El arte de la política

Varias –muchas, diría- las oleadas y fenómenos políticos, ideológicos o de contextura personalista, que han incidido en la América española en términos de mestizaje cultural. La matriz es por sobre todo ibérica, para ceñirnos a esa relación arábigo-española que tan profundamente determinó la cultura.

Lo ocurrido fue un mestizaje profundo que debe más al latín vulgar sin menoscabo de expresiones provenientes del latín culto, del rutilante de Cicerón y Julio César. Tal idioma es reconocido como uno –si no el más– hermoso reinante en el planeta. En fin, el tiempo terminará por definir sus perfiles de modo que todas las calificaciones alcancen el rango que se les atribuye y podamos repetir con el notable filólogo español Astrana Marín, que ciertamente si no es prudente anticiparse a calificarlos en forma tan terminante Lenguas vivas y por tanto en continuo desarrollo, no creo que se aleje de la verdad quien afirme al menos que merece serlo.

La continua confluencia lingüística de la que emanaron Cervantes y los grandes autores del siglo de oro español, se encuentran, fluyen con naturalidad el pluralismo político e ideológico, para colocarnos frente a un dilema inevadible. ¿Son los partidos fenómenos ideológicos o políticos? ¿Aciertan aquellos que reprochan a los partidos haber renunciado a su esencia ideológica para caer en las garras del pragmatismo?

La experiencia acumulada por milenios en el ejercicio universal de la política y el desempeño de los partidos, en cuanto sus instrumentos principales, ha demostrado fehacientemente que la Política es una ciencia y la aplicación de sus postulados es un arte. Se trata de una ciencia-arte. Su fórmula no introduce variante sustantiva alguna. El uso contemporáneo de la expresión “ciencia de la Política” proviene de la natural propensión entre sociólogos, politólogos e historiadores de precisar los conceptos.

Si en realidad se tratara de perfeccionar conceptos y por ese camino, de aumentar la eficacia del lenguaje, debemos aceptar que siendo muy importante la forma como se apliquen las decisiones, hallazgos y recomendaciones del liderazgo, se hablará de partidos “ideológicos”.

En Latinoamérica fueron especialmente influyentes las revoluciones mexicanas a partir de 1910 y la rusa soviética, con el triunfo de los bolcheviques, encabezados por Lenin y Trotsky en noviembre de 1917. Ambos procesos sufrieron períodos críticos y escisiones, con una diferencia fundamental, la ideología de Marx venía cerrándose sobre sí misma al calor de grandes debates, esa propensión se acentuó poderosamente con la derrota interna de Martov, Trotsky, Zinoviev y Bujarin, cuyo inocultable brillo intelectual desbordaba el simplismo teórico de Stalin quien, muerto Lenin y adueñado de la secretaria general y el gobierno del Estado, dio rienda suelta a sus complejos salvajes desatando todos los abusos y crímenes contra sus rivales.

Para revestir su viciado régimen, optó por inflar los aportes de Lenin a la doctrina de Marx, y unió el nombre del jefe bolchevique ruso y a partir de ese momento no se habló de marxismo a secas sino de marxismo-leninismo, un compendio implacablemente dirigido a aplastar con puño de hierro la más mínima disidencia. La intolerancia fue absoluta y el pensamiento de Marx, que ya se congelaba en dogmas muy cerrados, llegó al tope bajo el mando de Lenin y sobre todo de Stalin, quien fue tenido, junto a Hitler, como los autores de los peores crímenes de lesa humanidad.

Puesto que el riesgo corrido por la más tenue discrepancia, llegó a ser el tormento inaudito y la muerte, el dogma tomó caracteres trágicos. Retarlo o agrietarlo requirió la solidaridad de un poder superior, que fuere posible activar con rapidez y eficacia.

Las aspiraciones máximas de las revoluciones rusa y mexicana no alcanzaron la cima prometida o cuando menos insinuadas. La URSS fracasó en toda la línea. Si a las primeras, los jóvenes americanos leían con devoción a los líderes marxista-leninistas, memorizaban sus ideas y se dejaban arrastrar por sus mineralizados postulados, con gran emoción pregonaban igualmente las hazañas de Obregón, Zapata, Villa y Carranza y mantuvieron esos afectos cuando aquellos bravos guerreros comenzaron a discurrir sobre la necesidad de construir un cauce partidista a aquellas búsquedas. Obregón y Calles trabajaron en tal dirección, pero cuando Obregón es asesinado apareció Lázaro Cárdenas, quien fue dominando el escenario con su sólido prestigio y logros agrarios.

Mientras la fuerza de los comunistas se valía de la aceptación sin más de los folletines ideológicos, que se leían con pasión dogmática y cierto servilismo intelectual, la de los revolucionarios aztecas en el sacrificio de los luchadores, de postulados sociales y programas de gobierno, en los cuales la tierra era factor por excelencia.

Rómulo Betancourt y sus compañeros, siempre buscando fórmulas originales, resaltaron el carácter semi feudal del país y elevaron el rol del campesinado, frente al uniclasismo proletario de sus rivales e izaron el emblema de la reforma agraria, que más adelante aplicaron desde el Poder.

Con el objeto de conferirle a esa medida un sentido democrático y desvanecer cualquier sospecha de residuos comunistas que pudiera guardar en el fondo de su corazón, Betancourt invitó la celebración del primer acto de entrega gratuita de tierras, al presidente Kennedy y a su brillante esposa Jacqueline, una pareja olímpica, entonces de universal prestigio democrático. Fue un detalle que a sus brillantes amigos Jóvito Villalba y Miguel Otero Silva, quizás se les hubiera ido. A Rómulo, difícilmente.

¡Ah, el arte de la Política!

Twitter: @AmericoMartin

Américo Martín es abogado y escritor.