Lo que debe hacer Lula

La victoria del ex presidente brasileño Luiz Inácio Lula da Silva sobre el actual mandatario Jair Bolsonaro envía un fuerte mensaje al resto del mundo. Si bien ganó por un margen estrecho, Lula, como se lo conoce, triunfó al conformar una amplia coalición democrática que va de la extrema izquierda a la centroderecha.

Frente a un país profundamente dividido, el presidente electo ahora está marcando el tono para el mandato de cuatro años que comenzará en enero de 2023. En su discurso tras la victoria, prometió establecer un gobierno civil, inclusivo, conciliatorio y verde. Y al hacer un llamado a la cicatrización de las heridas y a la solidaridad, ofreció un marcado contraste con la retórica divisiva de su antecesor.

A no confundirse: Lula enfrentará tremendos vientos de frente cuando gobierne la cuarta democracia más grande del mundo. Si bien sus convicciones quedaron relegadas, a muchos brasileños los enfurece que un hombre antes implicado en escándalos de corrupción regrese a la presidencia. Lula también tendrá que lidiar con un bloque importante de legisladores de extrema derecha, desafíos económicos titánicos y una guerra cultural latente desatada por Bolsonaro y sus seguidores militantes.

Aun así, Lula tiene la oportunidad de ser un presidente transformacional y de maneras que excederán lo que logró durante su primera presidencia, inmensamente popular, de 2003 a 2010. Necesitará ofrecer un proyecto que tenga como pilares cuatro prioridades esenciales.

Para empezar, Lula debe posicionar a Brasil como una superpotencia verde y un líder global en la transición hacia una economía neutra en carbono. Al albergar más del 60% de los bosques tropicales del mundo, 20% de sus reservas de agua dulce y al menos 10% de la biodiversidad del planeta, Brasil está particularmente en condiciones de asumir un rol de liderazgo ambiental.

Sin embargo, tanto el sector público como el privado tendrán que abandonar las prácticas habituales y aprovechar las oportunidades que ofrecen las economías (creativas) verdes y naranjas a nivel global. Eso implica respaldar políticas que alineen los mercados agrícola, ganadero, farmacéutico y de materias primas con los objetivos de conservación. e invertir en las tecnologías y capacidades necesarias para sustentar la bioeconomía, la biotecnología y los servicios y regeneración medioambientales. Si lleva a la práctica los incentivos correctos, Brasil es capaz de construir una red de energía 100% renovable y un sistema de producción de alimentos sostenible.

Igual de importante es que se ponga fin a la deforestación, especialmente en el Amazonas, donde el 94% de esas actividades se producen de manera ilegal. El gobierno de Lula tendrá que desbaratar las complejas economías y cadenas de suministro ilícitas que han venido alimentando esta destrucción. Es esencial que se implementen protecciones de los bosques, que se empodere a las autoridades ambientales y a los grupos indígenas, que se fortalezca el estado de derecho y que se garantice que las empresas ofrezcan una trazabilidad y una transparencia total en sus cadenas de suministro. Brasil también puede y debe mejorar la iniciativa empresarial multilateral en el Sur Global, promoviendo inclusive arcos de restauración y alianzas para proteger los bosques tropicales en el Amazonas, los Grandes Lagos de África y el sudeste asiático.

Segundo, Lula debe promover la reconciliación y la convivencia fronteras adentro. Como observó en su discurso tras la victoria electoral, la polarización política ha exacerbado el riesgo de violencia. El nuevo gobierno tendrá que fomentar alianzas más estrechas con la sociedad civil y las principales plataformas digitales para poner coto a la desinformación y salvaguardar los derechos cívicos y digitales.

Las divisiones de Brasil se amplifican constantemente en las redes sociales y los servicios de mensajería. Pero existen soluciones a las que se puede recurrir. El Tribunal Electoral Superior de Brasil desempeñó un rol crítico durante la elección de 2022 al trabajar con ocho plataformas líderes de redes sociales, agencias de verificación de datos y organizaciones de la sociedad civil para detectar e interrumpir la desinformación. Pero eliminar de las plataformas a los actores antidemocráticos y moderar los daños digitales no es suficiente. Brasil debería aprender las lecciones de otros países que han reducido la polarización online y offline.

Por ejemplo, se ha demostrado que alentar el “contacto entre grupos”, como por ejemplo a través de asambleas de ciudadanos, reduce los prejuicios entre los electores, al igual que generar proyectos en torno de “objetivos superiores” (como el esfuerzo de convertir a Brasil en una superpotencia verde). Más allá de eso, los líderes brasileños tendrán que fomentar una cultura política en la que los ciudadanos se centren más en las políticas que en las personalidades -por ejemplo, permitiendo más consultas abiertas y procesos de toma de decisiones participativos.

Tercero, Lula debería procurar revitalizar las iniciativas globales para afrontar la pobreza, la desigualdad y la inseguridad alimentaria. Como consecuencia de la pandemia del COVID-19 y de la guerra de Rusia contra Ucrania, los esfuerzos de desarrollo sostenible de muchos países de bajos y medianos ingresos han sufrido enormes retrocesos. Y como las condiciones financieras y monetarias a nivel global se han endurecido, muchos países se han apresurado a castigar las crisis de deuda, lo que afectará con más fuerza a las comunidades más vulnerables.

En el gobierno de Lula, Brasil debería propugnar una agenda global para promover no sólo los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas sino también una “cooperación Sur-Sur” más estrecha para que los beneficios materiales les lleguen a los más pobres del mundo. Brasil tiene una tradición diplomática venerable de respaldar la cooperación global a través de instituciones multilaterales y otros foros destinados a servir los intereses de los países en desarrollo. En un mundo fragmentado y dividido, su capacidad de forjar consenso y fomentar alianzas será más importante que nunca.

Por último, Lula debería apalancar la credibilidad internacional de Brasil para incitar a una acción multilateral contra los nuevos riesgos globales. Hace falta liderazgo político y diplomático para reforzar las normas frágiles que prohíben las armas de destrucción masiva, para reducir los daños asociados con las nuevas tecnologías y para movilizar inversiones en esfuerzos de mitigación y adaptación vinculados con el clima -especialmente en los países que van a incurrir en los mayores costos del calentamiento global a pesar de no ser sus principales artífices.

Si bien el nuevo gobierno de Brasil debe hacer frente a sus desafíos domésticos, puede y debería encabezar la lucha contra estos riesgos globales sistémicos e interconectados. El mundo necesita la voz de Brasil, lo que significa que Brasil ahora tiene que surgir de las sombras de los últimos cuatro años.

15 de noviembre 2022

Project Syndicate

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