El nombre de la libertad

Edgar Yajure debería esculpir en el frontis de su apartamento la frase que transcribo al final de esta columna. Angustiado por la desgracia que ha caído sobre nuestro abrumado país, y dueño de un temperamento original como pocos, me ha tentado con la idea de organizar un salón como los que funcionaron en los albores de la Revolución Francesa. Su misión era fundir la muy avanzada cultura alcanzada por los enciclopedistas (Diderot) y los iluministas (Rousseau, Montesquieu, Voltaire) con la creciente miseria en que bajo la monarquía de los Capeto sucumbía la nación.

De semejante sociedad, de esa, podrían esperarse la prosperidad y la libertad enriquecidas por la luz de la Razón. Tras el estallido de las de 1789, 1830, 1848 y 1872, Francia fue considerada la tierra de las revoluciones, y la causa no fue otra que la confluencia entre el pensamiento más avanzado y la Libertad flameando en todos los espíritus. La libertad respondiendo al torrente de las necesidades materiales y al anhelo de justicia. Un tizón incandescente prendiendo lagunas de combustible.

Eugene Delacroix pintó la Libertad con sus pechos desnudos, entre trincheras y escombros avanzando a la cabeza de los parisinos exaltados, a su lado un niño esgrime un arma. Es el mismo pintor quien, subyugado, no pudo resistir el deseo de incorporarse a su obra, justo aliado de la deidad. Niños armados, la ciudad en escombros, la guerra en toda su salvaje crudeza.

Los salones de Paris cumplieron a cabalidad aquella noble tarea. Uno en particular: el de los esposos Roland (Jean-Marie y Marie-Jeanne) alcanzaron la celebridad por su notable desempeño y por la forma como Marie-Jeanne encontró la muerte. La influencia de Madame Roland creció como la espuma. Escribía bien, era culta y persuasiva. Altas figuras de la ciencia, la filosofía y la política eran presencias habituales en su Salón, los líderes girondino y jacobino, Petion y Robespierre cultivaron su amistad.

¿Era una mujer bella? Aunque no sé de algún pintor de Madonas que la haya retratado, pero hubiera sido una inaceptable desarmonía que no lo fuera. Quizá Madame Roland fuese una Catherine Deneuve o Gina Lollobrigida, la impactante ragazza italiana, que según nuestro Aquiles Nazoa tenía todo el fuego del Vesubio en la mirada.

El caso es que ese símbolo de luz y libertad fue detenida por esbirros hoscos y de grotesco aspecto. La llevaron a empellones a la Conciergerie. Le restregarían su superioridad revolucionaria y su ignorancia burlona. No faltaron aquellos que, cohibidos, la respetaran al saber quién era, pero la jauría, sedienta de sangre, rechazaba el más tenue asomo de “colaboracionismo”. Sin miedo -porque a un sicario hay que mirarlo de frente y sin miedo, con fría dignidad- dobló Marie Jeanne su hermoso rostro ante la filosa cuchilla y de un solo golpe su cabeza rodó. En circunstancias parecidas, Danton le gritó al verdugo: ¡levanta mi cabeza cortada y muéstrala a la turba para que vea cómo ríe Danton después de muerto!

Resulta que el corte preciso se pretendía humanitario. El hacha de los antiguos verdugos a veces fallaba, mutilando partes del cuerpo pero dejando hálitos palpitantes de vida. Entonces, Joseph Guillotin pidió con vehemencia la aplicación eficaz ingenio de efecto inmediato y “limpio” que popularizó su nombre.

¡Más bien debías agradecer la justicia revolucionaria, Danton! Y tú también, Marie-Jeanne, pero preferiste dejar de lado tu delicadeza femenina, para increpar con palabras impropias de una dama, a la horda que agredía entre risotadas arrojando despojos extraídos del más fétido albañal

¡Libertad -respondiste- cuántos crímenes se cometen en tu nombre!

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