Cosecha de hambre

La rutina en el campo, marcada por los ciclos de reproducción de las plantas y el clima, se ha modificado por causas externas. Este año no hubo sobresaltos en los períodos de lluvia  y sequía.  Todo  estaba  dado  para  la  cosecha,  pero  las tierras viven  un  profundo letargo. A pesar de que ya comenzó el ciclo de invierno, millones de hectáreas que están improductivas, solo reciben lluvias. No habrá campos reverdecidos por la siembra. Este año esa superficie se quedó cavada y arada, pero sin nada que germine en ella.

 “En  condiciones  normales  cuando  finaliza  mayo,  se  debería  tener  70%  del  área sembrada. En la zona de Turén tenemos apenas 40% del maíz. El 31 de mayo, en vez de estar terminando de sembrar, estábamos con nuestros tractores protestando. Porque si los productores no tienen insumos para su finca se van a la calle”, dice Osman Quero, gerente  general  de  Productores  Agrícolas  Independientes  del  municipio  Turén,  en  el estado Portuguesa.

 La lentitud con que avanza la siembra es desgarradora. A la fecha, según Fedeagro, en el caso del maíz y el arroz en el occidente del país deberían llevar un avance de 80%,  pero  es  de  25%.  La  zona  no  tiene  ni  50%  de  los  insumos  requeridos. En Guárico,  Monagas,  Bolívar  la  situación  es aún  más grave  al  no  poseer  ni  10%.  En  los Andes solo  se  pudo  sembrar  25%  de  la  superficie  que  normalmente  se  dispone,  dado que desde hace un año no ingresan semillas de hortalizas al país. La producción de café solo  abastece  35%  de  la  población,  de  arroz 40%  y de  maíz 25%.  A esto  se  suma  el déficit de más de 35.000 tractores, de los cuales anualmente deberían renovarse 5.000. Desde hace 4 años eso no sucede, por lo que 70% de la maquinaria ya cumplió su vida útil.

Con este panorama, servir y llenar un plato de comida o contar un menú balanceado no será  cosa  fácil  en  lo  que  resta  de  año.  La  posibilidad  de  una  recuperación  en  la producción  de  alimentos  pareciera  no  ir  por  buen  camino  al  estar  afectado  el  primer sector  de  la  economía.  “La  situación  es  realmente  crítica.  El  campo  está  en  terapia intensiva. El país produce 30% de los alimentos que consume. Esto representa la profundización  de  los  errores,  mientras  se  incrementa  la  escasez  y  el desabastecimiento”, dice Aquiles Hopkins, presidente de Fedeagro.

A pesar de  que  en  el  país existen  35  millones de  hectáreas potenciales para  producir, solo se aprovecha el 30%. “Entre agricultura y ganadería no hay 9 millones de hectáreas utilizadas. Eso va a continuar cayendo”, asegura Hopkins.

La  agricultura  no  es  una  actividad  comercial,  pese  a  que  es  el  medio  de  sustento. Nosotros  vemos  nuestro  trabajo  como  un  modo  de  vida.  Es  una  cultura  más  que  un negocio. Cuando muere el campo, poco a poco también muere nuestro modo de vida”, dice  César  Ramírez,  ingeniero  en  producción  animal  y  miembro  de  la  Asociación  de Productores  Agropecuarios  del  Sur  de  Aragua  y  Guárico,  gremio  que  agrupa  250 productores entre socios fundadores y afiliados.

De las 320 hectáreas disponibles para la siembra que tiene Ramírez en su finca en Altagracia  de  Orituco,  solo  podrá  sembrar 150. Afectado  ante  lo  que  ha  dejado  de hacer,  explica  la  razón  que  lo  hace  resistir:  “Generalmente  estamos  en  esto  desde pequeños,  la  tierra  que  hoy  labramos,  hace  décadas  también  la  trabajaron  nuestros padres  y  abuelos.  Una  impronta  que  desde  la  infancia  nos  dice  que  al  campo pertenecemos. Además nos da la satisfacción de convertir tierra y agua en alimentos”.

A sus 31 años de edad no piensa abandonar el campo, pese a que los gremios del sector han  declarado  2017  como  el  peor  año  en  la  historia  de  la  actividad  agropecuaria.  “Me gradué  con  honores,  fui  el  primero  de  mi  promoción  y soy el  promedio  más alto  en  la historia  de  la  Escuela  de  Zootecnia  de  la  Universidad  de  Oriente.  Cuando  presenté  mi tesis tenía 6 ofertas de empleo. El entonces decano, doctor Ernesto Hurtado, me ofreció ser parte del plantel universitario. También tenía una oferta de posgrado en el exterior. Y terminé en Altagracia de Orituco, entre mis vacas y cultivos”, relata. Al día siguiente de su graduación regresó a la finca.

Pese  a  los  retrasos  en  la  siembra  hay  quienes  todavía  guardan  la  esperanza  de  ver crecer sus sembradíos. “Me  he  atrasado  por  no  tener  el  insecticida. Escucho  a  mis compañeros  que  han  perdido  la  siembra  por  la  presencia  de  los  gusanos  y  no  tienen cómo controlar la situación. Un productor me dijo que perdió 40 hectáreas. Otro en Santa Rosalía  perdió  70%  del  maíz.  Yo  prefiero  esperar  unos días más. Fui  a  Agropatria  a preguntar por los insecticidas y no tuve respuesta satisfactoria. Lo más probable es que lo compre en el mercado informal para no dejar pasar esta etapa. El déficit de  insecticida  es  de  80%”,  sostiene  Gassam  Abdalá,  un  agricultor  con  tierras  en Turén.

En  esa  zona  la  mayoría  ya  hizo  la  preparación  del  suelo  y  aguardan  por  semillas, fertilizantes  y  químicos  para  el  combate  de  plagas. Los  Productores  Agrícolas Independientes de Turén han recibido de Agropatria, que desde 2010 centraliza la distribución de los insumos para el campo, 30% de las semillas necesarias. Fueron los 3 containers que hace unas semanas llegaron con un total de 3.200 sacos de semillas.  “Fue  el  primer  despacho.  Todavía  tenemos  unos  días  de  junio  que podríamos utilizar. Pero cada día que pasa se hace imposible sembrar. El terreno se pone pesado como consecuencia de la entrada de agua. No es lo mismo el maíz de  mayo  que  el  de  junio.  Porque  requiere  una  cantidad  de  agua  de  120  mililitros por  hectárea,  suficiente  para  que  el  terreno  esté  optimo  y  germine  la  semilla”,  explica Quero. Después de esos días la cantidad de agua aumenta, riego que debió aprovechar la tierra con la planta. “Entonces la mata nace con menos vigor, los fertilizantes compiten con  el  lavado  de  las  lluvias  y  la  planta  absorbe  menos  el  agroinsumo.  Se  reduce  el rendimiento al final porque la tierra se enfrió. En vez de obtener 5.000 kilos de maíz por hectárea, hay que restarle 1.500 kilos”, asevera.

La región es el principal productor de maíz, aporta 60% del rubro para la producción de harina  precocida  con  la  que  se  prepara  la  arepa,  el  pan  venezolano.  A  la  fecha  hay personas  sembrando  sin  abono,  que  esperan  conseguir  más  adelante.  Pero  Ramírez explica que si no se le coloca el fertilizante al suelo junto con la semilla, poco ayudará al crecimiento de la planta. “Debes preparar la cama de siembra con antelación. Pero si la preparas y pasa  más de  15  días sin  insumos y no  siembras,  entonces debes volver  a repetir  el  proceso”,  señala.  De  acuerdo  con  la  Confederación  de  Asociaciones  de Productores Agropecuarios en los últimos seis meses no se ha comprado ni un solo saco de fertilizante.

Agropatria, agrocrisis

Desde 2008 Fedeagro comenzó a alertar sobre la caída en la producción agrícola. A casi 10 años del aviso, esta semana es inminente la emergencia agroalimentaria ante  la  falta  de  insumos,  maquinarias  y  equipos  para  los  agricultores  del país. Aseguraron  que  a  dos meses de  iniciarse  el  período  de  lluvias,  “el  ciclo  agrícola está  virtualmente  perdido”.  Las  asociaciones  privadas  –que  aportan  80%  de  la producción– solo han recibido 30% de los insumos requeridos. Por lo que, así como otros sectores lo han planteado con los medicamentos e insumos médicos, el gremio también exige un canal humanitario que permita el ingreso al país de productos agrícolas.

No han podido hacer frente al plan agrícola que debió haber empezado el 15 de abril. Y tener sembrado para el 15 de junio, al menos 80% de la superficie agrícola del país. Lo que no se haga durante esos meses, no se logrará el resto del año.

El sector señala como las causas de esta crisis las decisiones tomadas desde la Presidencia de la República, cuyos puntos de inflexión han sido dos. “En 2008 el Estado  pretendió  ser  importador,  productor,  transformador  y  distribuidor  de alimentos.  Ese  fue  el  primer  error  garrafal.  Se  reservó  más  de  5  millones  de hectáreas  con  las  expropiaciones,  tierras  que  en  la  actualidad  están improductivas.  En  promedio,  tiene  50%  de  las  plantas  para  procesar  alimentos”, explica el ex decano de la Facultad de Agronomía de la Universidad del Zulia y presidente de la Sociedad Venezolana para el Combate de Malezas, Werner Gutiérrez.

Desde 2006 el gobierno de Hugo Chávez anunció que tomaría “sectores estratégicos”, entre  esos,  el  alimentario.  A través de  su  política  de  nacionalización  de  empresas,  se dedicó a la expropiación en 2007. Un año después inició la arremetida contra el sector agrícola.  ¿La  intención?  “Garantizar  la  soberanía  alimentaria”.  Así  tomó  la  cadena frigorífica y la empresa Lácteos Los Andes. Luego, en 2009, continuó con intervenciones a empresas arroceras, culpándolas del desabastecimiento. Luego ordenó la intervención de 1.500 hectáreas de tierras de la multinacional papelera irlandesa Smurfit Kappa, las cuales serían para el cultivo de frijoles, maíz, sorgo, yuca y ñame. Luego tomó 10.000 hectáreas de latifundios y se fue expandiendo.

Es en 2010 cuando comienza la crisis más severa. Chávez tomó la empresa que daba los insumos a los productores, Agroisleña, que en el primer mes del año ya tenía  los  agroquímicos,  semillas,  todos  los  productos  acopiados  para  entregar  a los  agricultores  que  sembrarían  en  abril.  Con  Agropatria  comienza  a  fallar  esa cadena. Y ahora, pasados dos meses del ciclo de invierno, los productores no han podido sembrar”, resalta Gutiérrez.

La  principal  razón  de  la  siembra  tardía  de  este  año  es  que  Agropatria  no  ha distribuido  a  tiempo  los  suplementos  agrícolas   semillas,  fertilizantes  y agroquímicos)  a  las  asociaciones  de  productores.  Rafael  Carballo,  ingeniero agrónomo y productor, sembró una hectárea de maíz en Altagracia de Orituco hace tres semanas.  Como  no  llovió  y  los  insectos  se  comieron  las  semillas  ante  la  falta  de insecticida,  perdió  todo.  “Estuve  en  Agropatria  buscando  el  insumo,  pero  no  lo  tenían. Además, exigen cualquier cantidad de requisitos que es imposible cumplir; dicen que es para controlar el “bachaqueo” de los productos”, explica.

Los  agricultores  denuncian  que  los  insumos  en  Agropatria  son  vendidos  a personas  que  están  registradas  como  productores  y  no  lo  son  o  su  actividad agrícola es dudosa. “Entonces estas personas después revenden los productos a quienes son los verdaderos agricultores. En Agropatria un saco de semillas puede costar entre 85.000 bolívares y 100.000 bolívares. En la reventa lo colocan en 240.000 bolívares”, destaca Ramírez. Quero agrega “que los recursos han estado llegando a los intermediarios bajo el amparo de la corrupción”. Mientras que Abdalá asegura que son atendidas únicamente las personas que pertenecen al Banco Agrícola y al Fondo para el Desarrollo Agrario Socialista.

Hopkins  señala  que  la  estatal  tiene  el  monopolio  de  esos  insumos,  los  cuales  son importados en su totalidad. Ramírez asegura que en años anteriores se importaban cerca de  1,2  millones  de  sacos  de  semillas  certificadas.  “En  2016  escasamente  importaron 550.000. ¡Si no tenemos semillas qué producción va a haber!”, enfatiza. De acuerdo con Fedeagro  la  disponibilidad  de  semilla  de  maíz  para  el  mes  de  mayo  era  de  580.000 sacos. De este total, las asociaciones que producen el 80% del maíz solo han recibido 22%  100.000 sacos).

En  Guárico  los  productores  han  reducido  la  superficie  sembrada  en  casi  60%  ante  el desabastecimiento de insumos. Ramírez explica que entre 2014 y 2015 el gremio recibió cerca de 700 gandolas con fertilizantes, este año apenas han llegado 40. “Hasta el año pasado  la  distribución  dependía  de  la  Petroquímica  de  Venezuela  y  no  de Agropatria. Ellos revisaban el récord en producción y rentabilidad de la asociación que pedía los fertilizantes. Ahora con Agropatria todo el sistema eficiente se cae y el  precio  se  triplica. Por  un  saco  de  fertilizante  se  pagaban  4.000  bolívares,  ahora sobrepasa  los  12.000  bolívares.  Pequiven  sabía  a  qué  zonas  atender  primero  porque conocía dónde llegaba el ciclo de invierno más temprano para poder sembrar”, sostiene Ramírez.  Asegura  que  el  producto  se  lo  prometieron  para  junio,  cuando  debió  haber estado en abril. Todavía faltan 14 gandolas de fertilizantes en la zona llanera.

En declaraciones recientes, el ministro de Agricultura Productiva y Tierra, Wilmar Castro Soteldo, expresó que este año se ha hecho un esfuerzo para garantizar el más  alto  volumen  de  insumos  en  Portuguesa:  “A  pesar  de  que  algunos compañeros  productores  dicen  que  no,  lo  hacen  porque  pretenden  negar  la presencia de nuevos actores en la agricultura, gente que ha venido trabajando sin apoyo,  como  lo  son  el  poder  comunal  organizado,  Corporación  de  Desarrollo Agrícola  –creada  en  2016  y  adscrita  al  Ministerio  de  Agricultura  Productiva  y Tierras– y la Industria Militar Agroalimentaria, gente nueva que ha venido de otros estados a sembrar en Portuguesa”.

La Corporación de Desarrollo Agrícola es una empresa matriz encargada de “coordinar, supervisar, controlar y articular los procesos productivos que están en manos de la clase obrera”.  Mientras que  la  Industria  Militar  Agroalimentaria  forma  parte  de  las empresas creadas por  el  presidente  Nicolás Maduro  en  2013  para  la  zona  económica  militar.  La entonces ministra  de  Defensa,  almirante  Carmen  Meléndez,  dijo  que  este  sector  iba  a producir  sus  propios  alimentos.  “Y  una  vez  que  tengamos  la  capacidad  de autoabastecernos, le aportaremos a la patria en el programa de alimentación”, destacó.

¿Qué se comerá? 

El  año  pasado  muchos  venezolanos  resolvieron  su  dieta  con  plátano  y  yuca  ante  la imposibilidad de poder cumplir una dieta balanceada por lo escaso y lo costoso de los alimentos. De hecho, la Encuesta de Condiciones de Vida en Venezuela confirma que en 2016 el patrón de compras de alimentos de los venezolanos cambió. Las hortalizas y tubérculos desplazaron el consumo de carnes y pollo. En días recientes, Castro Soteldo también destacó un incremento en la ingesta de esos rubros.

En  abril, la  Organización  de  las  Naciones  Unidas  para  la  Alimentación  y  la Agricultura  en  su  reporte  Global  de  Crisis  Alimentarias  2017,  destacó  que  el “empeoramiento de la situación económica en Venezuela puede causar una fuerte escasez  de  bienes  de  consumo,  incluyendo  comida  y  medicinas.  Por  tanto,  la seguridad  alimentaria  necesita  ser  monitoreada”. La  FAO  expresó  no  tener  datos confiables y actuales con respecto al país, que dos años atrás fue premiado por el mismo organismo internacional por la reducción de la pobreza y el hambre.

ese a esto, en Venezuela es cada vez más complejo sustituir un alimento por otro. Los productos de primera necesidad son importados en su mayoría. “Los economistas dicen que cuando un rubro falla, el consumidor acude a otro. Pero hortalizas y tubérculos no va a haber este año. Van a caer. Quizás el rubro que se puede mantener sea la yuca, porque  no  es semilla  importada”,  expresa  Gutiérrez.  Pero  la  cosecha  de  yuca  no  está garantizada del todo ante el desabastecimiento de herbicidas, por lo que puede bajar el rendimiento.

En el caso del plátano, la superficie sembrada el año pasado cayó de 45.000 hectáreas a 25.000. “La razón es la falta de insumos. Al plátano lo ataca una enfermedad que se llama sigatoka negra, por lo que hay que fumigar todos los meses. Resulta que tampoco hay fungicida”, agrega.

En cuanto a las hortalizas dice que en 2016 la producción tuvo una disminución de 75% en la región de los Andes, mientras que en el eje de Guárico y sur de Aragua, el área sembrada de cebollas y tomates descendió 90%. Fedeagro registró en ese mismo año que  el  autoabastecimiento  de  esas  hortalizas  fue  33,3%  y  27%,  respectivamente.

Mientras que la producción de pimentón alcanzó para cubrir 32,1% de la demanda. Aún más grave, los agricultores de Mérida, Táchira y Trujillo llevan casi 3 años sin semillas para papa, por lo que apenas logró cubrir 14,9% de la demanda interna. 

En cuanto a la zanahoria, Gutiérrez menciona que en el último semestre del año pasado no se sembró en algunas zonas, pues desde hace dos años tampoco surten de semillas. Asegura  que  lo  poco  que  se  siembra  llega  por  los  caminos  verdes.

Si  en  2016,  de  acuerdo  con  la  Encovi,  aproximadamente  9,6  millones  de  personas comieron  dos  o  menos  veces  al  día,  con  estos  datos  de  siembra,  la  disponibilidad  de alimentos podría ser menor, advierte Gutiérrez: “Es necesario comenzar a trabajar para salvar lo que se pueda. Tenemos que sembrar en el ciclo interino o de salida de agua. En Venezuela llueve hasta septiembre. Con las pocas lluvias de octubre y noviembre, se puede  sembrar  frijol,  caraotas,  soya,  ajonjolí,  girasol,  algunas  frutas  en  el  llano  como patilla, melón. Ese ciclo se puede trabajar desde ahorita para ayudar a mitigar el hambre de inicios del próximo año”.

Ramírez manifiesta que el agro en Venezuela atraviesa su peor momento: “Nosotros los productores sabemos qué va a pasar, pero el ciudadano que está en la calle no tiene ni idea  de  lo  que  viene.  Nos  estamos  comiendo  la  reserva.  Los  cereales  que  salían  del campo a los silos, donde son procesados por la agroindustria, nos los estamos comiendo antes de  que  estén  listos,  como  es el  caso  del  jojoto,  que  debe  esperar  entre  60  y 70 días después de la siembra. En los silos la cosecha espera los 12 meses del año hasta que llega la otra. Pero ahora esa reserva dura 4 meses en el mejor de los casos”.

De acuerdo con Gutiérrez en 2016 se requirió importar cerca de 12 millardos de dólares en  alimentos,  este  año  la  cifra  podría  ascender  a  14  millardos  de  dólares.  “Como  el gobierno  no  los  tiene,  ante  la  pérdida  en  la  renta  petrolera,  evidentemente  habrá  una merma en la disponibilidad de alimentos. El año pasado solo se importaron alrededor de 6  millardos  de  dólares  en  comida”.  Resalta  que  de  cumplirse  con  los  pronósticos,  es probable que el país apenas logre producir entre 10% y 20% de la demanda interna de alimentos.

La crisis trae otros daños colaterales. La nutricionista y experta en seguridad alimentaria, Susana Raffalli explica que cosechar el maíz antes de tiempo tiene dos consecuencias. “Cuando el grano de maíz está maduro compone un buen perfil de proteínas con caraotas y  frijoles,  son  una  proteína  completa.  Cuando  no  sucede  así,  deja  de  tener  el  valor nutricional que necesitamos. Por otra parte, cuando una población recurre a su cultivo y se lo come en forma precoz, se está comiendo la semilla de la próxima cosecha, con lo que pone en riesgo la seguridad nutricional alimentaria para después”.

En cuanto a la yuca, señala que se corre el peligro de intoxicación, como ha pasado el último año con decenas de fallecimientos por ingesta de yuca amarga. “Todos los tipos de yuca tienen esa sustancia tóxica, porque produce ese compuesto cianógeno. Cuando se arranca antes de que llegue a ser maduro, el contenido tóxico, aumenta”. Productores de yuca en Monagas han denunciado el robo de la cosecha antes estar lista.

Para Raffalli los ciudadanos no solamente están comiendo menos, sino que además, van hacia una conducta primitiva. “Nos estamos comiendo lo que da la tierra, la persona va y arranca el racimo de plátano. Estamos volviendo a la recolección, a lo primitivo. Lo que vimos  en  los  datos  de  la  Encovi  y  de  Cáritas,  con  el  monitoreo  nutricional,  sobre  el aumento del consumo de hortalizas y tubérculos no es necesariamente que sea lo más barato. Como no hay alimentos, nos quedamos reducidos a lo primario”.

El aspecto cultural en la alimentación de los venezolanos también está comprometido. “En  nuestra  mesa  siempre  ha  existido  la  sopa  y  el  seco.  Pero  ya  no  sabemos  qué estamos comiendo. Ahora está llena de mangos verdes, con los que ni siquiera se puede hacer  jalea  porque  no  hay  azúcar.  La  gente  decía: “Yo  soy  venezolano  porque  como arepa de maíz con carne mechada’. Pero ahora la arepa se hace de plátano y la carne con  la  concha  del  plátano.  Nos  han  ido  destruyendo  la  identidad  alimentaria”,  dice Raffalli.

Ni leche, ni carne

Ramírez cree que la producción ganadera puede ser más bondadosa que la agricultura, pero aun así no escapa de los efectos de no atender el suelo como se debe. Las vacas tampoco  tienen  qué  comer.  “Si  no  tengo  fertilizantes,  agroquímicos  para  combatir  la maleza y abonar la tierra, lo que come la vaca no le sirve de nada, porque no es un pasto de  calidad.  Y si  quiero  hacer  una  dieta  complementaria  con  maíz,  sorgo,  tampoco  es posible por la falta de semillas”.

Esto, indudablemente, afecta la producción de los lácteos y la carne, y advierte que se está cayendo en “un círculo vicioso de sacrificar animales para mantener otros. Cuando lo  normal  es  que  el  rebaño  crezca”.

El director de la Federación Nacional de Ganaderos, veterinario y criador de bovinos en el municipio Cañada de Urdaneta en Zulia, Gerardo Ávila, denuncia que además de la falta  de  insumos  para  el  pasto,  tampoco  tienen  medicamentos  para  las  reses.  “Los productores para mantener la sanidad del rebaño, ante la cantidad de laboratorios que han dejado de operar, han tenido que ir al mercado colombiano o brasileño, para atender la salud de sus animales, por eso los costos se triplican”.

Los antimastíticos que utilizan para controlar la inflamación de la glándula mamaria y las ubres  en  las  vacas  no  se  consiguen.  “Evidentemente  eso  baja  la  productividad  hasta 40%”,  dice  Ávila.  Tampoco  cuentan  con  la  vacuna  antibrucélica,  que  previene  la brucelosis la cual causa abortos y retención de la placenta en las vacas. Gutiérrez señala que el ganado también se está tardando en llegar al peso de matadero y las vacas ya no tienen un parto anual, sino cada 16 o 18 meses. Venezuela continúa siendo el único país de  la  región  en  que  todavía  hay fiebre  aftosa,  lo  que  imposibilita  que  la  nación  pueda exportar carne y leche.

Siete Días. El Nacional

18 de junio de 2017

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