El muro

Sin embargo, cuando todo parecía concluido se plantó frente a la sede del CNE un estudiante íngrimo y solo, levantando una frágil hoja de papel donde, de su puño y letra, había escrito: ¡REVOCATORIO YA!

El muro es la antítesis de la ciudad del siglo XXI, quiero decir: de lo que debería ser la ciudad del siglo XXI que el pensamiento más avanzado ha concebido como totalmente abierta, permeable, integrada, con intensa mezcla de usos donde la residencial no sólo no es incompatible con la vecindad de otras actividades como las comerciales e incluso ciertas formas de la producción manufacturera, sino que con ello resulta netamente enriquecida.

Por eso Berlín Oriental terminó convertida en la negación de la ciudad moderna: no se trataba ya de las restricciones y dificultades para moverse dentro de ella misma sino también de la ruptura neta de las conexiones con el resto del mundo. El impresentable personaje que ha resultado ser Donald Trump amenaza con superarla, levantando un dilatado muro entre su país y México. Pero esa infausta proeza ya ha sido alcanzada por nuestro socialismo endógeno que ha levantado un muro, virtual pero muy difícil de traspasar, en la frontera binacional más viva de América del Sur.

A Caracas no le han faltado muros: bajo la presión de una paranoia que, a diferencia de lo que piensan los cortesanos del régimen, responde poco a sensaciones y muchísimo a cruda realidad, nos hemos dedicado a levantar muros (y concertinas y cercos eléctricos) alrededor no sólo de nuestras casas sino de urbanizaciones y sectores urbanos completos.

Pero muchos de esos muros, tal vez los más perversos, no son visibles sino que consisten en vetos no escritos, especialidad preferida de un perturbado alcalde caraqueño que, bajo el argumento inaceptable y falaz de que se trata de “territorio chavista”, pretende decidir quiénes pueden entrar o no a los predios donde desbarra. Para hacerlos más perceptibles y quizá disuasorios los apuntala con escuadras de facinerosos con cara de malos de la película aunque, ya se ha visto, corren como conejos a la hora de las chiquiticas.

El pasado miércoles 11, ante la decisión de un importante número de ciudadanos de marchar hasta el CNE a reclamar su derecho a la activación del referéndum revocatorio presidencial que con suficiente antelación habían solicitado, el régimen estrenó una nueva modalidad de muro: además de las hileras de policías y guardias nacionales acorazados, las tanquetas, “ballenas” y “rinocerontes”, desplegaron a lo ancho de las calles una especie de pantalla translúcida y, suponemos, blindada, capaz en apariencia de impedir hasta el paso de un mosquito.

Pero la ciudad tiene sus vericuetos y por ellos los decididos demandantes burlaron la aparentemente impenetrable pared, que tuvo que deshacerse y recomponerse más adelante para cumplir con la tarea impuesta, así fuera recurriendo a las habituales lacrimógenas y perdigones.

Sin embargo, cuando todo parecía concluido se plantó frente a la sede del CNE un estudiante íngrimo y solo, levantando una frágil hoja de papel donde, de su puño y letra, había escrito: ¡REVOCATORIO YA!

No habían terminado de hacerle la primera pregunta los periodistas apostados en el sitio, cuando la garra del gorila ocupó el primer plano para arrebatarle el peligroso instrumento y arrestarlo por un delito inexistente.

Octavio Paz ha sostenido que una civilización es ante todo un urbanismo, y en efecto, más allá de las edificaciones y las infraestructuras, las ciudades se erigen sobre los principios que norman la vida de sus pobladores, sobre sus valores culturales y su capacidad para reconocer y respetar al otro, pero también sobre la conciencia de sus derechos como individuos y su disposición a defenderlos. En ese sentido Diego Hernández, tal es el nombre del estudiante que se plantó frente al CNE, ha lanzado un poderos mensaje: la ciudad está viva; más allá de su ostensible deterioro físico, ella tiene un futuro porque cuenta con ciudadanos capaces de superar el muro de la barbarie aun desnudos y con las manos vacías.