Rusia: el retorno del totalitarismo

Imposible hablar de totalitarismo sin referirnos a la clásica obra de Hannah Arendt The Origins of Totalitarism. En alemán: Elemente und Ürsprunge totaler Herrchaft (elementos y orígenes de la dominación total) El título alemán es más largo pero más preciso, pues Arendt va mucho más allá de la indagación sobre los orígenes históricos del fenómeno totalitario.

Sin caer en tipologías de estilo weberiano, Arendt ofrece una caracterización conceptual muy necesaria para quienes no vacilan en endilgar el concepto de totalitarismo a cualquiera dictadura o autocracia de las muchas que aparecen y seguirán apareciendo en este desdichado mundo. Fue por eso que para diferenciar, propusimos en otro texto una escala provisoria que comienza por un gobierno autoritario, sigue por una autocracia, continúa por una dictadura militar y culmina en el totalitarismo.

El totalitarismo podría ser visto como la forma más alta (o la más baja, depende desde donde miremos) de los sistemas de dominación política no democráticos. Desde un punto de vista evolutivo, el totalitarismo como forma de dominación existe en estado germinal en todo gobierno no, o anti-democrático. No obstante, sin intentar aquí naturalizar a la historia, podríamos asegurar que la existencia de una semilla no garantiza su transformación en árbol. Para que la semilla alcance la forma de un árbol concurren varios factores (clima, altura, temperatura, agua, entre otros) Y bien, a estudiar estos factores constitutivos dedica Arendt su atención. No ahondando el tema –estoy escribiendo un artículo de opinión, no un ensayo- me referiré a algunos que parecen ser decisivos para indagar sobre algo que estoy intuyendo desde hace algún tiempo, antes aún de que Putin comenzara a cometer sus pavorosos crímenes en Ucrania.

En la tercera parte del libro titulada Totale Herschaft (dominación total), anuncia Arendt que uno de los antecedentes de todo totalitarismo reside en la desintegración de la sociedad de clases (p. 502). O lo que es parecido: en el surgimiento de la sociedad de masas. Invirtiendo la línea marxista, Arendt logra convencernos de que la desaparición de las estructuras clasistas no lleva a un orden social superior sino a su descomposición (anomia la llamaría Durkheim). El ascenso de masas desclasadas en su forma de masa o chusma conduce a la disociación social y en el curso de ese proceso, a la negación de la sociedad como tal.

Pero esos son solo los orígenes del fenómeno. No el fenómeno en sí.

Observando la historia de Rusia después del fin del comunismo, la desintegración de la sociedad de clases no tuvo lugar como generalmente se piensa, bajo Gorbachov, sino bajo Yeltsin.

Gorbachov era hombre de aparatos, un disidente interno pero a la vez un miembro de la Nomenclatura. Yeltsin también. Pero Jeltsin, por lo menos en los comienzos de su mandato, decidió romper con el aparato partidario- dictatorial. Bajo su gobierno terminaría de derrumbarse la clase dominante o Nomenclatura pero, y esto fue lo que aterró al joven Putin, sin que surgiera una nueva clase que la sustituyera en el poder.

Desde el punto de vista politológico podríamos definir a Yeltsin como un gobernante populista. Después de su decidida oposición al golpe de 1991, superó en popularidad a Gorbachov. Pero como buen populista, llegado al poder como un producto del desorden, produjo más desorden todavía. Emmanuel Carrère nos dice incluso, en su políticamente muy importante novela, Limonov, que el único periodo de felicidad que ha conocido Rusia en su historia fue bajo Yeltsin.

Sin embargo, el exceso de libertades, en un país que no estaba preparado para institucionalizarlas, debía derivar en un inevitable caos. Para quienes habían sido educados en la rígida disciplina comunista, el de Yeltsin era un gobierno anárquico. Para la extrema derecha comunista, para los sacerdotes de la conservadora ortodoxia cristiana y sobre todo, para las multitudes de funcionarios que quedaron sin trabajo después del derrumbe de la Nomenclatura (entre miles, Putin) el gobierno de Yeltsin era, en las palabras de Putin, el resultado de “una catástrofe de la historia”. Pero para los estudiantes libertarios, para los periodistas independientes, para la inmensa mayoría de los intelectuales y artistas, para gays y lesbis, en fin, para los amantes de la alegría y de la libertad, los primeros meses del gobierno Yeltsin fueron una verdadera primavera.

Frente al desorden generalizado que siguió al derrumbe de la sociedad de clases, no solo los representantes del antiguo régimen, la mayoría de los rusos que profesaban tradiciones autoritarias, comenzarían a clamar por una mano dura. Rusia, para decirlo en los términos de Hannah Arendt otra vez, vivía en ese momento una típica “crisis de autoridad”. El mismo Yeltsin, tal vez asustado de su propia obra, tuvo la mala idea de reclutar a un agente secreto para que pusiera algo de orden en el corral. Con las matanzas ordenadas en contra de los rebeldes musulmanes de Chechenia, comenzaría la carrera vertiginosa del joven Putin.

Aunque todo esto es historia conocida, hay sin embargo una pregunta que la historiografía deberá alguna vez responder. ¿Tenía ya en su cabeza Putin un proyecto de dominación totalitaria o este apareció como producto de las circunstancias? Difícil saberlo. Pero quizás lo uno no excluye a lo otro. Putin ha sido siempre autoritario y, evidentemente, quería terminar con el desorden. Como ex agente secreto maneja la lógica instrumental. De acuerdo a esa lógica, primero hay que trazar un objetivo y después generar los medios para cumplirlo. Y Putin tenía un objetivo: reconstruir a la Rusia imperial. Ahora, para cumplir ese objetivo era necesario aplicar la violencia en diversas zonas del antiguo imperio soviético. Las guerras a Chechenia fueron solo las más conocidas por ser las más cruentas, entre otras libradas en la periferia rusa. Y precisamente aquí nos encontramos con otra característica de la dominación totalitaria, según Hanna Ahrendt: la fusión entre el poder y la violencia y la producción del terror (p.550). O en otros términos, la transformación del poder-violencia (Gewalt) en poder-terror.

En una primera fase la violencia fue externa. Pero muy pronto llegaría a ser también interna. Comenzó con en el acallamiento de voces disidentes. Los asesinatos cometidos en contra de adversarios ya suman decenas. Navalny es solo un símbolo representativo. Cualquiera manifestación en contra del régimen ha sido violentamente suprimida. Contrasta con la libertad que los rusos gozaban aparentemente en otras esferas ajenas a la política.

A diferencias de Stalin, pero no de Hitler, Putin permitía la libertad económica siempre y cuando los empresarios no se inmiscuyeran en política. La política era patrimonio del estado y de su máximo líder. Fue así como manteniendo los rituales de una democracia formal, Putin logró la monopolización de un poder político, sustentado en cuatro pilares: el militar, el policial, una oligarquía mafiosa y para-estatal, y los servicios secretos, dirigidos por el mismodictador. Putin llegaría a ser Stalin y Beria a la vez.

Los fundamentos del poder totalitario ya estaban consolidados antes de que Putin diera inicio a la guerra contra Occidente, comenzando por Ucrania. La que pasará a la historia como la tercera guerra mundial, solo convertiría en manifiesta una realidad ya implícita.

Rusia está en vías de configurarse como el tercer estado totalitario de la modernidad. Punto por punto los elementos del estado totalitario señalados por Hannah Arendt han sido cumplidos: La alianza entre las masas y la elite de poder ya está formada. El proceso continuó con la creación de un partido -estado, Rusia Unida, sustituto del antiguo partido comunista, pero sin comité central ni buró político. El control interno de la sociedad fue llevado a cabo por organizaciones de espías, tanto al interior como al exterior del estado. La primacía de la violencia y no de la política, es de sobra conocida. Quien levante la voz en contra de Putin, caerá en prisión (por lo menos 15 años, según informa Nina L. Jruschov en un reciente artículo titulado Los orígenes del totalitarismo en Rusia). Y si es peligroso, será asesinado. Si a ello agregamos la eliminación de cualquier atisbo de prensa libre y la implantación de una ideología única, ya tenemos configurado el cuadro totalitario arendtiano en todas sus formas.

¿Ideología Única? Preguntará más de alguien con cierto asombro. ¿Acaso hay una ideología putinista como fue el nacionalismo para Hitler o el marxismo-leninismo para Stalin? Efectivamente, la hay. Pero bajo una forma más refinada. Esa ideología única es nada menos que el cristianismo ortodoxo, redescubierto por Putin como medio de dominación ideológica. Para decirlo en síntesis: de la misma manera como Stalin castró al marxismo de su procedencia europea occidental (Marx pertenece a la tradición hegeliana, no hay que olvidarlo) para convertirlo en un conjunto de manuales doctrinarios cuyo custodio era la Academia de Ciencia de la URSS, Putin ha castrado a la Iglesia Ortodoxa de su espiritualidad, convirtiéndola en un aparato de propaganda al servicio del estado. Si Stalin convirtió a una ideología en una religión, Putin ha convertido a una religión en una ideología. Las ventajas adicionales de esta segunda operación son evidentes.

El cristianismo ortodoxo forma parte de la “Rusia profunda”, sobre todo de la agraria. Como toda religión, el cristianismo ortodoxo busca controlar las almas de los creyentes. Pero para controlar las almas es preciso controlar los cuerpos, y como los cuerpos son sexuales, hay que controlar la sexualidad: la parte más íntima de cada ser humano, si seguimos a Foucault. Por ejemplo, la intensa persecución a los homosexuales practicada por el régimen ha operado bajo bendición eclesiástica.

Como destacó Arendt, el totalitarismo es consumado cuando se apodera de la intimidad de las personas (p.549). En Rusia la Iglesia y sus implacables confesores tienen acceso a los secretos de la intimidad de cada individuo y de cada familia. Hay espías con sotana, incluso en los bizantinos confesorios. En la violación de la intimidad, incluyendo la sexual, Putin ha logrado sobrepasar a Hitler y a Stalin.

Los ideales patriarcales que proclama Putin no son diferentes a los de los patriarcas religiosos. No extrañe entonces que la marca de fábrica de la ortodoxia rusa, su extrema animosidad en contra de Occidente, la ha hecho Putin suya. Es sabido que para el fanático patriarca Kirill, la guerra de Putin en contra de la occidentalizada (en el lenguaje de Putin, facistizada) Ucrania, adquiere la forma de una cruzada. Putin ha convertido a la iglesia ortodoxa de su país en un aparato de propaganda del régimen. A diferencia de Stalin que tuvo que construir ese aparato, Putin lo tomó de la realidad ancestral de Rusia.

Putin ha aprendido mucho de sus precursores totalitarios: Hitler y Stalin. Pero también, en materias de totalización del poder, ha sido un innovador. Ha llegado al punto de controlar el poder medial no solo mediante la apropiación estatal de la prensa, la radio y la televisión, sino también a través de un complejo y sofisticado aparato digital. El de Putin –a diferencias de Hitler y Stalin que actuaron sobre la base de una sociedad industrial– es el totalitarismo de la era digital, un enorme imperio territorial y cibernético. A través de las redes, públicas y secretas, Putin puede influir en los mercados internacionales, en los sistemas noticiosos, en la opinión pública mundial y, no por último, en las elecciones, como fue comprobado en los EE UU de Donald Trump.

Controlada la intimidad corporal, el siguiente paso será ejercer control sobre el pensamiento. Y como no tenemos otra alternativa que pensar con palabras, Putin intenta, como el Gran Hermano de Orwell, ejercer el control sobre las palabras. Al poder vertical ejercido por el estado lo llama democracia. A los disidentes los llama traidores. A la guerra genocida en Ucrania la llama “operación especial”. A la invasión la llama “sentar soberanía”. A la democracia ucraniana la llama fascismo. A los países democráticos de occidente, naciones invasoras. La destacada historiadora Anne Applebaum ha observado en un iluminador artículo titulado Ucrania y las palabras que conducen al asesinato en masa, como el lenguaje putinesco está dirigido a deshumanizar a las víctimas. “Los ucranianos” - nos dice- “no son seres humanos para quienes obedecen a Putin. Son simplemente nazis ucranianos.

Bajo las condiciones impuestas antes y durante la guerra a Ucrania, la formación totalitaria del régimen ruso ha alcanzado su cenit. Sin temer a equivocarnos afirmamos que la guerra ha generado un punto de inflexión en la historia reciente de Rusia. Hannah Arendt nos habló en ese sentido del fin de las ilusiones. Una de esas ilusiones residía en la esperanza de que la ciudadanía pudiese revertir el proceso de totalización del poder. Pues bien, esa ciudadanía incipiente formada bajo Gorbachov y Yeltsin, ha dejado prácticamente de existir. Un ochenta por ciento de la población rusa apoya a la invasión. No tiene otra alternativa. A los descontentos les está prohibido pensar. Las palabras del pensar han sido alteradas. El poder de Putin ya es total.

El retorno del totalitarismo en Rusia, ha terminado por cristalizar. Eliminadas las contradicciones sociales (no hay quienes las porten) el totalitarismo ha alcanzado un punto de irreversibilidad. La idea acariciada por observadores occidentales relativa a que mediante las sanciones a la economía, la población (no la ciudadanía) rusa iba a rebelarse alguna vez en contra del régimen, debe ser descartada de plano. No lo hizo durante Stalin, tampoco lo va a hacer durante Putin. Por el contrario, lo más probable es que con una economía arruinada, el régimen establecerá, como suele ocurrir, un control directo sobre el consumo alimentario. El racionamiento ha sido probado por diferentes dictaduras como uno de los más eficaces medios de control social. Quien quiera comer, debe obedecer. El pueblo ruso será, en gran medida ya lo es, una de las víctimas de una economía de guerra que se extenderá más allá de la guerra.

¿Como salir de la dominación totalitaria putinista? De acuerdo a las dos experiencias de la modernidad europea, ha habido dos salidas. Una, la catastrófica, que fue la que sufrió Alemania: la derrota militar absoluta, la destrucción total del país. De más está decir que esa salida llevaría hoy a una guerra nuclear y gran parte de Europa pagaría en sí misma la destrucción militar del totalitarismo ruso. Las radiaciones radioactivas, como se sabe, son muy internacionalistas. No respetan límites geográficos.

La otra salida, que fue la de la URSS de Stalin, llevó a la evolución de la dominación totalitaria soviética hacia una dictadura no totalitaria sino más bien burocrática, la de las nomenclaturas. Pero para que eso ocurriera fue necesaria la muerte de Stalin. Y aquí topamos con un problema que merece ser considerado adicionalmente: todos los totalitarismos, sea el de Hitler, el de Stalin, o el de Putin, han sido unipersonales. En todos ellos el poder reside concentrado en el cuerpo del dictador. Hitler y Stalin antes, Putin ahora, no solo han sido representación personal del Estado. Son el Estado. De ahí que la muerte del dictador suele ser también la muerte de un tipo de estado: el estado totalitario personalista. En términos muy directos: para salir del totalitarismo ruso, Putin debe morir.

Sabemos que Putin no es inmortal. Rumores acerca de una enfermedad terminal que lo estaría consumiendo no son más que eso, rumores, y mientras no sean comprobados, son simples deseos. Muy justificados. Putin es seguramente el personaje más odiado del mundo. Millones de seres, no solo ucranianos, ruegan a Dios todos los días para que se lo lleve. Pero nadie está seguro que Dios, aunque exista, los escuchará. Y si aún escuchara, nadie sabe lo que puede suceder después de Putin, máxime si se tiene en cuenta que, a diferencia de Stalin, quien detrás de su tiránica figura mantenía un buró político, detrás de Putin no hay nada parecido. Putin no confía en nadie que no sea el mismo. El poder de Putin comienza y termina con Putin.

Partamos entonces de una posibilidad realista. En estos momentos Putin vive, y puede que siga viviendo durante un tiempo. En estos momentos también, tiene lugar una guerra de Rusia a Ucrania la que, para la distopía imperial de Putin, es imperioso ganar. Para Occidente, por el contrario, es fundamental que Rusia pierda esa guerra. Una guerra perdida no significaría el fin del totalitarismo ruso, pero podría al menos llevar a su limitación geográfica. Eso obligaría a Occidente a aceptar la alternativa de continuar coexistiendo de modo muy tenso con Rusia, en una especie de guerra fría mucho más caliente que la del siglo XX, o quizás a padecer un largo tiempo de guerras limitadas pero alternadas. En cualquier caso, una situación más aceptable que la desaparición de un trozo enorme del planeta como consecuencia de una guerra nuclear apocalíptica.

Ucrania no puede ni debe perder la guerra. Ganar la guerra significa para Occidente el reconocimiento de Rusia a Ucrania como una nación política y jurídicamente constituida. Ese reconocimiento sería a la vez la precondición para el mantenimiento de una paz europea y mundial.

Rusia ya se ha expandido demasiado. Ha llegado la hora de detenerla. Hay que obligar a Putin a reconocer sus límites, tanto personales como geográficos. Y sobre todo, hay que llevar a los europeos a convencerse a sí mismos de que una paz estable y duradera supone la existencia de una Ucrania libre, soberana, independiente, democrática y europea. Con Putin o sin Putin.

 @FernandoMiresOl

Referencias:

Anne Applebaum - UCRANIA Y LAS PALABRAS QUE CONDUCEN AL ASESINATO EN MASA (polisfmires.blogspot.com)

Hannah Arendt – Elemente und Ürsprunge totaler Herrschaft, München 1993

Fernando Mires -DEMOCRACIA CONTRA AUTOCRACIA (Polis)

Nina L. Jruschov – Los orígenes del totalitarismo en Rusia" https://polisfmires.blogspot.com/2022/05/nina-l-jruschov-los-origenes-de...

7 de mayo 2022

Polis

https://polisfmires.blogspot.com/2022/05/fernando-mires-rusia-el-retorno...