Caudillos, gracias y desgracias

 

Que Enrique Krauze, muy apto historiador mexicano, llame «caudillos» a los sacerdotes Hidalgo y Morelos, al tiempo que a ese extraño líder de mirada dominante y fulminante, que fue Antonio López Santa Anna y también al general Porfirio Díaz, nos da una idea de lo contradictorio, impreciso y ambiguo del concepto mismo. Recaen sobre Morelos, Santa Anna y Díaz los juicios más excluyentes. Díaz,  uno de los más rutilantes hasta el momento de ser derrotado, fue expulsado para siempre del país. Fue enterrado en un cementerio parisino. Y ahí sigue sin que ni los que guardan opiniones más justas acerca de su gestión pidan que sus restos sean repatriados.

… que digan que estoy dormido

y que me traigan aquí

México lindo y querido

si muero lejos de ti.

Nuestro Laureano Vallenilla describió a Páez cual  gran caudillo de los llanos occidentales.

Laureano le daba valor a cada palabra. Un poderoso César, sí, de fuerza férrea, pero de y para la democracia. Un gendarme o dictador que controlara turbulencias sociales y políticas.

Ocurre que atribuir a Páez o a Monagas la condición de caudillos no lleva connotaciones negativas, se trata de un calificativo afectuoso que denota admiración, al igual que se lo propone el gran educador argentino Domingo Faustino Sarmiento con el caudillo Juan Facundo Quiroga, un recio samán, tallado a golpes de hacha al igual que José Antonio Páez en su forja viril desde que ejerció los trabajos más duros en la hacienda donde se refugió para no  pagar el homicidio que cometió contra un temerario que pretendió robarlo.

El caudillo de los llanos occidentales, el Centauro, fue uno de los grandes líderes de la Emancipación. Pero siguen en pie los equívocos. Le lloverán cargos difíciles de aceptar que lo presentan como traidor a Bolívar. A las malquerencias contra el catire se han unido los seguidores de un Bolívar impostado, que no cabe en el molde que le han construido quienes pretenden usurpar los legítimos títulos de grandeza erigiéndose en sus legatarios o salvadores destinados a completar lo que al Libertador supuestamente «le falta por hacer todavía».

En nombre de la revolución estos novedosos sucesores han querido culminar la aún inconclusa gestión del principal héroe de la Independencia. Pero un rápido vistazo a los escombros que han dejado basta para medir la magnitud de su retroceso histórico.

Permítanme evocar esta cuestión de los caudillos para bien o para mal. Aunque de antemano el dilema puede resolverse, usando la inteligencia o prescindiendo de ella en uno u otro sentido. Creo que un dictador sanguinario tendría una palabra que decir al respecto.

Haciendo un balance de sus casi tres primeros lapsos de su ya larga dictadura, Juan Vicente Gómez —el gendarme  necesario en que pensaba Vallenilla Lanz— dijo en el Capitolio Federal: «Los cinco primeros años solo pude emplearlos para acabar uno a uno con los caudillos, sin lo cual no estaríamos en el auge que ahora hemos comenzado a disfrutar».

El caso es que hasta sus más drásticos enemigos reconocen que pacificar el país liquidando a los caudillos, sí fue un mérito del viejo tirano. Quiere decir que el caudillaje ya no tiene en Venezuela y la región valores reconocibles.

Mas la valentía en defensa de la libertad, desplegada por  hombres como Román Delgado Chalbaud, Nicolás Rolando, Juan Pablo Peñaloza y muchos otros, de  jugarse la piel en operaciones extravagantes, deja siempre un rescoldo de legítima admiración.

La última oportunidad en nuestro país de vivir luchas de esta índole fue en los terribles años 60. Las guerrillas revolucionarias fueron derrotadas y aunque su factura fue fidelista carecieron de los rasgos caudillistas del siglo XIX.

No quiero concluir esta columna sin responder a las medidas que, segun J. V. Gómez proyectaron, luego de cauterizar el penoso caudillismo, el equívoco auge de nuestro país.

El tirano llegó al otro extremo, la dictadura, la más desembozada y completa que se conoció en Latinoamérica.

Ese dictador totalitario no  estuvo muy desorientado cuando relacionó sus éxitos con las siguientes disposiciones:

  • Eliminación del impuesto de exportación al café y el cacao. El Fisco dejó de percibir 84 millones de bolívares, pero la economía productiva recibió un importante empujón.
  • La red vial que impactó la actividad productiva y comercial.
  • Financiamiento «minero» (se refería principalmente a la producción y exportación de yacimientos petroleros). En ese punto el tirano hizo una pausa y agregó: el petróleo nos asegura un brillante porvenir.
  • Organización moderna del Ejército, para lo cual fortaleció la Academia Militar, colocando en su dirección al experimentado coronel Samuel Mc Gill. En este último particular ya está fuera de dudas que Juan Vicente fue el  fundador del Ejército venezolano.

Curioso destino el de un caudillo devenido en cruento dictador. Fracasó en su deseo de ser enaltecido, sometiendo a sus súbditos como lo habría hecho Carlos V con los suyos. Y fracasó como dictador porque sus bárbaros excesos no lo salvaron del alzamiento del juicio de la historia y del alzamiento del posgomecismo contra el gomecismo.

Twitter: @AmericoMartin