Sumar, sumar y sumar

El Partido Liberal Colombiano fue fundado en 1848 y el Conservador en 1849. El caso es que, lógicamente menoscabados en comparación con lo que en sus grandes momentos llegaron a ser, conservan un anhelo de recuperar alguna vez su fuerza impulsiva y determinante en el proceso que la Sociología y Politología han convenido en llamar “la democratización” del Estado y las organizaciones políticas contemporáneas o, para decirlo en otras palabras: la Democracia de Partidos (Alfredo Ramos Jiménez, Las formas Modernas de la Política, Estudio sobre la democratización de América Latina Cipcom, Centro de Investigaciones de Política Comparada, junio 2008.

Es un caso curioso el de los partidos de nuestro hermano país, los mencionados son los más antiguos de Latinoamérica y están entre los de más edad del mundo. El torbellino crítico ha devorado partidos, ideologías, liderazgos políticos con la implacable voracidad de Saturno hacia su propia progenie. Liberales y conservadores colombianos, no obstante, no terminan de ser borrados del mapa y ya no se puede apostar a su definitiva extinción, dados los caminos de negociación que se abren con frecuencia en el deteriorado mapa político. Por cierto, Guzmán Blanco veía a Venezuela –y a lo mejor también a Colombia– como un “cuero seco”, que se levanta por un lado cuando lo pisan por el otro.

El Partido Liberal de Venezuela fue fundado en 1840, alcanzó su más alta cima a partir del acceso al poder de Antonio Guzmán Blanco en 1870, y feneció en 1899, siendo el de Ignacio Andrade, el último gobierno Liberal amarillo. El Partido Conservador tuvo su auge y su caída con José Antonio Páez, una personalidad fuerte y singularmente meritoria (Ramón Velásquez, Caudillos, Historiadores y Pueblo. Fundación Bancaribe. Caracas. 2014).

Con los enormes aportes proporcionados por el genio de Guzmán Blanco, tanto en el orden físico-material como en el cultural, el liberalismo no sobrevivió mucho más al fallecimiento del llamado con razón “Ilustre Americano” pero con no menos razón, “Autócrata Civilizador”.

Las crisis políticas y la deslegitimación de los partidos se retroalimentan, de allí que la democratización mencionada supra, pase por la recuperación de los partidos. En el conjunto estratégico dirigido por el oficialismo prevalecen las elecciones parlamentarias y, dentro de ellas, las organizaciones tradicionales que han sido objeto de divisiones profundas fomentadas desde las alturas del poder contra los partidos democráticos que dirigen la Asamblea Nacional. Grupos fraccionales de partidos históricos como AD y Copei monopolizan sus nombres y símbolos. Igual suerte han corrido jóvenes partidos como Voluntad Popular, Primero Justicia e incluso de índole oficialista crecientemente insumisos como PPT, UPV y Tupamaros. El mapa partidista ha sido objeto de una arbitraria e impresionante modificación, todo con el fin de mutilar de partidos la democracia y de hecho las instituciones, de modo que no cabe hablar aquí de “democratización” sino de agudo retroceso institucional.

El eje de la estrategia de la oposición mayoritaria, la encarnada en la Asamblea Nacional, gira en torno a la Consulta Popular. La idea en sí no puede ser mala puesto que, en circunstancias como las actuales, implementar formas de consulta a los venezolanos es inaplazable e insustituible, pero sobre todo debería dar lugar a rápidas medidas políticas susceptibles de impulsar los cambios urgentes que reclama el país.

Lo más importante es definir el instrumento del cambio democrático y los medios de activación. Quisiera ratificar que el país no debe, no puede ser arrastrado a prodigarse en formulas invasoras o de fuerza que Venezuela no necesita ni merece. Debemos entender que la solidaridad democrática para con Venezuela no cesa sino que sigue creciendo y es parte fundamental de la visión de la Unión Europea, la OEA y muy probablemente de EEUU, después del reconocimiento de la victoria del presidente Biden. Todos esos poderosos factores, más España y América Latina, ratifican que nuestro país saldrá de la tragedia que lo oprime mediante elecciones universales, directas y secretas, para lo cual es vital sumar, sumar y sumar factores nuevos, incluso procedentes de filas de desengañados del oficialismo, y adicionalmente unir, unir y unir las filas opositoras y disidentes con mucha mano tendida y descargando los espíritus de odio, venganza, revanchismo y paremos de contar.

Si en los primeros días del próximo año pudiéramos echar los cimientos de la unidad y avanzar hacia los importantes comicios que nos esperan, lo natural y lógico será el florecer de los partidos democráticos armados de vocación electoral comprobada.

Para que así ocurra hay que nadar contra las pantanosas aguas del desprestigio acumulado contra la idea misma de “partido”. Mientras no nos liberemos de ese error que con el tiempo se ha consolidado como prejuicio, nos negaremos a hacer uso de las muchas variantes utilizables de la política en tanto que arte y ciencia. Semejante automutilación intelectual marca el hondo abismo que la separa de la piratería.

En conclusión, para salvar y reactivar la democracia hay que salvar y reactivar los partidos democráticos. Solo así podrá hablarse de la democracia posible, la democracia de partidos.

Twitter: @AmericoMartin