Recién terminado el Mundial de Futbol, llevado a cabo a la medida de los antojos y arbitrariedades de Donald Trump y Gianni Infantino, al presidente norteamericano no se le ocurrió mejor idea que la de convencer a su amigo de que no se presentara como candidato para un cuarto período como presidente de la FIFA. A cambio de ello lo quería proponer como Secretario General de la ONU, en sustitución de Antonio Gutérrez, cuyo período termina a comienzos del próximo año. Me pareció, no sé si exagero, un detalle que deja ver la escasa relevancia de la ONU, como también la pone de manifiesto la idea de proponer oficialmente su Junta de Paz, durante la reunión anual del Foro Económico Mundial en Davos, celebrado en Suiza a comienzos del año pasado. La carta fundacional entró en vigor de inmediato ante la presencia de jefes de Estado y de Gobierno de más de 20 países y fue concebida como una organización internacional privada, impulsada y presidida por él. Dicho en pocas palabras, su propósito era reemplazar a la ONU, “cuya incapacidad para solventar los problemas que agobian al mundo es absolutamente manifiesta”.
Cabe indicar que el comité directivo incluye a su yerno y que la membresía costará mil millones de dólares a cada uno de los veinticinco países que ya han decidido formar parte de la Junta
La ONU hace aguas por todas partes
A finales del año 2025, la Organización de Naciones Unidas (ONU) celebró a ochenta años de haber sido creada y convocó a los 193 países que la constituyen para una reunión de su Asamblea General la cual tuvo lugar en circunstancias muy distintas a las de ahora. Encara, en efecto, problemas completamente diferentes a los de entonces, haciendo obvia la urgencia de revisar su esquema institucional, fundamentado en premisas que no están a la altura de los tiempos que corren.
En efecto, la incertidumbre y la perplejidad nublan el horizonte de nuestro mundo. Este se encuentra zarandeado por un amplio y diverso repertorio de crisis, que incluye distintos conflictos bélicos que parecen interminables, el colapso climático, la desigualdad económica y social que permea a sus habitantes, la violación casi sistemática de los derechos humanos, las migraciones y la desinformación, todo ello como parte de una larga lista, a la que cabe sumar la erosión de la democracia y el progresivo ascenso de los regímenes autocráticos.
Así mismo, cabe mencionar las tecnologías emergentes y los desafíos plantean a través de la Inteligencia Artificial, la digitalización de la vida humana, las biotecnologías y las neurociencias.
La ONU se encuentra, así pues, desbordada. La Anomia es un término sociológico creado por los sociólogos Émile Durheim y Robert. K. Merton para describir una situación en la que las normas y las instituciones se hacen inestables, generando una situación en la que la vida social, económica y política se torna desorganizada “por la ausencia de derechos y expectativas de entendimiento”.
Se trata de una expresión que describe acertadamente la situación de nuestro planeta, como consecuencia de la obsolescencia de la ONU, y del conjunto de organizaciones que giran a su alrededor, entre las que sobresale el Consejo de Seguridad, un cuerpo de quince miembros —cinco permanentes con veto y diez rotatorios— que concentra la capacidad decisoria real, dada que sin su aprobación, no hay sanciones económicas colectivas, no hay operaciones de paz autorizadas y no hay intervenciones legítimas. Las propuestas de reforma de este Consejo abundan desde hace décadas, pero ninguna ha prosperado.
Sin embargo, como lo han advertido sus propios críticos sería un gravísimo error derivar de lo anterior su inutilidad. Cierto, pues, que debe “aggiornarse”, pero conservando la idea de un espacio en el cual todos podamos coexistir en medio de nuestras diferencias, bajo el paraguas de un compendio de normas que se respeten y hagan posible la vida común.
La Sociedad del riesgo global
Una libreta de apuntes me recuerda que Kant escribió en alguna parte que, “dada la superficie esférica de la Tierra, todos nos acabamos encontrando: los seres humanos no pueden ser dispersados indefinidamente, por lo que no tienen más remedio que tolerar la compañía de otros. Si el mundo tuviera otra forma, sería posible la dispersión, la protección de unos contra otros, el aislamiento o la exclusión definitiva.
En parecido sentido, el sociólogo alemán Ulrich Beck, ha señalado que “los riesgos globales solo pueden afrontarse globalmente- “El mundo es de todos o de nadie”, señala, a la vez que advierte que proliferan los problemas comunes que a todos nos incumben, pero se carece del poder y de las instituciones necesarias para solventarlos a escala planetaria.
La Sociedad del Riesgo Global, fue el término acuñado por Beck para describir la nueva realidad mundial, en la que los problemas son comunes y requieren soluciones comunes, implicando la "desterritorialización" de unos y otras. En este orden de ideas expresa que “sólo habrá respuestas políticas a la globalización cuando abandonemos el Estado-nación como marco de análisis”.
Dentro del marco anterior la ruta apunta hacia la construcción de una sociedad cosmopolita, dado que todos los seres humanos, sin exclusión, pertenecen a la vez a una comunidad política determinada y a una comunidad humana. Como lo ha escrito la psicóloga Adela Cortina, esta última trasciende todas las barreras étnicas, lingüísticas, de orientación sexual, religiosas y nacionales, y no se construye prescindiendo de esas peculiaridades, sino desde ellas.
“No podemos seguir construyendo la destrucción del futuro”, habría dicho Mafalda, mi filosofa favorita. Hay, entonces, que reinventar a la ONU.