China: un tema estratégico

Las relaciones con China se están transformando en el gran desafío de las relaciones internacionales, en particular para los gobiernos democráticos. La Unión Europea la ha definido como una competencia sistémica y, en los pocos meses de gobierno del presidente Biden en los Estados Unidos, el imperio amarillo se presenta como la mayor amenaza para el liderazgo internacional de su país; adicionalmente, representa un efecto disruptivo para el orden internacional liberal, que privilegia las libertades, la democracia y los derechos humanos.

En el ambiente de conflictividad que está caracterizando las relaciones con China en los últimos años, particularmente desde que Xi Jinping ha asumido una postura más agresiva en el contexto internacional, ha estimulado las más diversas versiones conspirativas, como la conformación de una nueva guerra fría o la posibilidad de avanzar en la ruta planteada en el «trampa de Tucídides» y desembocar en una inevitable conflagración bélica. En términos generales está creciendo un clima de rechazo y satanización del ascenso de China como potencia global.

Las razones para cuestionar la actuación internacional de China son muchas, pero el enfrentamiento que se está cultivando no genera mayores beneficios, pues ni permite establecer los límites necesarios y convenientes frente a su poderosa expansión mundial ni hace posible aprovechar las oportunidades que puede generar su impresionante desarrollo económico y tecnológico.

En este contexto nos encontramos con un gran reto: definir límites sin paralizar las relaciones, el desarrollo económico y el bienestar. La Unión Europea podría representar un interesante ejemplo, pues en el marco de su posición crítica y cautelosa, logró firmar un acuerdo de inversiones con el gigante asiático el 30 de diciembre el 2020, que aún está pendiente de ratificación por el Parlamento Europeo.

En el caso de los Estados Unidos la situación se presenta más compleja, toda vez que desde la administración del presidente Donald Trump se ha generado una matriz de opinión muy crítica sobre la amenaza china a la economía norteamericana, que ha respaldado ampliamente la política de máxima presión, que incluye la guerra arancelaria contra las exportaciones chinas; política que, hasta el presente, ha mantenido el presidente Joe Biden.

Tanto la opinión pública como el Congreso en Estados Unidos apoyan la máxima presión contra China, pero en la práctica los resultados están resultando muy limitados. Por una parte, no modifican el comportamiento del gobierno chino y, por otra, terminan perjudicando a los sectores competitivos de los Estados Unidos que se enfrentan con la reciprocidad de sanciones arancelarias el acceso al mercado chino.

En tal sentido, resulta conveniente una revisión pragmática y creativa de la estrategia frente a China, que permita la coordinación con el mayor número de gobiernos democráticos para la negociación de límites y controles al expansionismo chino y, paralelamente, avanzar en todos los espacios posibles en proyectos beneficiosos para todas las partes.

Una posición pragmática pareciera empezar a explorar la nueva administración de los Estados Unidos, con mucha prudencia y algunas limitaciones, si observamos los recientes acontecimientos en las relaciones bilaterales.

La cautela en la revisión de la estrategia de máxima presión que aún se mantiene se corresponde, en gran medida, con la dura posición tanto de la opinión pública como del Partido Republicano. Ahora bien, que se avance en el diálogo, no obstante la atmosfera tan adversa, constituye una señal positiva.

En ese contexto conviene destacar la fluida comunicación que mantiene el Sr. John Kerry, comisionado presidencial para el cambio climático, con las máximas autoridades del gobierno chino. Por otra parte, las reuniones que sobre temas económicos han sostenido la Sra. Janet Yellen, secretaria del Tesoro de los Estados Unidos y el Sr. Liu He negociador chino en materia económica y uno de los cuatro viceprimeros ministros.

En el ámbito político, cargado de profundas diferencias y luego de la Primera Cumbre de los Cancilleres de ambos países, Anthony Blinken y Wang Yi, efectuada en Alaska en marzo del presente año —marcada por amenazas, reproches y desencuentros—, podría resultar esperanzador la recientemente visita oficial de la vicesecretaria de Estado Wendy Sherman, quien en su periplo por varios países de Asia ha incluido a China, lo que representa la visita de mayor rango diplomático a China de la nueva administración de los Estados Unidos, con una agenda más técnica y un ambiente más sosegado para explorar la posibilidad de definir espacios de convivencia.

Como decíamos, la reacción de las potencias occidentales frente al desafío chino se presenta cautelosa, entre otras, por la complejidad política del tema, pero también limitada y una de las debilidades tiene que ver con la ausencia de los gobiernos democráticos de los países en desarrollo, en particular de la región latinoamericana, en la construcción de la estrategia; pero, más delicado aún, el poco interés y reducida presencia de los países desarrollados —en particular los Estados Unidos— en los países en desarrollo, lo que ha dejado el espacio libre para la creciente penetración de China que se está posicionando como el principal socio comercial e incluso inversionista.

La definición y aplicación de una estrategia que permita determinar límites concretos y efectivos tanto a la expansión económica de China en el planeta como a su subliminal promoción del modelo autoritario frente a la fragilidad de la democracia; requiere de la necesaria y activa participación de los gobiernos democráticos de los países en desarrollo. Al respecto, podría servir de referencia el esquema Quad, plataforma de coordinación que incluye a Estados Unidos, Australia, Japón e India, donde el tema chino ocupa un lugar privilegiado.

La Organización Mundial del Comercio (OMC) constituye otro escenario multilateral de fundamental importancia para la coordinación de reglas que permitan delimitar la actuación de China en el contexto global. Al respecto cabe destacar que la OMC cuenta con la activa participación de la gran mayoría de gobiernos democráticos de los países en desarrollo y, en particular, a todos los países de nuestra región. Por otra parte, en nuestro hemisferio, la Organización de Estados Americanos (OEA), que cuenta con el área de Asuntos Económicos y Comerciales y la membrecía de Canadá, también podría servir de plataforma para la consulta y coordinación de la estrategia frente a las potencias de la geopolítica del autoritarismo.

Adicionalmente, resulta prioritario que los gobiernos de los países desarrollados adopten posiciones más activas y creativas de relacionamiento en diversos ámbitos con los países en desarrollo, en particular con los que mantienen sistemas democráticos, pues la presión de las potencias autoritarias es compleja e intensa y se suma a las amenazas que enfrentan sus débiles instituciones.

Es importante tener presente que en el proceso de expansión de China a escala mundial, desde sus inicios, los países en desarrollo han jugado un papel fundamental, han sido incorporados como actores protagónicos en el ambicioso y emblemático proyecto de la Ruta de la Seda y constituyen el epicentro de la nueva y agresiva política de expansión que conduce Xi Jinping para enfrentar las presiones de que es objeto, producto de la opacidad en el manejo de la pandemia del covid-19 que han sido definidos como la diplomacia de las mascarillas y la diplomacia de las vacunas.

Como se puede apreciar en la expansión global de China, los países en desarrollo ocupan un lugar privilegiado y si bien en los primeros años, bajo el esquema del soft power se evitaban los temas políticos en sus proyectos internacionales, en los últimos años bajo la nueva modalidad del hard power, la política y la defensa del autoritarismo como la opción eficiente para construir gobernabilidad, están adquiriendo mayor protagonismo.

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Félix Arellano es internacionalista y Doctor en Ciencias Políticas-UCV.