Yo lo viví, yo lo sentí y así lo cuento

Hace sesenta y tres años cursaba yo tercer año de bachillerato en el Liceo Agustín Codazzi de Maracay y recuerdo que durante varios meses hubo mucha agitación y manifestaciones estudiantiles en las cuales, probé por primera vez el fuerte olor y el mal sabor de los gases lacrimógenos. Yo no entendía mucho lo que estaba pasando porque era muy poco activo en lo que más tarde comprendí eran actividades políticas.

Ya en los primeros días del mes de enero de 1958 si me enteré de muchas cosas de las que antes casi nada se hablaba en familia, por ejemplo, por qué algunos parientes no podían visitar su Yaracuy nativo y por qué otros no podían dar clases en las escuelas públicas a pesar de ser maestros normalistas. Se develó el secreto de que eran miembros no muy connotados de un partido político proscrito, razón por la que no estaban presos, pero si confinados en su propio país.

El 23 de enero todo cambió con alegría cuando, una combinación de fuerzas y circunstancias permitió derrocar a quien por mucho tiempo consideramos que sería el último dictador venezolano: Marcos Evangelista Pérez Jiménez, elegido por el mismo y la Guardia Nacional. Personaje que confundió el concepto de progreso con el de la construcción masiva de obras civiles, monumentales y muy visibles. Muchas de poco impacto social. Podemos reconocer que dio continuidad a obras iniciadas o proyectadas por gobiernos anteriores, las cuales, de cualquier manera, se hubieran construido. Autopistas, avenidas, hoteles, algunos hospitales, edificios públicos y muchas viviendas en Caracas. Muy pocas edificaciones educativas, acueductos y sistemas de disposición de aguas residuales.

El analfabetismo superaba ampliamente el 50% de la población y las oportunidades de estudio post bachillerato eran prácticamente nulas para los estudiantes de bajos recursos económicos. Pocas instituciones universitarias y el alto costo de las matrículas era los dos principales obstáculos. La vía de escape para algunos fueron las instituciones militares, un poco mejor atendidas y además, daba la oportunidad a sus graduados de incorporarse a la clase dominante de entonces.

La etapa que se inició el 23 de enero de 1958 trajo consigo la reinstauración de un sistema de libertades, democrático y formal, de reconstrucción institucional del cual disfrutamos por cuarenta años, con muchas fallas y limitaciones pero que permitió tener un largo periodo de progreso sostenido y continuidad administrativa. Se fue gestando paulatinamente un país moderno, de lenta pero positiva inserción social gracias a la fuerza que se le imprimió a la educación, al menos durante los primeros veinte años. Un país estable, abierto al mundo y donde progresar honestamente no era difícil.

Insisto en el aspecto educativo porque durante el período democrático se multiplicaron los centros educativos de todos los niveles, hubo incorporación masiva de maestros y profesores, incentivos en forma de becas, ayudas estudiantiles, residencias y comedores casi gratuitos.

Eso permitió que muchos jóvenes con pocos recursos económicos cursaran estudios tanto a nivel técnico como universitario. Técnicos y profesionales que luego fueron útiles a si mismos, a sus familias y al país. Ejemplos comprobables de lo afirmado lo constituyen el Instituto Nacional de Cooperación Educativa (INCE), la gran cantidad de escuela técnicas construidas y los diversos programas de becas de estudio, entre los cuales destaca el denominado Gran Mariscal de Ayacucho. Todos aplicados sin discriminación política partidista. Han sido varios los libros publicados donde se deja constancia de todas las buenas obras y acciones de la democracia liberal que vivimos en esos cuarenta años.

Desafortunadamente, el comportamiento humano no es homogéneo, por lo que en ese periodo de crecimiento y prosperidad, entre tantos buenos se colaron algunos malos, los poco honestos, los pícaros y los corruptos, a quienes hicieron comparsa los resentidos de épocas anteriores, los seguidores de filosofías contrarias a la democracia y los nuevos resentidos que, por alguna razón, no accedieron a lo que ellos creyeron era un botín a repartir, los beneficios del poder.

Los gobiernos democráticos, buenos o regulares, defendían su obra de cinco años en cada oportunidad, pero poco hicieron por sembrar en la mente del pueblo el valor de ser libres, democráticos e institucionales. Que la permanencia y vigencia de las instituciones del Estado debían estar por encima de los gobiernos de turno no fue algo que caló en lo profundo de la conciencia de los venezolanos.

En cada cambio de gobierno cambiaban no solo los jefes máximos de las instituciones, si no también el funcionariado medio, independientemente de si esa institución y su personal lo estaban haciendo bien o mal. Como consecuencia se cambió el sentido de permanencia y de pertenencia institucional por el de pertenencia al carnet partidista, creando desconfianza, inseguridad laboral e incremento del clientelismo político.

Todas esas circunstancias, que ni los dirigentes y menos aún el pueblo llano pudieron   analizar ni asimilar, alimentaron una sensación general de malestar y de convencimiento de que el sistema democrático formal se estaba agotando. Se configuró entonces una situación que fue aprovechada por los depredadores, internos y externos, disfrazados de salvadores para dar los conocidos zarpazos a la democracia, primero como golpes de estado aparentemente fallidos y luego, mediante una irracional campaña política colmada de propaganda engañosa no refutada eficazmente. El funesto resultado fue que de ello se convenció irresponsablemente a una gran mayoría de los venezolanos.

Para alivio de mi conciencia y de mi espíritu nunca he estado en ese grupo. Estoy tan convencido de que le debemos tanto a la democracia liberal que no hay fuerza en este mundo que pueda hacerme pensar lo contrario. Igualmente creo, sin lugar a dudas, que la democracia es perfectible y que sus fallas y errores, todos humanos, se corrigen con más democracia. El tiempo me ha dado la razón, piensen en lo que fue Venezuela hasta 1998 y lo que es ahora, cuando ya ni país puede llamarse dignamente.

24 de enero de 2021