Juan Guaidó y la oposición

“No importa lo lento que camines

mientras que no pares”

Confucio

Muchos se preguntan por qué la Casa Blanca no informó, e incluso consultó, previamente a Juan Guaidó sobre su proyectada reunión con el Presidente Nicolás Maduro y su equipo. El primer rumor fue que no le avisaron –al menos el Embajador de Guaidó en Estados Unidos, Carlos Vecchio, ha afirmado que no fue informado-, el segundo y aparentemente el verdadero, es que lo hicieron a última hora, ya los estadounidenses en Caracas incluyendo al Embajador de Estados Unidos en Venezuela, James Story, quien presuntamente debió desplazarse de Bogotá, que es donde tiene su sede actualmente.

La otra cuestión es cuál fue el objetivo del viaje y la reunión, qué buscaba la Casa Blanca, qué discutieron y negociaron. Es asunto que todavía no está del todo claro.

Pero dos asuntos sí quedaron claros.

Uno, que se exigió y acordó la reanudación de las negociaciones en México, que ya fueron formalmente anunciadas por Nicolás Maduro, argumentando que como su régimen está planteando negociaciones entre Rusia y Ucrania, “debemos dar el ejemplo”. O sea, no es que haya dado su brazo a torcer, sino que hay nueves circunstancias, y ante lo nuevo se adapta, responde.

No dejó de recordar Maduro que esas negociaciones habían sido suspendidas por asuntos importantes que surgieron, haciendo sentir que el régimen se vio en la necesidad de retirarse, o sea, la suspensión fue culpa de la oposición. No lo dijo claramente pero lo dio a entender. Aquello de Álex Saab que después resultó en que el colombiano, además de sus delitos, había sido confidente de los estadounidenses, ridículo del régimen.

Es de presumir que en esta nueva oportunidad están por fijar fecha y condiciones, aunque advirtiendo que ni los estadounidenses ni el Presidente Maduro mencionaron a Álex Saab para nada, es de suponer que es clavo pasado y que, si Maduro o alguien de su grupo plantearon algo al respecto, les precisaron claramente que se trata de un asunto en manos de la justicia que en Estados Unidos no depende del Poder Ejecutivo.

El otro asunto es que los estadounidenses exigieron, y consiguieron, liberaciones de compatriotas presos. Qué se dio a cambio no se sabe pero no sería mucho, sólo uno de Citgo y un presunto turista sorprendido con un dron fueron dejados casi de inmediato en libertad. Los demás siguen presos, incluyendo presuntos militares norteamericanos relacionados con el fracasado intento insurreccional contra Maduro, la Operación Gedeón. Se dice.

Otras condiciones y temática deberían ser previstas antes de viajar a México, asunto de Jorge Rodríguez y Nicolás Maduro, y de Juan Guaidó y el gentío que consulta, y Gerardo Blyde.

De Miraflores salieron a la carrera para reunirse con  Gerardo Blyde, entendemos que Juan Guaidó no estuvo presente. O sea, fue una reunión para que la oposición se preparara para la reanudación de las negociaciones en México, quizás el qué y el cuándo.

Pero esos resultados públicos parecen escasos para el secretismo de una comisión que incluía a un asesor personal del Presidente Biden. De todas maneras al comienzo de esta semana la portavoz de la Casa Blanca afirmó que por ahora, de petróleo nada. No aclaró si por decisión de Washington o por la incapacidad actual de PDVSA.

La cuestión del petróleo

Usted, y nosotros, y cualquiera no fanático chavista a quien se le pregunte, sabe que PDVSA está en el piso y que con mucha dificultad, y con ayuda de Irán, produce mas o menos para mandar lo correspondiente a China en pago en cómodas cuotas de la deuda con ese país y algo más para las arcas castromaduristas, un poquito a la Cuba de sus amores para pagar asesorías, orientaciones y supervisores, y el resto para los venezolanos. Y no es mucho.

Es difícil creer que la Casa Blanca no supiese exactamente cuál es la condición de PDVSA, cuántos barriles produce actualmente, cuántos tiene comprometidos, cuáles y cuántos compontes recibe de Irán y cómo los paga; deben saber que la cuota de 600.000 barriles que compra Estados Unidos a Rusia no podrá ser cubierta ni de lejos por PDVSA, y que aparte de los muchos miles de millones de dólares que Venezuela le debe a los chinos, los rusos, petroleras y otros acreedores, alguien –no Venezuela ni PDVSA, que no los tienen- tendrá que invertir otro montón de millones de dólares para que Venezuela –sea con Maduro, sea con Guaidó- y dentro de varios años, pueda regresar a su condición de país petrolero de importancia –eso sin contar, no sabemos si es relevante-  con que el petróleo ruso actual, al cual renunciaría Estados Unidos, es menos pesado que el mejor de PDVSA.

Podríamos imaginar –soñar, podríamos decir- con un plazo de varios años, sanciones suspendidas y puertas abiertas a los gigantes petroleros del mundo en un ambiente cambiado con reforma legal, que como años atrás puedan sacar petróleo por su cuenta y hasta tener sus propias redes de distribución y venta en Venezuela, asociados con PDVSA en las grandes refinerías venezolanas y en un concepto aún mas agresivo de Petroquímica y de distribución de gas. Pero es sólo un sueño.

Durante ese lapso la cuota rusa puede ser cubierta con petróleo estadounidense, canadiense y colombiano, cobertura que podría ir siendo a su vez relevada por el lento crecimiento de la producción de las compañías en Venezuela, parte del sueño anterior.

Con el apoyo en armas, hombres expertos y asesoramiento de Estados Unidos, esa nueva Venezuela podría ir rescatando también el control del llamado “arco minero” junto con empresas expertas en hierro, acero y el amplio espectro de minerales preciosos e industriales de la zona incluyendo rescate de la ecología. Guerra a muerte y sin piedad a los narcoguerrilleros colombianos, silenciamiento de los cómplices civiles y militares venezolanos. También sueño, con mucho por discutir y ajustar, lapso de años como el petrolero.

Entretanto, tiempo para que la Casa Blanca pueda hacer los arreglos posibles en beneficio de Nicolás Maduro y asociados, muy complicado pero no imposible del todo en Estados Unidos, posiblemente Maduro y sus más cercanos estén dispuestos a sacrificar unos cuantos cómplices a cambio de limpiarse ellos mismos o lograr, en lo posible, un retiro discreto y con cuentas sólidas y expurgadas. Para vivir principescamente en Europa no se necesitan miles de millones de dólares, centenares bastan en Suiza, Luxemburgo, Liechtenstein. Mónaco, España, Portugal, Turquía, para sólo citar unos cuantos. O mini países comprensivos en el Caribe.

¡Es la geopolíica, camarada, sin geopolítica no hay economía que valga!

Nos atrevemos a presumir que, más que de economía y petróleo, se trata de geopolítica, de áreas de influencia. Por muchos años, y por acuerdos de potencia con potencia, o sea de Washington con Moscú, se ha tolerado el castrismo en el Caribe a 90 millas de la Florida. Con el Kremlin de garante de que La Habana no va a echar una vaina en territorio estadounidense. Desde el pacto de misiles devueltos a la Unión Soviética a cambio de misiles desmantelados en Turquía, las potencias se pusieron de acuerdo, Fidel Castro se tuvo que tragar la humillación de que nadie pidió su opinión. Se dedicó a intervenir en lugares tan dispares como África central y norte de Suramérica por su cuenta y riesgo pero sin tocarles los collons a Estados Unidos.

En África los cubanos pelearon bien contra los negritos locales pero fueron derrotados por los racistas surafricanos y en Venezuela financiaron a estudiantes universitarios que soñaron con ser guerrilleros heroicos que fueron ametrallados, bombardeados, muertos y presos por el ejército defensor de la democracia y entrenado por Estados Unidos, dejó abandonado a Guevara en Bolivia, y terminó siendo un chulo que vivió del dinero de Moscú hasta que el desplome del imperio soviético lo dejó sin dinero hasta que milagrosamente apareció el ingenuo Chávez al cual abrazó y sedujo, pero esta vez, más experimentado, en vez de sentarse a esperar el dinero venezolano, inventó contratos de asesoría que Chávez creyó necesitar y que Maduro, aparatchik tropical sigue pagando; esta vez los cubanos no invadieron, fueron contratados por el chavismo, el mismo de los babalaos y Sai Baba.

La migración venezolana, y quienes desconfiaban de las promesas incumplidas de Chávez primero, de Maduro después, se entusiasmaron con el parlanchín estadounidense que más habló y menos hizo en profundidad  para acabar con el chavismo, Donald Trump, que creyó resolver el cáncer castromadurista inventando un gobierno paralelo con entusiasmo pero sin poder. Y entonces llegó Joe Biden que, como Putin a Zerensky, Trump despreció.

Biden le ganó la batalla política porque no es un emprendedor, es un político que venía de años de aprendizaje en el Partido Demócrata y ocho años de entrenamiento internacional como Vicepresidente de Barack Obama. Biden cree en zonas de influencia y con ese concepto de estrategia deja a China lejana y vigila a Putin. Con ese entrenamiento quiere sacar a Putin de Latinoamérica y termina seleccionando a una Venezuela aislada en la cual todo el mundo se fija.

Si Biden y su equipo logran poner a Venezuela bajo el manto estadounidense, Petro poco podrá hacer en Colombia –si finalmente gana, que ya es otra cosa-, nada está pasando en Ecuador, Castillo no sabe qué hacer en Perú pero una revolución no la está haciendo, Boric tiene un mundo de problemas que resolver en un Chile cargado de frustraciones y se enredará en soluciones legislativas para un país acosado por una situación económica complicada, entre una población decepcionada y terremotos. Los argentinos están sumergidos entre creer que son una gran potencia y una lideresa enredada entre problemas judiciales y un Presidente poco original, Paraguay y Uruguay son pequeños y concentrados en sí mismos, Brasil tendrá que decidir entre las torpezas y limitaciones del militar retirado Bolsonaro y un Lula Da Silva que posiblemente reconquiste el poder pero sin un Foro de Sao Paulo que lo fortalezca en la izquierda, Centroamérica tiene poco que decir y la tiranía de Daniel Ortega se está asfixiando entre abusos descarados, México vive en el sopor mañanero de un López Obrador que no ha podido con el poder de la droga y menos puede hacer frente al peso del vecino mayor.

Pensamos que para Joe Biden la invasión de Putin a Ucrania, en la cual el exKGB se ha empastelado, ha sido bendición divina. Putin decidió sin darse cuenta de lo que decidía convertirse en el villano del mundo con una guerra que en vez de ser un paseo victorioso ha resultado ser una engorrosa y costosísima guerra que ganará perdiéndolo todo, y hasta la cabeza y el puesto puede perder tras lograr lo que no quería, una OTAN más poderosa y en crecimiento, una OTAN armándose como nunca encabezada por una Alemania decidida a ser de nuevo potencia militar.

Venezuela no es cuestión de petróleo –por ahora- para Joe Biden, es asunto de geopolítica. Necesita, quiere, a una Venezuela integrada a Estados Unidos. Biden esgrime las sanciones para hacer imaginar a Nicolás Maduro una llegada triunfal a un 2024 electoral con un país aliviado en sus problemas. Si se retirará apaciblemente, o competirá con Juan Guaidó u otro por la Presidencia 2024-2030, es asunto por verse. Pero será en una Venezuela hablando inglés y con más petróleo. Y ya se verá qué se hace con un Díaz-Canel sin respaldo popular y sin dinero.

16 de marzo 2022

Crónicas burguesas