marshall va de visita a España y pasará por su pueblo, deciden organizarle un recibimiento con todos los ingredientes del folclore y de la cocina española. El objetivo, obtener la ayuda norteamericana en aquellos años tan aciagos del franquismo pos guerra civil. La caravana de Mr. Marshall pasa por Villar del Rio pero a más de 100 Kms por hora y todo el pueblo queda con los crespos hechos.

La otra gran película «Rugido de Ratón» es de 1959, inglesa y dirigida por Jack Arnold. La trama se inicia en el Ducado de Grand Fenwick , un minúsculo (e imaginario) país europeo cuya única fuente de ingresos es la exportación de su famoso vino pinot. Pero una empresa californiana inventa una copia, llamada «Pinot Grand Enwick», toda la economía del Ducado colapsa. La duquesa Gloria (Peter Sellers) convoca a una sesión del parlamento, donde el primer ministro Rupert Mountjoy (Peter Sellers) señala que todo país que haya declarado la guerra a Estados Unidos recibe después grandes ayudas materiales, por lo que propone declarar la guerra, enviando al Mariscal de Campo Tully Bascombe (Peter Sellers) con 23 hombres del ejército medieval de Grand Fenwick, a invadir Estados Unidos. Desembarcan en Nueva York y por allí sigue el hilarante argumento.

He recordado ambas películas con motivo de la sorprendente visita (al menos para los ciudadanos comunes y corrientes) de una misión de alto nivel del odiado Imperio para entrevistarse con el no menos odiado presidente írrito Nicolás Maduro. Vinieron James Story, embajador en Venezuela con sede en Bogotá; Juan González, asistente especial de la Casa Blanca para asuntos del Hemisferio Occidental; y Roger Carstens, el enviado presidencial especial de Estados Unidos para asuntos de rehenes.

Uno de los temas centrales fue la liberación de trece norteamericanos presos en Venezuela por distintos motivos. El otro, la posibilidad de que Pdvsa vuelva a ser un suplidor de petróleo para EEUU. Por supuesto con todas las complicaciones que significa reactivar una empresa y toda su infraestructura, destruida por décadas de abandono, impericia y corrupción. El efecto inmediato fue la liberación de dos de los ejecutivos de Citgo y el anuncio de Maduro de que reanudarán –con otro esquema– las negociaciones en México.

El primer chillido de indignación fue del senador (republicano) por Florida, Marco Rubio, con anatemas contra el gobierno (demócrata) de Joe Biden por ceder ante la dictadura de Maduro. A esa voz se han unido y se unirán otras de la oposición recalcitrante cuyo argumento es que todo acercamiento al régimen es una traición.

Son los mismos que han considerado que el proceso de negociaciones en México ha sido no solo ceder ante la dictadura sino también inútil.

Vuelvo al Plan Marshall porque, mutatis mutandis, Venezuela es un país devastado, no por una guerra pero si por el paso rasante del Atila que han significado veintidós años de chavismo-madurismo. Las sanciones que los Estados Unidos han aplicado contra Venezuela le han hecho cosquillas al régimen que se las ha arreglado para burlarlas y las ha usado para justificar su política hambreadora del pueblo.

Los verdaderos afectados hemos sido los venezolanos del común. Por supuesto que levantarlas debería tener una contrapartida: liberación de los presos políticos, cese de la represión contra los medios de comunicación y elecciones libres y transparentes en 2024. Las reanudación de negociaciones en México tienen que centrarse en estos temas ineludibles. Pero, aunque no produzca efectos inmediatos, el solo hecho de quitarnos de encima la sumisión al carnicero de Ucrania, Vladimir Putin, hace que el objetivo de la misión norteamericana merezca un voto de confianza.

Paulina Gamus es abogada, parlamentaria de la democracia. 

Twitter: @Paugamus