Hasta ahora, la economía venezolana está manejada por dos clases de individuos plenamente diferenciables: los llamados enchufados y el resto, llamémoslos por los momentos, Los Pendejos.
Los primeros han demostrado ser seres altamente corruptos, sin escrúpulos cuya premisa es el inmediatismo en la creación de riquezas basado en las influencias. No hay méritos, más allá de la capacidad de relacionarse con las cúpulas podridas del estamento gubernamental. Y no hay límites en la ambición, ni en el uniforme que portan.
Vayamos a Los Pendejos: allí está el resto de la población que observa, muchas veces con admiración, las naves, las mansiones y el derroche de los enchufados. En el fondo, los envidian y muchos de ellos simplemente lamentan su poca suerte o habilidad para "haberse enchufado". Y es que durante los últimos 26 años han asimilado plenamente la cultura del rebusque, del resuelve, del "cuanto hay pa eso".
En la cultura de Los Pendejos es completamente normal cargar en el bolsillo un billetico de veinte dólares por si te pilla un policía y te amenaza por remolcarte el carrito por tener el papel de la póliza arrugado. Los comerciantes Pendejos saben que es normal dejar una parte de la mercancía que transportan en las alcabalas y aduanas como contribución con la revolución. Que deben tener en su presupuesto de gastos mensuales el "pa los frescos" de los corruptos del Seniat, que como en los tiempos feudales recorren avenidas y centros comerciales en búsqueda de dádivas para sus señores, casi siempre familiares de la alta cúpula de la dictadura.
Finalmente están Los Pendejos de abajo, habitantes de entornos dominados por las extorsiones baratas, el rebusque sin envoltorio, el resuelve a cualquier costo. ¿Es posible que un país sumergido por tantos años en las aguas putrefactas de la cultura del rebusque pueda formar parte, de repente, en una nueva sociedad basada en el trabajo honesto y en los méritos individuales? ¿Es posible soñar en una transición hacia una Venezuela justa y productiva cuando las nuevas generaciones han asimilado como algo natural que sus padres sobornen o se dejen sobornar por la nomenclatura corrupta en la que estamos inmersos?
Estas preguntas forman parte, en mi opinión, del principal reto a enfrentar por parte de los futuros responsables de una transición hacia una Venezuela distinta. De nada sirve disponer de todas esas inmerecidas riquezas del subsuelo si los hombres que habitan en su superficie no somos conscientes que en la actualidad, somos una de las sociedades más corruptas del planeta. O afrontamos con coraje este reto o correremos el peligro inexorable de fracasar nuevamente en nuestro intento de convertir las entrañas de nuestra tierra en combustible para una sociedad prospera y justa.
¿Por donde comenzamos?