La naturaleza del régimen de Maduro

El triunfo electoral de las fuerzas democráticas en Barinas a comienzos de año ha subido los ánimos en torno a las perspectivas de desalojar la nefasta dictadura de Maduro. Ello estaría sujeto, por supuesto, a muchos condicionantes, sobre todo con relación a la disposición de la oposición para forjar una unidad efectiva y verosímil, apoyada en lineamientos programáticos consensuados y en un trabajo político que interprete a la gran mayoría de venezolanos que anhelan el cambio y la movilice en torno a las tareas que lo hagan posible. En un ambiente de tanta penuria como el de Venezuela, tan propenso a la desesperación y la resignación (ahora más por la pandemia), estimular las expectativas de cambio cobra importancia. Dicho esto, es menester alertar acerca de las ilusiones de que estamos frente a un Maduro más indulgente, abierto a liberalizar la economía y a entenderse con la oposición en pro del bien nacional. ¿Lo que sucedió en Barinas, indica que está dispuesto a permitir mayores libertades y a facilitar el juego democrático? Ayuda poner esta interrogante en perspectiva.

Venezuela ha estado sometido a la administración de quienes, en espacio de ocho años, convirtieron a uno de los países de mayor ingreso por habitante de América Latina, sólo detrás de Chile, en el más pobre, rivalizando con Haití. En ese lapso, fueron asesinados unos 300 ciudadanos mientras ejercían su derecho a la protesta; muchos fueron encarcelados por sus posiciones políticas, algunos torturados y hasta muertos bajo custodia policial; demasiados venezolanos han sido sometidos a niveles de miseria y desnutrición severa, muriendo algunos, como es el triste caso de la profesora merideña, Ysbelia Coromoto Hernández; los servicios públicos han colapsado, causando estragos a la población, incluyendo la educación y la salud; cerca de seis millones de compatriotas han migrado en busca de subsistencia o de una mejor calidad de vida; y pare usted de contar. Pero el principal responsable de tan terrible destrucción, por mucho el peor presidente que ha tenido el país, no sólo no expresa remordimiento alguno, fue capaz de armar la farsa electoral de 2018 que simuló su reelección, a pesar del rechazo mayoritario de la población. ¡Y ahora amenaza con repetir semejante burla en 2024!

Lo que sería un claro sinsentido si funcionasen las instituciones y la población ejerciera libremente su voluntad de elegir a sus gobernantes, se salió con la suya en Venezuela. ¿Cómo se explica semejante abominación? ¿Qué implicaciones tiene para la lucha por la democracia? Sabemos que las instituciones que debían impedir que ello ocurriese fueron desmanteladas y que el régimen se sostiene apelando a la violencia o a la amenaza de aplicarla. Pero tal constatación sólo remite la respuesta un paso más atrás. ¿Cómo es que la institución que, por diseño constitucional, monopoliza los medios de violencia, la fuerza armada nacional, no responda con mínimo sentido de justicia y sustrae su apoyo a tan monstruosa camarilla, obligándola a respetar la voluntad popular y abandonar el poder? Esta inquietud ha sido objeto de innumerables libros y artículos y sería absurdo pretender reproducir aquí sus argumentos. Pero tiene pertinencia referirse a lo ideológico que, junto a la corrupción, han mostrado ser claves para la insólita permanencia del régimen de Maduro.

Al hablar de ideología nos referimos a la construcción de una perspectiva política y de vida sesgada, internamente consistente, con base en símbolos que suelen prestarse a contraposiciones maniqueas, con fines políticos. Se expresa en el “nosotros”, los buenos, enfrentados a “ellos” (los otros), los malos, porque amenazan “nuestra” situación o “nuestro” futuro. Apela a resentimientos y a prejuicios sustentados en la ignorancia, que estimulan una identificación emocional, afectiva, con una causa, hábilmente aprovechada por líderes carismáticos, como Chávez. Con su lenguaje irreverente, supo proyectarse como el “outsider” incontaminado capaz de erigirse en campeón de un Pueblo (mayúscula) oprimido por una oligarquía que había traicionado el legado de Bolívar: hoy, los partidos AD y COPEI. Chávez era ese Pueblo. Con símbolos patrioteros invocó la epopeya independentista, tocando fibras hastiadas por el deterioro económico de los años ’80, la incapacidad percibida de los gobiernos por responder a las demandas de mejora y el azuzamiento interesado de factores de poder que veían perder sus privilegios ante el cambio estratégico instrumentado por el Gran Viraje de CAP II. Pregonaba reproducir ese espíritu épico, bajo su conducción visionaria, para rescatar al país. La prédica chavista se adornó, así, con imágenes de la lucha emancipadora y alegorías a sus batallas más famosas. La represión del llamado Caracazo inflamó aún más este llamado. Con prácticas populistas, lanzó las redes de una ideología patriotera, maniquea y militarista, que regresaron con abundante pesca de adeptos, base para legitimar el desmantelamiento del Estado de Derecho en nombre de una “revolución” redentora, pero de naturaleza neofascista. Su prédica agradó a muchos militares y Chávez los hizo sentir protagonistas del proceso como supuestos herederos del Ejército Libertador. Se rebautizaba a la FAN como “Bolivariana” (FANB). Los mimó y les entregó proyectos y cargos sin control ni supervisión, que fueron convirtiéndose en vetas para todo tipo de enriquecimiento.

Pero Chávez mudó pronto sus referencias ideológicas a aquellas inspiradas en la mitología comunista, bajo la tutela de Fidel Castro. Eran los tiempos del primer referendo revocatorio, que amenazaba con sacarlo del poder si no le daba “sustancia” a su retórica grandilocuente. Aparecieron las misiones y la muletilla de George Bush hijo para proyectar un antiimperialismo atrayente. Este giro permitió, además, cosechar solidaridades automáticas con movimientos autoproclamados de izquierda a nivel mundial.  Quizás no haya gustado a aquellos militares que recordaban el rol del ejército en la supresión de la guerrilla castrista de los años ’60, pero siempre que no afectasen sus oportunidades de “negocio” y su posición privilegiada, pasaba. Por si acaso, Chávez fue reemplazando a los disidentes con adeptos suyos en los mandos de la FAN. Complementó esta purga con labores de contrainteligencia militar, bajo tutelaje cubano. Pero los intentos por ideologizar a la FAN no llegaron muy lejos. Aun así, mientras la bonanza petrolera financiase generosos programas sociales, la retórica comunistoide cosechaba apoyo popular: un “socialismo” de reparto que ocultaba la destrucción del país.

Con Maduro y la caída de los precios del petróleo, los clichés repetitivos dejaron de ser útiles para disputar las simpatías populares con el liderazgo opositor. La ideología pasó a cumplir otra función, que fue alimentar un espíritu de secta de sus menguantes partidarios, para que cerraran filas en torno suyo. Se convirtió en una burbuja dentro del cual refugiarse, ajeno a toda increpación del mundo externo. La contienda política dejó de ser tal –con el “enemigo” no hay trato-- para dirimirse por vía de la represión despiadada y el cercenamiento de las posibilidades democráticas de cambio. Los militares con mayor vocación de esbirros fueron “justificados” en sus desmanes por “revolucionarios” y premiados con altos cargos. La ideología pasó a absolver el atropello al ordenamiento constitucional. “Inmunizó” al mando chavomadurista de los crímenes cometidos contra los venezolanos, endureció su virulencia y, con ello, su resiliencia ante variados intentos –constitucionales o no—por desalojarlo.

Los cambios que Maduro se ha visto obligado a instrumentar últimamente, ¿modifican este cuadro? Está por verse. Los posibles avances en la negociación entre el oficialismo y la oposición en México –suponiendo que se reanudarán—podrán dar la pauta. No obstante, los elementos reseñados y las caras enseñanzas de anteriores iniciativas por acordar salidas democráticas aconsejan cautela. Sólo con la superación de las divisiones y del “pescueceo” entre dirigentes y agrupaciones opositoras, y la acumulación de fuerzas a través del trabajo con la población, jugando cuadro cerrado con los países democráticos que nos apoyan, podrá forzarse a personeros oficialistas a entrar en razón.