Los premios Oscar y la enajenación

El profundo cambio social, político y cultural del siglo XX, es obra en estimable medida de Hollywood: la propagación de la libertad y la democracia, la modernización vertiginosa de las pautas productivas, culturales, de consumo y vida, la revolución científica e ideática. Una sacudida mayor a todo lo hecho por el hombre en 40 mil años anteriores. Tal vez sea por eso, sin tenerlo muy claro, que los premios Oscar ocupan la atención en todas las latitudes. El cine, además de difusor masivo de cultura, es un entretenimiento popular, barato; los cines se llamaban nikelodios porque la entrada valía un níquel, salas que abarrotaban los pobres en EEUU y tantos países, particularmente en aquél los trabajadores emigrantes. Se desarrolló una de las tres grandes industrias del mundo contemporáneo. En las lejanas décadas de los treinta, cuarenta, cincuenta, incontables millones de tercermundistas conocieron automóviles, antibióticos, detergentes y champú, gracias al cine, la radio y la televisión. Supieron de la vida moderna.

Más recientemente los estudios de California hicieron que De Niro y Zellweger aumentaran treinta kilos, para sorpresa del mundo. También tornaron a Dustin Hoffman en Tootsi (Pollack: 1982), a Robin Williams en la señora Doubtfire (Columbus:1993) y a Nicole Kidman en Virginia Woolf (Las horas: Daldry, 2003) La perfecta Charlize Theron se metamofosea en la horrenda asesina Aileen Wuornos (Monstruo: Patty Jenkins, 2003); a Cate Blanchett en Bob Dylan (No estoy allí: Haynes, 2007), a Travolta en la obesa Edna Turnblad (Hairspray: Shankman, 2007), Ralph Finnes en Voldemort (Harry Potter:2011) son detalles maravillosos. Hollywood se forjó en una épica de acero, una nueva conquista del Oeste. El gran inventor Thomas Alba Edison doblega a los competidores y crea con ellos en la Costa Este un todopoderoso oligopolio de los recursos para hacer cine: cámaras, revelados y celuloide, patente que compró al fundador de Kodak. Los intentos de producir películas fuera de su control en la época del cine mudo, terminaban a tiros.
Al comienzo, el dominio de la industria lo tenían estudios europeos, concretamente franceses, Pathé, Gaumont y otros. Después de la Primera Guerra, la hegemonía pasó a Estados Unidos, aunque florecieron el expresionismo alemán, el surrealismo y Sergei Eisenstein. Siempre huyendo de la persecución de Edison, Samuel Goldwyn y Cecil B. DeMille hacían una película en Nueva Jersey, y ante la arremetida de los esbirros, huyen de su larga mano a Arizona. Luego siguieron a Los Ángeles, cerca de México por si había que correr. Los acompañaron grupos inmigrantes, la mayoría de origen judío, que intuían la nueva fiebre del oro californiana, ahora fiebre de celuloide. Darryl F. Zanuck, Samuel Bronston, Goldwyn, DeMille, los hermanos Warner, crearon UniversalParamount20th Century FoxMetro-Goldwyn-Mayer. Luego en rebelión de los actores contra el star sistem, Chaplin, Pola Negri y otros fundaran United Artist, su propia productora para defenderse de las grandes empresas.
El gran cine de masas producido (o distribuido) por Hollywood, fue centro de los terremotos en la cultura; dio origen a la revolución sexual que liberó a las mujeres. La primera mujer que aparece desnuda en pantalla fue Hedy Lamarr en 1934 (Éxtasis de Gustav Machaty) pero la que alcanzó auditorios masivos fue Bardot en Dios creó a la mujer (Vadim: 1956) El primer orgasmo femenino aparece con Jane Fonda en Barbarella (Vadim: 1968) La primera relación sexual auténtica en cámara, Donald Sutherland y Julie Christie (Amenaza en la sombra. Roeg: 1973) Una angustiosa relación en la cama entre el parapléjico John Voight y Fonda (Regreso sin gloria (Ashby: 1978). Las inquietantes escenas eróticas con close up en los rostros maravillosos de Juliette Binoche y Lena Olin (La insoportable levedad del ser: Kaufman: 1988) y de Naomi Watts y Laura Elena Harring en Mulholland Drive (Lynch: 2001) El rudo enamoramiento entre dos vaqueros (Secreto de la montaña: Lee, 2006).

El primer beso entre un negro y una blanca, Wesley Snipes y Natassja Kinsky (Después de una noche. Figgis: 1997) son auténticos volcanes en la cultura universal ya que si en otras partes plantearon esos temas (Bergman, Antonioni, De Sica, Machaty) no tenían la potencia para llegar a las grandes masas. El pensamiento anacrónico ha tenido y tiene el cine masivo como enemigo predilecto, junto a la televisión y ahora las redes sociales, precisamente porque conoce su enorme fuerza revolucionaria. La yunta cine-TV es una de las potencias subversivas más poderosas del siglo XX. Devela la corrupción policial (Asuntos internos: Figgis, 1990) y el racismo en EEUU (Mississippi en llamas: Hambling, 1988), (Fantasmas del Mississippi: Reiner, 1996); la guerra de Vietnam (Apocalipsis Now: Coppola, 1979), (El cazador de venados: Cimino:1978), (Pelotón: Stone,1986); la negación y la lucha de los homosexuales (Milk: Gus Van Sant, 2009) A veces sus visiones son ingenuas y suele concebir en la revolución tecnológica un “peligro” para el hombre, desde Tiempos modernos de Chaplin y Soylent Green (Fleischer: 1973) hasta la gran Matrix (Wachonsky: 1999-2003), pasando por 2001 Odisea del Espacio (Kubrick: 1968) y Terminator (Cameron:1984-2009). Hollywood produjo el terremoto cultural.
 

@carlosraulher