Un 8 de marzo con esperanza

Año tras año el 8 de marzo se ha ido transformando en un circo. Políticos de tendencias diferentes han llenado el aire de elogios y lindas palabras, han otorgado premios y reconocimientos, con la única esperanza de conquistar algún poder en un electorado importante: el de las mujeres. Al apagarse los reflectores la realidad volvía con toda su crudeza. Seguían las violaciones, los feminicidios, las luchas por derechos tan fundamentales como el aborto y la paridad laboral. Sobre todo, humillante, ofensiva, seguía la impunidad. 

Este año, por primera vez, una chispa de justicia ha logrado superar barreras tan fuertes como antiguas: la del hombre y la del poder. A pesar del show que montó junto con su abogada al presentarse como un pobre viejo incapaz de moverse sin caminadora, Harvey  Weinstein fue condenado por abuso sexual en primer grado y violación en tercer grado. Para las mujeres es un cambio histórico, no solamente porque el “caso Weinstein” establece un precedente para otros parecidos, sino sobre todo porque dijo al mundo que las violaciones no prescriben y a las mujeres que no es su culpa si un hombre las obliga a una práctica sexual indeseada.

Durante décadas se ha considerado “normal” el cliché de los hombres cazadores. Las mujeres, las “presas”, por el contrario, tenían que ser “femeninas”, es decir sumisas, coquetas, seductoras. Cuántas veces hemos escuchado frases del tipo: “detrás de un gran hombre hay una gran mujer”, o también “en esta casa él grita, pero la que manda es ella”. Esas expresiones que encerraban la intención de alabar a la mujer en realidad la relegaban a un espacio de segundo plano, el hombre adelante, el sol, las mujeres un paso atrás, tramando para mantener el poder entre sombras. También se les enseñaba que una buena esposa cumple con el “deber” de acostarse con su esposo cada vez que él así lo desea, independientemente de su mismo deseo. Hablar de violación dentro de un matrimonio era considerado casi un oxímoron.

Tradiciones, culturas, religiones, dicen y repiten desde siempre a las mujeres que su fuerza reside en su cuerpo, en su belleza. Tienen que cuidarlo y conservarlo intacto para tener éxito y para encontrar un “buen marido”. De allí que en muchas familias a las niñas las visten como muñecas y no les cortan el pelo a pesar de la molestia que les causa cada vez que desean correr y jugar como cualquier niño.  De allí que las adolescentes sueñan con implantes de seno para resultar más sexi y pertenecer al selecto club de las “populares”.

A raíz de esos estereotipos repetidos dentro y fuera de las casas, algunos hombres se han sentido autorizados a mantener una actitud sexualmente agresiva hacia las mujeres dando por descontado que “ellas dicen no con la boca, porque así tiene que ser, pero que su cuerpo grita sí”. Al mismo tiempo las mujeres se han sometido a ese mismo estereotipo convencidas que ni los estudios, ni su manera de ser y de pensar, podían labrarle un camino hacia el éxito. La única moneda realmente apreciada era su cuerpo.

Sin embargo, las violaciones, sobre todo las violaciones que nos llenan de culpa y de vergüenza, son heridas que ni el tiempo, ni el éxito, ni otros amores, logran curar. Son traumas que se viven en silencio y en soledad. Denunciar muchas veces aparecía como un camino tan inútil como doloroso ya que en la mayoría de los juicios la que terminaba sentada en el banquillo de los acusados era la víctima y casi siempre los violadores salían libres.  

Todo siguió así hasta el momento en el cual una, famosa, rompió la barrera del silencio y pidió justicia. La cantante Lucía Evans fue la primera, en 2017, en atreverse a desafiar el poder desbordante del productor cinematográfico Harvey Weinstein. Su denuncia fue el huequito en el dique, ese a través del cual empieza a fluir el agua cada vez con más fuerza. Otras muchas voces, más o menos famosas, rompieron el silencio. Creció el número de las denuncias de abuso sexual o violación en contra del mismo Weinstein y de otros hombres poderosos. Nació el movimiento #MeToo, y muchas más mujeres se sumaron. Sin embargo, lograr que se hiciera justicia seguía siendo muy cuesta arriba. Las mujeres tienen que demostrar “más allá de cualquier duda razonable” que han sido víctimas de un abuso sexual. Tomando en cuenta la actitud recelosa del jurado y la dificultad de ser creídas, el movimiento #MeToo durante mucho tiempo no logró obtener los resultados legales que las mujeres deseaban.

La reciente condena de Weinstein, a pesar de haber sido exculpado de los delitos más graves, el de agresión sexual depredadora y de violación en primer grado, marca un antes y un después. No solamente crea un precedente judicial, sino que demuestra que la sociedad está cambiando, que es posible vivir en un mundo en el cual las mujeres puedan ser valoradas por su capacidad e inteligencia y puedan usar sus cuerpos para disfrute propio y no de otro, sea quien sea ese otro, su jefe, su marido o su novio. 

Este es un 8 de marzo en el cual hay espacio para la esperanza.

@MBAFILE

Marzo 2, 2020

ViceVersa

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