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Carta pública de un profesor de la Universidad Central de Venezuela al país

UCV
Tiempo de lectura: 4 min.

Para: Todo el pueblo venezolano, la comunidad académica internacional y la opinión pública. 

Hoy no le hablo al país desde una trinchera política ni desde la defensa de un interés gremial. Le hablo a cada familia venezolana, a la madre que sueña con ver graduado a su hijo, al abuelo que recuerda la Venezuela de profesionales brillantes, al joven que duda si quedarse o hacer una maleta, desde el dolor, la dignidad y la urgencia de salvar lo que nos pertenece a todos. 

La Universidad Venezolana nunca fue de un gobierno ni de un partido; ha sido el patrimonio moral de la nación, el gran democratizador de nuestra sociedad. Durante décadas, entrar a la universidad significaba que no importaba de dónde venías ni cuán humilde fuera tu origen: el estudio, el mérito y el esfuerzo te abrían las puertas para prosperar económicamente, crecer culturalmente y transformar la vida de tu familia. La universidad era la fábrica de movilidad social más hermosa que construyó Venezuela. 

Hoy, ese espacio que nos unía a todos se apaga en silencio. Defender la universidad no es una lucha de los profesores por un sueldo; es la lucha por el futuro de cada hijo de esta tierra. 

Es necesario que todo el país entienda la magnitud de la herida que hoy sangra en nuestras aulas: 

  • El desamparo inhumano a nuestros profesores jubilados: Quizás una de las crueldades más profundas sea el trato hacia nuestros jubilados y pensionados. Hombres y mujeres que le entregaron la vida entera a la docencia, a la investigación y a la formación de decenas de generaciones, hoy son víctimas de un despojo sistemático. La eliminación o exclusión arbitraria de beneficios, primas y pagos correspondientes respecto al personal activo no es solo una violación de sus derechos adquiridos, sino un acto de ingratitud institucional que deja a nuestros maestros mayores en una situación de absoluta vulnerabilidad, enfermedad y desamparo en los años en que más necesitaban el abrazo de la patria. Misma situación enfrentan los empleados y obreros de nuestras universidades.
  • Salarios que ahogan la dignidad humana: Un profesor universitario, tras una vida dedicada al estudio, a maestrías, doctorados e investigación, percibe un ingreso que no alcanza ni para cubrir los alimentos de unos pocos días. No pedimos privilegios; pedimos la dignidad básica de ganar el pan con el fruto de un trabajo honesto y altamente calificado.
  • El vacío en los pasillos y los concursos desiertos: Quienes nos formaron se están retirando, y los jóvenes más brillantes ya no pueden permitirse asumir una cátedra. Los concursos de oposición, el filtro de excelencia que garantizó por décadas la calidad de la educación, hoy quedan vacíos. Nos estamos quedando sin la generación de relevo que mañana formará a los médicos que nos atenderán, a los ingenieros que levantarán la infraestructura y a los educadores de nuestros niños.
  • La trampa de la complacencia y los rankings: No podemos caer en el engaño de celebrar como victorias posiciones intermedias en clasificaciones internacionales que nos sitúan muy lejos del lugar de vanguardia que históricamente ocupamos en América Latina. Celebrar la ruina disimulada es hacerle un flaco favor a la patria y enviar el mensaje equivocado de que la universidad puede sobrevivir sin recursos. Es una falsa ilusión que maquilla el colapso.
  • Aulas a oscuras y docencia paralizada: En el interior de Venezuela, la realidad es implacable. ¿Cómo se dicta clase, cómo se investiga o cómo se opera un laboratorio cuando las fallas eléctricas apagan las ciudades por más de seis horas diarias? La educación moderna exige energía eléctrica, conectividad, refrigeración para insumos y tecnología. Sin electricidad, el conocimiento se detiene y los sueños de miles de jóvenes quedan a la deriva.
  • El dolor de la infraestructura saqueada: Las paredes de nuestras universidades también lloran el abandono. Ver la destrucción y el desvalijamiento impune de sedes enteras, como ocurrió con la Escuela Básica de Ingeniería de la UCV en Cagua, es ver cómo se le roba la oportunidad de un futuro mejor a toda una región.
  • La salud y la vida en desamparo: Quienes entregaron su vida a la docencia hoy enferman sin la cobertura de un seguro médico o un servicio de previsión social acorde a la realidad del país, teniendo que recurrir a la caridad pública para afrontar una emergencia. 

A pesar de todo, muchos seguimos estando allí. No por resignación, sino por un profundo amor a nuestros estudiantes y a Venezuela. Pero la vocación no paga medicinas, ni la fe enciende un microscopio sin electricidad, ni el voluntariado puede sostener de forma infinita a una de las instituciones más importante del país. 

Hago un llamado a cada hogar venezolano, a los trabajadores, a los estudiantes, a los profesionales de cualquier área y a la sociedad civil sin distinción alguna: no dejemos sola a la universidad. Permitir que la educación superior muera es resignarnos a ser un país sin médicos, sin ingenieros, sin científicos, sin pensamiento crítico y sin futuro. 

Salvar a la universidad venezolana es salvar la posibilidad de volver a levantarnos como nación. 

¡La universidad es de todos, y la lucha por su dignidad es la lucha por Venezuela! Maracay, Venezuela 

Profesor Asociado UCV