Dictadores a su mandar

Resulta irritante que pocos o ninguno de los apremiantes problemas que atentan contra la vida de los venezolanos, esté siendo resuelto —o cuando menos sometido a examen— por autoridades serias. Las malas noticias caen obsesivamente sobre la humanidad de nuestros compatriotas sin que se entienda por qué las variables de pobreza extrema nos siguen sepultando en los niveles terminales.

Si se compara, desdichadas naciones parecen ser desplazadas del sótano del subdesarrollo por Venezuela, que desde los años 1920 —cuando el tirano Juan Vicente Gómez pudo valerse de la palanca petrolera— estuvo en los primeros lugares de la región en lo concerniente a ingreso per cápita (IPC), medida por mucho tiempo usada para conocer la evolución del nivel de vida de naciones o de regiones.

A sabiendas de que el sector petrolero constituyó desde sus inicios una economía externa, dotada de tecnología muy avanzada —razón por la cual solo pudo ser diseñada y puesta en operación por las grandes transnacionales norteamericanas y anglo-holandesas— sería demasiado obvio restarle méritos a los gobiernos venezolanos en el diseño y montaje del mencionado sector. Por supuesto, que algo hicieron en lo concerniente al mecanismo jurídico para establecer el sistema de concesiones.

Sin embargo, desde el principio, el tirano había «olido» el inmenso negocio que estaba por caer en sus manos, así se tratara de una minucia en comparación con las ganancias y el poder que tocarían a Standard, la Royal Dutch Shell y otras hiperpoderosas «hermanas» que en aquellos años dominaron el negocio. Seguramente la codicia guio sus pasos de modo que, sin complejos y mientras el manejo era relativamente sencillo, tomaba decisiones por sí solo: «Cobraba un porcentaje por adjudicar concesiones, eliminó intermediarios. Más tarde, dispuso vender directamente concesiones a través de una compañía venezolana que abrió oficinas en Nueva York y Londres» (Magin Valdez, Venezuela: teoría y política petrolera. Editorial UDO 1973).

Partiendo de trienios desde 1917-1920 (afirmado Gómez como déspota totalitario) y hasta su muerte, en 1935, la producción de crudo y productos pegó un salto descomunal que bastó para deslumbrar a todos los entornos y justificar la bien ganada fama de nación próspera.

Aprovechar ese colosal emporio de oro negro, oculto en el subsuelo, fue cosa de niños para las transnacionales anglosajonas, de modo que lo de Gómez, en materia de gestión y gerencia, no supuso mucho esfuerzo ni especial talento, pero sin duda astucia, codicia y falta de escrúpulos y una endiablada suerte para que tan colosal riqueza reventara cuando el hombre empezaba a despachar.

Seguramente que la riqueza de su hacienda sirvió de acicate para concebir cualquier sueño, lo que facilitaría las sociedades de sólidos intelectuales con la bellaca dictadura justificada por la obra misma. Un intelectual de la calidad de Román Cárdenas, organizó la hacienda pública, otros el servicio exterior y otros más la red de carreteras y caminos que, ciertamente, impulsaron el comercio y transporte interno. Como hacendado latifundista, Juan Vicente está para impulsar la agricultura y la ganadería.

El impuesto que el fisco le aplicaba al café y el cacao, a la sazón principales frutos de exportación, planteaba una seria contradicción al gobierno. El dilema era eliminar un impuesto que le proporcionaba Bs. 84 millones al fisco pero frenaba la expansión económica, o dejarles esa suma a los exportadores en beneficio del crecimiento del producto y el empleo. Prefirió la segunda opción. El instinto agricultor esa vez le aconsejó bien. No obstante, una revisión pormenorizada de los altibajos de su larga y tortuosa autocracia de 27 años, dejaría en claro que sus consejeros no fueron acertados. Gómez era el «gendarme necesario», expresión esta emanada de Tiers para aplicarla al césar que con mano dura impone el orden necesario por tiránico.

Esa tiranía, diseñada para civilizar a un país que no entendía la democracia ni se sometía a ella, fracasó históricamente: no dejó vestigios civilizatorios ni alcanzó a retener la simpatía que inicialmente le guardaban sus sucesores.

El posgomecismo (López Contreras, Medina Angarita) reaccionó contra el gomecismo e inició la transición hacia la democracia. Hubo, pues, que fumigar las cenizas del césar para levantar en su contra la democracia, la libertad y la prosperidad. Eso sí, purificadas de estigmas de maldad y rapacidad.

Entre dictadores y mandatarios democráticos se desenvuelve la accidentada historia del poder. Hubo dictadores virtuales —Páez en algún momento— dictadores comisorios o inevitables, como Bolívar, nombrado por el Congreso de Nueva Granada; dictadores tolerantes, como Guzmán Blanco; dictadores que por recientes esperan su juicio final. Pero el sumun de todos ellos, el más totalitario y consciente de su rapacidad y sus métodos inhumanos fue Juan Vicente Gómez. Si Bolívar fue caudillo a su pesar, Gómez fue tirano a su mandar.

Twitter: @AmericoMartin