Nacieron para desentonar

 Si los filósofos y enciclopedistas fundaron un todo compacto, sin el cual no habría sido posible el descomunal esfuerzo de tomar la gran fortaleza de la Bastilla, quizá tampoco habrían sido decapitados reyes y príncipes de la monarquía ni se hablaría de ese extraordinario acontecimiento histórico-social que fue la Revolución Francesa. Aunque tal revolución goza de un merecido prestigio por su enorme impacto en el orden cultural y de las ideas, no puede admitirse que sus crudos excesos deban ser absueltos por sus grandes aciertos.

Con errores tan cruentos y aciertos más imaginarios que verdaderos, muchas otras revoluciones son tenidas hoy con toda razón como modelos extremadamente bárbaros y salvajes, pese a que durante largo tiempo se mostraban al mundo cual ejemplos vivos de la más alta expresión civilizada, dejando atrás las que han preservado esencialmente su profundo significado científico y humanista.

Afortunadamente la opinión mundial ha ido virando hacia la objetividad crítica, y arrancando de las pezuñas del dogma y de las tinieblas extremistas tanta basura revolucionaria a la que vemos perder diariamente inmerecidos galardones.

El caso es que, primero con lenta parsimonia, y ahora abriéndose paso allí, donde los maximalistas nacidos para desentonar tratan de bloquear aperturas y de descalificarlas, invocando gracias de leyendas y dogmas revolucionarios como si el oscuro pasado fuera inmodificable, y como si las más notorias de aquellas gracias no hubieran podido sobrevivir sino como sorprendentes desgracias.

Pero, volvamos a la peligrosa situación que envuelve a nuestra amada Venezuela, a la que se pretende convencer de que vive también su propia revolución. Para aprovecharse de algún modo del maximalismo socialista, cuando menos de las posiciones y votos que les corresponden como miembros de la comunidad internacional, pretendieron consagrar para Venezuela esa condición, como si semejante cementerio ideológico conservara vestigios de la notoriedad que alguna vez ostentó, pero que en gran medida también ha perdido. No obstante, en principio solo muy pocas naciones estarían dispuestas a enredarse en estrechas luchas ideológicas que dan para todo.

Los que creyeron encontrar un tesoro de posibilidades escarbando en tales arenas fueron en general los paramilitares colombianos, incluidos los seguidores de la familia Castaño, el ELN y las FARC que, después de haber sido la primera de las insurgencias, se atomizó en tres o cuatro pedazos y hoy vuelve a la carga aprovechando –me atrevo a creer– la audacia combatiente de Hugo Chávez, dispuesto a ganar la simpatía de los irregulares dondequiera se ubicaran.

No era menester ser un mago de la política para comprender que aquello terminaría muy mal. Y, en efecto, humildes soldados venezolanos fueron secuestrados y desarmados por un fragmento de las FARC que desde hace tiempo ha sabido sacarle provecho a las proclamas de Chávez.

Combates entre las FANB de Venezuela y la antigua organización dirigida por Marulanda, quien llegó a disponer de más de 20.000 hombres perfectamente organizados, armados y desplegados, pues sus miras llegaron a ser ni más ni menos que la toma del poder, tal como ocurriera en Cuba con Fidel y en Nicaragua sandinista con Daniel Ortega. Obviamente carecen de la fuerza y el prestigio que alguna vez tuvieron, pero su vocación los tiene sentados en el mando, así sea para que los dejen quietos.

El proceso interno del chavismo y madurismo, en paralelo con la influencia del paramilitarismo vecino, han puesto a pensar con mucha seriedad en lo que pasa y puede seguir pasando, tanto en Miraflores como en los mandos militares bolivarianos y en el PSUV. La cúpula madurista está insinuando aperturas que sería necio desestimar. Las señales de la otra parte deben ser escuchadas y respondidas con buenas señales. Por elemental ley de la vida, si todos sabemos que la tragedia del país nos daña por igual a unos y otros, sería desquiciado desaprovechar tal momento y en lugar de intercambiar razones útiles arrojarse insultos y malsanos epítetos inútiles.

El acuerdo postulado por Guaidó está ornado de trascendencia, al punto de recibir el nombre ilustre de Acuerdo para la Salvación Nacional.

El hecho es que las posiciones ya se han movido y se dice que nuevos contactos se han producido, y eso no puede sernos indiferente. Dos connotados y competentes opositores, de los cinco integrantes del Consejo Nacional Electoral, forman parte de la directiva comicial, el reconocido técnico Roberto Picón y el experimentado analista político Enrique Márquez.

Juan Guaidó ha dado un muy importante paso al proponer una negociación entre la oposición, el gobierno de Maduro y la poderosa y generosa comunidad internacional, inclinada como el que más a la salida electoral, libre, transparente y viable.

Por lo que me han hecho saber, a Maduro le preocupan las sanciones. Guaidó relaciona elecciones y sanciones. La negociación garantiza esas elecciones y, también, el levantamiento de todas las sanciones.

Me asegura otro buen amigo que Maduro teme perder y quizá crea que sus adversarios nunca cumplirán sus promesas. Olvida que el arma electoral es de dos filos, como La Tizona del Cid Campeador. Se gana, se pierde. La costumbre electoral estabiliza los cambios y las permanencias, de modo que a largo plazo ganan todos.

Twitter: @AmericoMartin