Fidel Castro: un pistolero devenido en revolucionario

En su época juvenil Fidel Castro fue un pistolero de poca monta, pero pistolero al fin se acostumbró a resolver sus diferencias personales a balazos. Carlos Alberto Montaner lo define en un artículo reciente como un “ganstercillo”. Sin embargo, antes de adentrarnos en la vida de pistolero y revolucionario del líder cubano, es necesario revisar la carrera de otro pistolero revolucionario que se convirtió en un icono, en una referencia para todos los que recorrieron ese camino: Joseph Stalin.

Stalin, durante los primeros años de la revolución rusa fue una figura gris, siempre ubicado en la trastienda del proceso. Su labor era la guerra sucia, lo que implicaba la realización de atentados para obtener recursos destinados a financiar la revolución, y asesinatos para liquidar a todos aquellos que los dirigentes bolcheviques consideraran un obstáculo para su ascenso al poder o para retenerlo, una vez que lo conquistaron. Un reflejo de la criminal actitud de los bolcheviques fue la ejecución del Zar, su esposa e hijos, con el fin  de que no quedara un solo superviviente, el cual pudiera ser utilizado, por los seguidores de la monarquía, como un símbolo en su resistencia contra la revolución.

La tarea de Stalin de eliminar físicamente a los enemigos de los bolcheviques tenía un límite establecido por el líder de la revolución, Lenin. No se debía atentar contra los dirigentes de la izquierda rusa, incluso si disentían de la posición de los bolcheviques. Con estos había que discutir, dialogar y tratar de llegar a acuerdos. Sin embargo una vez desaparecido Lenin esta directriz fue tirada al basurero, iniciándose a partir de ese momento una nueva fase en la cual Stalin comenzó una paciente y sistemática labor de zapa, asesinando a todos aquellos que le impedían convertirse en la figura hegemónica del partido.

Así fue aniquilando uno por uno a los miembros del Comité Central del partido que disentían de él. En este ambiente los amigos de León Trotski veían con horror, como éste se enfrentaba abiertamente a los planteamientos de Stalin. Ellos le advirtieron que cesara en su empeño pues este forcejeo tendría una sola salida. Al final Trotski debó huir de Rusia e inició un largo peregrinaje por varios países tratando de establecer distancia  con la policía secreta de Stalin.

Finalmente culminó su peregrinaje en México donde un sector de la izquierda mexicana que simpatizaba con sus ideas lo acogió, le dio apoyo y le permitió establecerse lejos de la ira del pistolero ruso. A pesar de la lejanía, el largo brazo de la policía secreta rusa lo alcanzó en su último destino. Un agente de nacionalidad catalana, entrenado por los rusos, se introdujo en su residencia y le abrió el cráneo con un piolet (un pico de escalar).  

La carera de Stalin en la cual ascendió de pistolero al servicio de la revolución a figura hegemónica de ésta, ha sido recorrida por otros líderes socialistas probablemente influenciados por el éxito del pistolero ruso. Uno de éstos fue Fidel Castro, el cual en su juventud como universitario “vivió y participó en las luchas a tiros de los pistoleros habaneros. Fue un ganstercillo. Hirió a tiros a compañeros desprevenidos. Tal vez mató alguno” señala Carlos Montaner en un artículo reciente. Cuando decide entrar a la política continua bajo el mismo impulso participando en el asalto al Cuartel Moncada, el cual fracasa. Tiene la suerte de no morir en el atentado y no ser ejecutado por su aventura. Al final debe ir al exilio en México, donde con otros exiliados cubanos, organiza una invasión a Cuba que lo lleva a refugiarse en la Sierra Maestra, en la continuación de una gesta que lo conducirá al poder a finales de la década de los años 50.

Al igual que los bolcheviques Castro y sus aliados no dudan en instrumentar acciones criminales para consolidarse en el poder, asesinando o encarcelando a todos aquellos que se interponen en su camino. En esta línea se inscribieron los juicios fraudulentos de La Cabaña, donde fueron juzgados supuestos agentes de la dictadura y colaboradores de ésta. Al final sin contemplación y dilación alguna se les ejecutó, siguiendo las órdenes de otro sanguinario dirigente de la revolución: el “Che” Guevara. Según la directora del programa Archivo Cuba, María Werlau, los casos de fusilamientos y ejecución extrajudicial documentados para los primeros tres años y medio de mandato de Castro, exceden la cifra total de muertos de la dictadura militar de Pinochet. El programa citado solo reporta casos documentados sobre los cuales se han podido obtener datos fiables.    

En un devenir  previsible Castro decidió aliarse con la Unión Soviética e implementar en Cuba un régimen similar al establecido por Stalin. Esta decisión no fue compartida por otros dirigentes revolucionarios como Huber Matos quien manifestó abiertamente su discrepancia. Matos fue juzgado y declarado culpable de traición a la revolución, siendo condenado a 20 años por el delito de oponerse a la posición del líder máximo de la revolución. Al final la presión internacional posibilitó su liberación y posterior exilio a los Estados Unidos. Las mazmorras del régimen de Fidel se atiborraron de cubanos cuyo único delito fue similar al cometido por Matos. Otro de los lideres cubanos que se atravesó en el camino de Castro fue el General Ochoa quien había adquirido prestigio en las luchas de los cubanos en Etiopia y Angola. Ochoa fue acusado de tráfico de drogas y ejecutado. Una oleada de cubanos ha abandonado el país, entre ellos escritores, artistas, homosexuales huyendo de un destino similar al de Matos y Ochoa; se estima que un 20% de la población lo ha hecho.     

La revolución rusa y la cubana encarnaron un ideal donde se impuso un liderazgo que utilizó el asesinato o el encarcelamiento de los adversarios políticos como un mecanismo de ascenso al poder y eternizarse en éste. Esta tradición ha divido a la izquierda latinoamericana, parte de la cual no ha asistido al sepelio del pistolero devenido en revolucionario, a fin de no retratarse con los seguidores de tal desaguisado. La izquierda democrática, la que renunció a usar las pistolas y se suscribió al régimen de alternabilidad en el poder, propio de las democracias, decidió no asistir. En esta ausencia destacó la presidenta Michelle Bachelet y los socialistas chilenos herederos de la larga tradición democrática chilena. Hubiera sido incompresible que quienes padecieron las arbitrariedades de la dictadura pinochetista, asistieran a las exequias de un dictador que dejo una secuela de muertos, desaparecidos, torturados y presos políticos, varias veces mayor que la que dejo Pinochet, según afirma la directora del citado programa, Archivo Cuba.   

Sin embargo, si estuvieron presentes los grupos armados del PRI que posibilitaron, mediante el asesinato de cientos de disidentes, que este partido se eternizara en el poder durante varias décadas. Esto grupos gritaron “presente comandante” en la voz del presidente de México Enrique Peña Nieto. También estuvo la narcoguerrilla de las  FARC representada por sus dirigentes y su nuevo aliado el presidente Juan Manuel Santos. No dejaron de asistir los pistoleros de Puente Llaguno y los “colectivos” armados venezolanos, quienes exclamaron “Hasta la victoria siempre comandante” en la voz de Nicolás Maduro.         

Nota: La persecución a la que fue sometido Trotski por los esbirros de Stalin y los detalles de su posterior asesinato, son narrados en una novela del cubano Leonardo Padura titulada “El hombre que amaba a los perros”. La novela de Padura es excepcional, pues no solo narra en forma magistral los hechos, sino que se introduce en los probables conflictos y dilemas que surgieron en la mente del fundador del ejército rojo en su huida de la ira de Stalin La parte dedicada al asesinato del líder bolchevique, es una novela de suspenso que se alimenta de la experticia de Padura en la escritura de novelas policíacas.

Profesor UCV