El triunfo de la unidad

La democracia está de pie en la encrucijada de las más trágicas codicias

Andrés Eloy Blanco

Dos acontecimientos han marcado nuestra vida republicana en los últimos decenios: El 30 de noviembre y el 2 de diciembre de 1952. Aún recuerdo en mi memoria infantil, el del 2 de diciembre de 1952, cuando pocos días después del evento electoral que dio el triunfo a la unidad popular liderada por Jóvito Villalba contra la dictadura del General Marcos Pérez Jiménez, mi padre me reprendiera por haber llegado a casa desde la escuela, con los bolsillos del uniforme escolar llenos de tarjetas del FEI. Cerca de mi casa vivía el Jefe Civil de mi Carúpano ancestral y la tenencia de esas tarjetas, era sin duda, un riesgo de graves consecuencias personales y políticas. No habían tarjetas, que yo recuerde, marrón-tierra, color político de la época de URD-, en los cajones de basura de la escuela J.J. Martínez Mata, -convertida en centro electoral-, pero si, en grandes cantidades las redondas y a dos colores del partido fundado por el dictador para enfrentar la democracia en la Constituyente convocada para aquel año.

El 2 de diciembre de 1952 fue la fecha del nuevo golpe de Estado, producido por codiciosos militares contra el pueblo que había votado por el rescate de la constitucionalidad y la democracia el 30 de noviembre de 1952, en portentosa jornada liderada por Jóvito Villalba. Nunca en la historia de Venezuela se había producido un fraude y un atropello más insolentes y ningún dictador había tenido el atrevimiento de burlarse tan cínicamente de toda la Nación. Pero mientras la avariciosa militarada realizaba el atentado a la soberanía popular, el pueblo había dejado constancia de su capacidad de discernimiento y de su talante democrático. El 30 de noviembre de 1952 marcó en la historia de nuestro país la hora meridiana de la conciencia del pueblo, como se habría repetido en este 2016, si el gobierno chavista y el insolente y domado CNE no hubiesen conculcado la celebración del constitucional derecho de referéndum presidencial promovido por la oposición para revocar, por vía electoral, el mandato del peor presidente habido en la historia de nuestro país. El 30 de noviembre de 1952 fue, sin duda, una de las fechas más emblemáticas de la democracia venezolana y fue la consecuencia de la presión popular y la unidad de los venezolanos conducida por Villalba, -tal vez el estadista más olvidado e incomprendido de nuestra vida republicana en el siglo XX-, para restituir la democracia luego del derrocamiento del presidente Gallegos en 1948. Esta es la fecha representativa de la unidad, la que hoy reclamamos como la confluencia de la mayor suma de voluntades para convertirla en palanca vigorosa de todos para salir de la dictadura y garantizar el tránsito hacia la constitucionalidad.

El 2 de diciembre de 1952, por su parte, fue la otra cara de la moneda de la historia; esa fecha representa en el proceso histórico de Venezuela, el funesto retorno de la arbitrariedad y de las componendas del fraude que contradijo la luminosidad de aquel triunfo de las fuerzas unitarias.

En la hora actual, cuando las crisis que padecemos los venezolanos, nos arruina cívica, moral, política y económicamente, nos preguntamos hoy, ¿hacia dónde camina Venezuela?

El camino, sin duda, es la unidad, no la declarativa, sino la que propone la plataforma ciudadana Aragua en Red, en un documento reciente dirigida a la Mesa de la Unidad Democrática y a los extrañamente denominados grupos G-4, G-9 y G-19, que se rotula como más y mejor unidad para derrotar al gobierno. Unidad en la organización y en la transparencia para la comunicación.

La unidad del compromiso con la noble causa de la libertad y la democracia para lograr una salida electoral a la grave crisis nacional, nos impone la participación de todos, organizaciones civiles y partidos políticos, todos, porque la siembra democrática de hoy nos aconseja que el cálculo individual, el crecimiento particular y las imposiciones no tienen cabida ahora.

El secuestro del referéndum presidencial decretado por el gobierno, el CNE y un TSJ que no cumple las más elementales formas constitucionales, es el facsímil del golpe del 2 de diciembre de 1952, que se representa en el desconocimiento a la voluntad soberana representada en la Asamblea Nacional elegida el pasado 6 de diciembre de 2015 y al libre albedrio del pueblo para escoger sus autoridades, pero es también el miedo del gobierno al debate democrático y a la consulta popular porque no tienen la razón. Este duplicado del golpe del 2 de diciembre de 1952, es dirigido e inspirado por quienes, olvidados de los altos intereses de la República, sólo desean mantener el mando para proteger su pecunia numerata y demás utilidades en 17 años de gobierno. Por ello, el triunfo de la unidad, como expresión de todos, es el proyecto de país que garantiza un nuevo modelo de sociedad y una nueva visión de la democracia.

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