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Cómo la dictadura post-Maduro planea sobrevivir

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Tiempo de lectura: 7 min.

Quiero ser claro desde el principio. Soy optimista sobre el futuro de Venezuela. El encarcelamiento de Nicolás Maduro marca una apertura genuina hacia la democratización. Si las condiciones actuales se mantienen, Venezuela está en camino hacia una transición democrática. Los tiempos serán inciertos, la ruta será irregular y el proceso será costoso. Pero la dirección es clara.

Al mismo tiempo, el sistema autoritario de Venezuela, aunque fundamentalmente alterado, no ha colapsado. El poder es ejercido ahora por una élite gobernante reconfigurada, representada de forma más visible por la exvicepresidenta de Maduro, Delcy Rodríguez, y su hermano Jorge Rodríguez, jefe de la Asamblea Nacional del régimen, apoyados por un pequeño círculo de figuras de alto rango que sobrevivieron a la caída de Maduro.

Por esta razón, el optimismo no debe deslizarse hacia el triunfalismo. La nueva configuración de gobierno aún tiene opciones estratégicas, y sus miembros están empeñados en su propia supervivencia política. Asumir lo contrario sería un grave error con consecuencias potencialmente irreversibles.

La historia ofrece ejemplos de personas dentro de un régimen que luego se convirtieron en figuras de transición. Sinceramente, espero que Delcy Rodríguez y Jorge Rodríguez elijan ese camino. Personalmente, daría la bienvenida y apoyaría cualquier proceso que conduzca a una verdadera transición democrática, incluso si es impulsado por actores que alguna vez me encarcelaron a mí y a muchos de mis amigos. Pero la esperanza no es una estrategia.

Cualquier análisis serio debe partir de una premisa difícil: el liderazgo post-Maduro no quiere democratizar. Esa premisa puede y debe ser revisada si sus acciones demuestran lo contrario. Hasta entonces, debe ser el ancla del pensamiento estratégico.

Mi evaluación se basa no solo en la trayectoria autoritaria de Venezuela, sino también en la experiencia directa. Interactué con Delcy y Jorge Rodríguez durante varios años en mi calidad de miembro de la oposición democrática, congresista y, más tarde, como negociador representante de la coalición opositora durante las conversaciones mediadas por Noruega en 2021. Estas interacciones, junto con las experiencias consistentes de otros que han tratado con ellos, apuntan a un patrón recurrente. La flexibilidad táctica se despliega repetidamente al servicio de un objetivo estratégico: la permanencia en el poder y la supervivencia del régimen. De ese objetivo emana la estrategia que probablemente seguirán ahora.

Comprar tiempo y negociar de forma asimétrica

La lógica central de la estrategia post-Maduro es la adaptación, no la rendición. Su primer pilar es el tiempo. El régimen apuesta a que cada mes adicional sin un avance democrático decisivo le permitirá reorganizarse, recuperar influencia y poner a prueba los límites de la presión externa.

El tiempo se comprará a través de una negociación asimétrica. El régimen ofrecerá concesiones que puede revertir fácilmente, mientras exige beneficios que no pueden ser retirados con facilidad. El ejemplo más obvio es la liberación selectiva de presos políticos mientras los servicios de seguridad, las estructuras de inteligencia y los marcos legales coercitivos permanecen intactos. Los prisioneros pueden ser liberados hoy y encarcelados mañana.

A cambio, el régimen buscará ganancias irreversibles. Estas pueden incluir el acceso a fondos congelados, legitimidad internacional, alivio de sanciones que no puedan reimponerse fácilmente o el control sobre nuevas fuentes de ingresos. Una vez asegurados, es más probable que estos recursos refuercen un control autoritario renovado que el avance de la democratización.

Este patrón de intercambio asimétrico ha definido las negociaciones venezolanas durante años. No hay razón para creer que desaparecerá ahora.

Dividir a la oposición y a los Estados Unidos

El segundo pilar de la estrategia del régimen es la fragmentación. El régimen entiende que no puede derrotar a una oposición democrática unificada y a una política coherente de los EE. UU. al mismo tiempo. Su objetivo, por lo tanto, es dividir a ambos.

A nivel nacional, intentará distinguir entre actores de la oposición "moderados" y "radicales", entre aquellos que supuestamente garantizan la estabilidad y aquellos que supuestamente amenazan con el caos. A nivel internacional, buscará convencer a Washington de que ciertos líderes democráticos son demasiado polarizadores, arriesgados o desestabilizadores como para permitirles un acceso real al poder.

Esta estrategia ya es visible en los esfuerzos por retratar a figuras como María Corina Machado, líder de la oposición democrática y ganadora del Premio Nobel de la Paz, como obstáculos para la estabilidad en lugar de expresiones de la voluntad democrática. El argumento es familiar: Venezuela necesita orden, inversión y calma. La competencia política genuina, sostiene el régimen, puede esperar.

Al mismo tiempo, el régimen buscará explotar las divisiones dentro de los propios Estados Unidos. Las diferencias en los debates de política estadounidense sobre la prioridad relativa de la estabilidad, la seguridad energética, la migración y la democratización crean aberturas que el régimen puede usar para retrasar o diluir la presión. Los ciclos electorales, las rivalidades burocráticas y las evaluaciones divergentes sobre los costos de una coerción sostenida serán tratados como oportunidades.

Por lo tanto, debemos esperar un aumento en los esfuerzos de cabildeo (lobby) y promoción destinados a restringir o deslegitimar el uso de herramientas coercitivas contra el régimen, incluyendo intentos de movilizar a actores políticos internos y redes de activistas que anteriormente se han opuesto a la presión de EE. UU. sobre Venezuela. El objetivo no es derrotar la presión estadounidense de plano, sino debilitar su coherencia y durabilidad vinculando la política hacia Venezuela con costos políticos internos en Washington.

Esfuerzos paralelos se dirigirán a las empresas petroleras e inversionistas privados de EE. UU. Las empresas dispuestas a comprometerse con el régimen bajo sus términos serán presentadas como socios constructivos. Aquellas que insistan en el estado de derecho y las garantías democráticas serán retratadas como ideológicas o poco confiables. El objetivo es cultivar una coalición de actores económicos con un interés creado en la estabilidad sin democracia.

Los cinco escenarios finales del régimen

Toda esta maniobra sirve a un propósito superior: permanecer en el poder. De ese objetivo se desprenden cinco posibles desenlaces.

  1. Un modelo capitalista autoritario: El resultado preferido del régimen es la aceptación internacional de un modelo similar al de China o Arabia Saudita. La inversión extranjera a gran escala, particularmente en energía, coexistiría con la ausencia de libertades políticas significativas. Durante años, las autoridades venezolanas intentaron vender al mundo un modelo al estilo cubano que combinaba el estancamiento económico con la rigidez ideológica. Ese enfoque fracasó. Ahora parecen dispuestos a sacrificar la ortodoxia ideológica mientras preservan el control político. Una versión más suave de este escenario sería el autoritarismo competitivo, caracterizado por un pluralismo limitado, elecciones controladas y una participación de la oposición cuidadosamente gestionada que nunca amenace genuinamente el poder.
  2. Agotar a los Estados Unidos: Una segunda estrategia es la resistencia. El régimen apuesta a que la capacidad o voluntad de EE. UU. para ejercer presión coercitiva disminuirá con el tiempo, ya sea debido a nuevas crisis globales, cambios políticos internos o recalculaciones estratégicas. Cuanto más se prolongue el proceso, mayor será la probabilidad de que Venezuela baje en la lista de prioridades de EE. UU.
  3. Sesgar el campo electoral: Un tercer camino es el electoralismo controlado. El régimen argumentará que unas elecciones genuinamente libres producirían inestabilidad, amenazarían la inversión o provocarían nuevos conflictos. Sobre esta base, buscará excluir o neutralizar a los actores democráticos más fuertes permitiendo elecciones que sean formalmente competitivas pero sustancialmente amañadas. La recuperación económica parcial impulsada por los ingresos petroleros y la inversión extranjera se utilizaría entonces para legitimar el resultado.
  4. Producir un sucesor no democrático: Finalmente, el régimen puede aceptar perder el cargo, pero solo para asegurar que quien lo reemplace no desmantele el sistema autoritario. En este escenario, el poder cambia de manos, pero las reglas del juego permanecen fundamentalmente inalteradas. La transición democrática se vuelve semántica en lugar de sustantiva. Esta es una opción de seguridad si los otros desenlaces fallan.
  5. Promover una transición democrática genuina: Esta opción surgiría solo como resultado de una presión sostenida tanto de los Estados Unidos como de la oposición democrática venezolana, combinada con negociaciones reales que involucren a ambos actores. Estados Unidos es el único actor externo con la capacidad coercitiva creíble y el prestigio internacional para ofrecer garantías ejecutables, incluyendo el alivio de sanciones e incentivos que importan a las élites del régimen. La oposición democrática, por su parte, es esencial para negociar las reglas de juego internas y las garantías políticas para los funcionarios del régimen dispuestos a participar pacíficamente en un sistema democrático. Hasta que haya pruebas claras de lo contrario, debe entenderse que esta es la opción menos preferida del régimen.

Por qué el optimismo sigue justificado

A pesar de los riesgos, el pesimismo no está justificado. El momento actual es estructuralmente diferente de las transiciones fallidas anteriores. El régimen es más débil, la oposición democrática está más unificada y la influencia internacional es más creíble. Tres condiciones siguen siendo decisivas:

  • Primero, Estados Unidos debe mantener su compromiso explícito con una transición democrática real, no simplemente con la estabilización.
  • Segundo, la oposición democrática debe permanecer unida y disciplinada, mientras construye acuerdos creíbles con otros actores, incluyendo sectores militares.
  • Terc, el régimen debe seguir siendo incapaz de neutralizar la coerción externa.

El mayor peligro ahora es leer mal el momento. Subestimar la capacidad de adaptación del régimen, o confundir la apertura económica con la transición política, podría producir un resultado que parezca un éxito pero funcione como un fracaso. El optimismo y la vigilancia no son contradictorios; son complementarios e indispensables en esta coyuntura decisiva.

 

Freddy Guevara es exvicepresidente de la Asamblea Nacional de Venezuela y ex preso político. Actualmente es becario de Democracia en el Ash Center para la Gobernanza Democrática e Innovación de la Universidad de Harvard.

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Traducido por Gemini

https://www.journalofdemocracy.org/online-exclusive/how-maduros-dictatorship-plans-to-survive/