Territorio común, que no comunal

Américo Castro, un extraordinario filólogo español, define la fuerte presencia de la cultura árabe, después de ocho siglos de dominación en la península, sin mengua del impetuoso desarrollo del idioma de Castilla, finalmente afianzado como lengua oficial española. La tarea que se impuso don Américo Castro fue laboriosamente desarrollada en su clásica obra España en su historia  y en textos menores aunque también fecundos como Aspectos del vivir hispánico

Cuando tradujo al castellano las Obras completas de William Shakespeare, Luis Astrana Marín, otro gran filólogo español, puso la refulgente obra en manos de los editores, sin el menor ánimo impertinente, con una nota introductoria despojada de necia vanidad y bloquear el camino al egocentrismo, pero despejándolo amplia y francamente. Sin otro deseo que el de fusionar lo que, a su juicio, era excepcional en la obra y la lengua más dignas de ser divulgadas, escribió:

«Doy, en el idioma más hermoso del mundo, la obra entera del autor dramático más grande de todo el universo, de uno de los espíritus más serenos, de uno de los corazones más privilegiados de la humanidad».

La versión de Astrana ha resultado ser insuperable, razón por la cual destacadas ediciones en español le han conferido carácter modélico, cómoda manera de librarse del peligro de errores y fallas del más diverso orden.

No me siento autorizado a sostener, con Astrana Marín, que el nuestro sea el idioma más hermoso, pero sin duda la literatura que lo ha acompañado, junto con los escritores que la han cultivado a lo largo de siglos, están entre los autores más notables que hayan existido. No se hace sino justicia cuando se pasa revista a la Historia de la literatura española e hispanoamericana, elaborada por el notable académico don Ramón D. Pérez.

Todas estas referencias a la pureza de nuestro idioma se deben al temor proveniente del escaso tiempo que queda para el cierre del lapso de inscripción de candidaturas a los cargos que están sometidos a disputa, en las inminentes elecciones del 21 de noviembre.

El recelo no deja de ser justificado. Se desconfía que broten elementos de confusión en la negociación de acuerdos que las hagan viables, por libres y democráticas. Claro que no se trata de obstáculos invencibles ni de nada que no pueda resolverse si se dispone de voluntad de hacer. Sin semejante requisito, podrían incidir sombras propias de la condición humana, que tampoco deben ser tenidas como fatalidades indoblegables o insuperables. Por el contrario, pueden y deben ser vencidas con voluntad y constancia.

Desde luego, esa posibilidad puede y es usualmente neutralizada porque está sometida a la decisión soberana, la que podría alcanzar un resultado histórico y un viraje democrático fundamental, con una sustancial votación popular.

No sería esta una victoria inesperada, pues se han ido conjugando las fuerzas del cambio democrático en forma sorprendente, que vienen a resultar más obvias de lo que algunos deseen creer, sin haberse esmerado en sembrar esperanza democrática allí donde permanecen en el estancamiento.

Las fuerzas del cambio democrático-electoral tienen el sello de la victoria pintado en la frente. Se han expandido en forma natural e indetenible a lo largo de Venezuela y no establecen odiosas discriminaciones, miran de cara al futuro, que está sembrado de una esperanza iluminada. Bien merecida, por cierto.

Uno de los aportes más notables de Américo Castro es la interesante combinación de las semillas cristianas y musulmanas, que dará tal vez lugar a otros aún más interesantes en esa extraordinaria mixtura de pueblos enfrentados durante siglos que, lejos de aniquilarse, se integraron en un solo torrente sanguíneo y una cultura única, acumulada y funcional como pocas. Y como pocas, dotada de imaginación y de creatividad para encarar situaciones complejas, los posibles acuerdos, mediante los cuales se establezcan relaciones y puentes susceptibles de acercarse a la que puede resolver. Ahora mismo afronta retos de apariencia anómala, contradictoria, como los electorales, el diálogo y la libertad. Cada paso en esa dirección debería dar lugar a otros necesariamente más audaces y profundos.

 

En cualquier caso, estamos en una vía de aprendizaje para crecer y hasta ahora no se aprecia que sea una vía regresiva o retardataria. Considero que si pretenden progresar guiándose por el espejo retrovisor, ni los espíritus más bravos encontrarán cosa distinta a retroceso, pasado, sombras chinescas, derrota, humo, aire. Nada, cero.

Twitter: @AmericoMartin

Américo Martín es abogado y escritor.