Carta del visionario

 «¡Qué bello sería que el istmo de Panamá fuese para nosotros lo que el de Corinto para los griegos!». En la Carta de Jamaica consigna Simón Bolívar ese justificado deseo, eje también de una masa de deslumbrantes consideraciones políticas a la que el visionario líder de la emancipación de la América hispana debe los honores que le reconoce la humanidad.

El Libertador fue un gran guerrero y sobre todo un sólido analista político, cualidad que respaldaba con una tenacidad incomparable; pero dejemos los elogios, que por lo demás ya no necesita. Más interesa entresacar sus decisiones estratégicas de cualquier contenido que, certificadamente, hayan despejado el camino de la Independencia, fuentes de enseñanzas válidas para acometer tareas difíciles.

El fragmento arriba citado alude a dos istmos, muy separados en la distancia. el de Corinto, ubicado en la parte central de Grecia y con brazos de mar que lo conectan con el Peloponeso y el mar Egeo. El otro es más nuestro, geográfica e históricamente. Trata del istmo de Panamá, que enlaza la América Central conectándola con México y, por supuesto, es difícil no ver la notable importancia de semejantes territorios.

Panamá, mirando hacia dos grandes océanos desde el hallazgo de Balboa. En 1826 pudo reunirse el Congreso de los latinoamericanos, concretándose a medias el sueño bolivariano. Y Corinto, despejando la unidad de los helenos, sin la cual jamás habrían podido derrotar al poderoso imperio persa, acaudillado por Darío.

Panamá y Corinto, Corinto y Panamá, han sido percepciones tan clarividentes que quedaron sembradas en la imaginación quién sabe por cuánto tiempo.

Fueron muchos los pronunciamientos universitarios, siguiendo a Córdoba-1918. Rememoraré varios, que sirvieron para crear el nuevo liderazgo latinoamericano, que conservó la marca indeleble de la Reforma Universitaria argentina.

Pero hagamos una referencia final a Panamá. En 1926, la Federación de Estudiantes de ese país invitó con solemnidad «categórica» a las de la mayoría de las de la Región flameando banderas casi obvias, la unión latinoamericana para defender cada pulgada de territorio de cualquier contraofensiva colonial, hasta la conjugación de los dos istmos conforme a las palabras del Libertador supra mencionadas y para llevar a la cúspide la unidad.

En la retórica del estudiantado del istmo decir «unidad» era decir «independencia» y decir «independencia» sería nada sin codificarla con el nombre de Bolívar.

Los frutos de la reforma y la sucesión de Congresos Universitarios no se limitaron a la profunda transformación de la idea que, desde entonces, se implantó en la América hispana sino que propició un poderoso viraje hacia lo científico y humanístico y erradicó métodos primitivos y nada participativos. Se eliminó la tradición del magister dixit y se encendieron debates en las clases que permitieron aprovechar en más las grandes ventajas de la democracia. La realidad fue regulando su intensidad para evitar interrupciones infinitas.

La renovación de la dirigencia latinoamericana ha sido impresionante. En 1924 se reúnen en Perú las Universidades Populares «González Prada» bajo la orientación del joven líder Víctor Raúl Haya de la Torre quien no pudo estar presente por hallarse en el exilio, pero su influencia en el Congreso fue absoluta. Había fundado también el partido APRA, de índole socialdemócrata que rompió con el marxismo en aspectos ciertamente esenciales.

En Venezuela se legalizó, en 1941, el partido Acción Democrática, fundado por Rómulo Betancourt, cuya influencia llegó a ser torrencial y se le ubica ideológicamente en la socialdemocracia, a pesar de no ser dado a militar en organizaciones internacionales por ser celoso de su independencia funcional. Por confluencia natural y acuerdos políticos confluyeron hacia el cauce AD-Aprista, el Partido Socialista Chileno, el Partido Liberal Colombiano, el Movimiento Nacionalista Revolucionario de Bolivia y el Partido Auténtico Cubano. Sin formalizar su registro como un solo partido, sus líderes estrecharon sus conexiones y, a ratos, suscribieron acuerdos que, pareciendo conferirles lo que cierta reluctancia a los partidos únicos les impedía ir más lejos, no obstante no ha dejado de concedérseles la pertenencia a una corriente bien definida del actuar político.

Estos desarrollos, desde los logros evidentes de la Reforma Universitaria entre 1918 y 1928, han forjado hegemonías alejadas del maximalismo, el dogmatismo y las corrientes marxistas. Por esa hábil previsión mantienen un hacer creativo interesante.

La idea es que el material creativo de las fuerzas democráticas sigue abriendo vías innovadoras. Es lo que explica la ligazón muy pertinente entre los nuevos proyectos de renovación o reforma universitaria que en este momento se han iluminado en casi todas las universidades venezolanas, siempre con el propósito de ampliar el marco y la funcionalidad de la democracia. De concretarse estos interesantes proyectos, avanzando, como es lógico, por la senda de una fuerte unidad con propensión a ampliar siempre más sus fronteras y un crecimiento de la democracia, sin vuelta atrás.

Twitter: @AmericoMartin