El valle sin amos

 He tomado de una densa reflexión de mi admirado amigo Luis José Oropeza, la mitad de su título con el objeto de ilustrar mi columna de esta semana en TalCual, diario fundado por Teodoro Petkoff en el cual escribo ininterrumpidamente desde hace 21 años, es decir, una semana sí y la siguiente también, aparte de las colaboraciones especiales que me pide este indoblegable medio. Venezuela: fábula de una riqueza. El valle sin amos. Artesano Editores. Cedice Libertad 2014.

¿Por qué me quedo con la segunda parte del título de Luis José? Simplemente porque El valle sin amos viene al pelo para ilustrar la dramática situación electoral de Venezuela. Son muchos partidos, individuos y movimientos los llamados a tomar las decisiones fundamentales pero, a tenor del Evangelio según Mateo 22:14, pocos los seleccionados.

Cualquiera que sea el significado de estos versículos, lo cierto es que la gran masa de los que asumen responsabilidades direccionales no ayuda a descifrar sentidos sino a confundirlos. Y de allí, sin más, que el valle –la causa primaria– en otras palabras se enturbia cuando sobran las manos que agitan el caldo.

De los amigos en la hirviente olla política dependerá, pues, todo: la victoria, la derrota o resultados ambiguos de los que resulta a veces muy costoso desligarse, proponiendo nuevas líneas de acción. Es de una obviedad perfecta tratar de evitar conclusiones procedentes de muchas voces que terminan cayendo en estados desconcertantes, sea por contradecirse a cada paso, sea por desenvolverse en pugnas de mala fe, decisiones personales por la obsesión de controlar la organización para someterla a designios personalísimos. Para sobrevivir a esas tormentas, generalmente mezquinas, brotan las continuas fricciones y divisiones que perjudican los esfuerzos unitarios, sin los cuales, por cierto, ni los proyectos más inteligentes pueden salir bien librados.

Están al alcance de los integrantes del oficio político los más simples, los menos cultos, los más improvisados, algunas reglas del accionar público, sin manejo de las cuales mejor sería retirarse del juego. Ganar amigos para fortalecer la lucha común antes que perderlos por ignorancia, incomprensión o por incapacidad para dominar pasiones. El correlato de la idea de ganar amigos es construir la unidad sin viejas cuentas por cobrar, no confundir la necesaria justicia con la contraproducente y maligna venganza.

El colosal viraje de la guerra emancipadora impulsada hacia el infinito por el decreto de Guerra a Muerte, dictado por Bolívar en Trujillo, y abolido por aquel caraqueño visionario para dar paso al Pacto de Regularización de la Guerra, fue aceptado por Pablo Morillo, el máximo general de las fuerzas realistas, y ratificado por ambos con un histórico abrazo en Santa Ana, que siguió elevando al cielo el prestigio de acción de la causa americana en todas las capitales europeas y especialmente el del Libertador, que con tanta destreza demostraba que la política era la continuación de la guerra hasta la victoria por medios civilizados y en lo posible, incruentos.

Sé que me saldrá al paso esa fórmula en la versión original del notable general prusiano Carl Clausewitz, quien antes que nadie la asomó, aunque esencialmente distinta a la que acabo de evocar.

La guerra es la continuación de la política por otros medios, había consagrado el hábil prusiano. Rota la paz, la guerra tiende a continuarla, desarticulada la guerra, serán los políticos quienes desvíen hacia la paz las furias guerreras. El tigre Clemenceau había dicho que la guerra es un asunto demasiado serio para dejarla solo en manos militares.

Vuelvo a lo pendiente, las elecciones, la paz y la mano tendida son armas propias de la democracia moderna y civilizada. Lo que nos tiene la brida amarrada es que hay muchos centros de discusión con ganas de derrotar a los rivales. Se favorecen los desarreglos en lugar de los acuerdos. Guaidó es un demócrata consagrado, Maduro tendría que cambiar su política y dotarse de nuevas convicciones. Pero, como el mundo se ha involucrado generosamente en la redemocratización y retorno de la centelleante prosperidad de nuestra maltratada nación, es menester que se halle cuanto antes un acuerdo mundial para que Venezuela sea democrática y próspera como en el mejor de sus momentos históricos, mediante el sufragio libre, transparente y con el acompañamiento universal de las naciones civilizadas.

¿El valle sin amos? Los amos del valle calificaban, no sin sorna, al privilegio mandamás de los poderosos que cuando menos lograban imponer acuerdos pragmáticos. Pues, resulta que se necesitan líderes, no amos, que sepan y puedan armar un valle que se les ha perdido dejando en el desamparo de soluciones a nuestro recio pueblo. Para que haya acuerdos necesitamos líderes tan aptos o mejores que los que iluminaron nuestro pasado. Los hay, sin duda, así como las buenas decisiones que deban tomarse. Solo falta que se unan y pongan la gran causa democrática en movimiento, con la seguridad de que nuestro gran pueblo acompañará las buenas razones del liderazgo.

Twitter: @AmericoMartin