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La fusión líquida entre el crimen y el poder

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Tiempo de lectura: 8 min.

En septiembre de 2023, cerca de once mil efectivos militares y policiales venezolanos entraron a la cárcel de Tocorón, en el estado Aragua, con la misión oficial de desarticular lo que se conocía como el headquarter del Tren de Aragua, la organización criminal transnacional venezolana más reconocida en el hemisferio, que operaba dentro del recinto penitenciario. Lo que encontraron parecía menos una prisión y más una pequeña ciudad, incluida una piscina completamente funcional, un zoológico con pavos reales y hasta jaguares enjaulados, una discoteca llamada Tokio, que sonaba hasta el amanecer y en la que se presentaban artistas internacionales, y un parque infantil donde los hijos de los reclusos jugaban mientras sus padres desarrollaban sus negocios. Todo ese entramado llevaba años funcionando bajo el mando de Héctor Guerrero Flores, alias “Niño Guerrero”, fundador de la organización. El gobierno de Maduro celebró la operación como un éxito. Nadie, sin embargo, pudo explicar cómo el hombre que llevaba más de una década gobernando esa prisión había desaparecido justo antes de que las fuerzas de seguridad tomaran la instalación.

En otro momento, en otro país y a otra escala, Medellín vivió la caída de Pablo Escobar, quien, al ser el único vértice de la pirámide de su cartel, la organización no sobrevivió ni un año a su propia muerte en 1993. El cartel de Sinaloa, en cambio, nunca dependió de un solo hombre, convivieron desde su origen al menos dos fundadores: Joaquín “El Chapo” Guzmán e Ismael “El Mayo” Zambada. Su estructura se mantuvo casi intacta a pesar de capturas, fugas y una extradición, sin que el negocio se detuviera ni un solo día.

En mi entrega anterior quedó planteada la pregunta que ahora quiero llevar al terreno que dio origen a esta serie, ¿qué tan distinto es todo esto de lo que ha sostenido en el poder al chavismo durante más de dos décadas?

La respuesta corta es, no mucho, salvo por un matiz que marca una gran diferencia. El chavismo, en más de una década, tampoco ha tenido un vértice único. Chávez murió en 2013 y el sistema no se derrumbó, se reacomodó alrededor de Maduro, del alto mando militar y de un puñado de operadores políticos y agentes adaptativos calibrados en la justa medida de dependencia y, a la vez, de autonomía para que, en sus heterarquías funcionaran con intereses convergentes. Similar al cartel de Sinaloa, diversificó sus fuentes de ingresos cuando la presión externa le cerró las rutas tradicionales; la industria petrolera colapsó debido a la mala gestión y el régimen encontró sustitutos en la minería ilegal del Arco Minero del Orinoco y, sobre todo, en el narcotráfico. Y, al igual que el cartel de Sinaloa, la administración de los negocios se distribuyó entre varios nodos en lugar de concentrarse en un solo hombre. La diferencia, y aquí está el matiz, es que el cartel de Sinaloa tuvo que corromper (aún más) al Estado mexicano desde afuera, sobornar políticos, generales, jueces y policías, uno por uno. En Venezuela, esa distinción entre la red criminal y el aparato estatal dejó de tener sentido hace años. No hicieron falta sobornos ni el formato de intervención desde afuera porque los generales, los políticos y otros tantos funcionarios que debían perseguir el negocio criminal eran quienes lo conformaban y lo administraban, mientras simulaban la estructura de un gobierno.

Parte de ese entramado tiene nombre y ya nos hemos referido a él en el pasado como el Cartel de los Soles. Según investigaciones del Departamento de Justicia de Estados Unidos, desde al menos 1999 Nicolás Maduro, Diosdado Cabello, Hugo Carvajal Barrios y Cliver Alcalá Cordones, entre otros altos funcionarios, actuaron como administradores de una operación que la DEA ha estimado en más de trescientas toneladas métricas de cocaína al año. En marzo de 2020, Washington ofreció quince millones de dólares por información que condujera al arresto de Maduro, la misma cifra y el mismo nivel de recompensa que pesaban entonces sobre Ismael “El Mayo” Zambada. En enero de 2025, la recompensa por Maduro y Cabello subió a veinticinco millones y, en noviembre de ese año, el Departamento de Estado formalizó lo que ya era un secreto a voces; designó al Cartel de los Soles como organización terrorista extranjera. Aún hoy, algunos analistas cuestionan si el Cartel de los Soles existe como una organización formal, con membresía y mando definidos, así que optan por describirlo como una red de corrupción tolerada más que como un cartel en el sentido tradicional. Curiosamente, esa misma incapacidad de dibujarlo en un organigrama es, siguiendo el argumento que abrió esta segunda parte de la serie, la prueba más clara de que estamos ante a una organización líquida y no frente a una jerarquía convencional.

El Tren de Aragua nació precisamente en Tocorón, como una variante más de los sistemas de autogobierno carcelario que Venezuela lleva décadas tolerando en sus prisiones. Mientras el país se vaciaba, ocho millones de personas emigraron entre 2015 y 2024. La organización y el modelo criminal emigraron infiltrados entre ellos, y sus células establecieron operaciones en Colombia, Perú, Chile y en algunas ciudades de los Estados Unidos, donde Washington la designó organización terrorista extranjera en febrero de 2025. Durante años, el Tren de Aragua operó con la tolerancia, cuando no la complicidad directa, de autoridades locales y penitenciarias. La redada de Tocorón marcó, según reconstrucciones periodísticas posteriores, el punto en que esa relación empezó a quebrarse, el gobierno necesitaba mostrar una limpieza que aplacara la presión internacional y “Niño Guerrero” pasó de socio tolerado a fugitivo con recompensa. Su condición de prófugo siempre fue un simulacro. El régimen de Maduro conocía muy bien sus movimientos en el estado Bolívar, al sur de Venezuela, donde permaneció bajo vigilancia de otras organizaciones criminales.

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El 12 de junio de 2026, un ataque coordinado desde el Comando Sur de Estados Unidos le dio de baja en una operación que, según confirmó el propio gobierno interino de Delcy Rodríguez, contó con inteligencia y apoyo técnico compartido entre Caracas y Washington. El mismo Estado que alguna vez necesitó al Tren de Aragua para mantener el control territorial de sus cárceles y de extensos territorios mineros terminó por entregar la información que permitió eliminar a su fundador. Esto no es un detalle menor; en las organizaciones líquidas, nadie es imprescindible y la permanencia dentro de ellas no sólo depende de la lealtad, sino también de la “usabilidad” del nodo.

Aquí no hay coincidencias aisladas; es la lógica misma de cómo operan las organizaciones líquidas cuando se topan entre sí. En julio y noviembre de 2025, el Departamento del Tesoro y el Departamento de Estado de los Estados Unidos señalaron formalmente al Cartel de los Soles como proveedor de apoyo material al Tren de Aragua y al propio cartel de Sinaloa, tres redes que, según Washington, se necesitan y se retroalimentan en Venezuela y más allá de sus fronteras.

Ningún poder que se vuelve líquido permanece confinado en su territorio de origen. En su propia dinámica se desborda (como lo hace los líquidos). El cartel de Sinaloa tuvo que salir a buscar proveedores de precursores químicos en Asia y laboratorios en Canadá y Colombia. El chavismo necesitó apelar a la inteligencia cubana, al financiamiento y armamento ruso, a la cobertura diplomática iraní y los aliados territoriales en las disidencias de las FARC y el ELN a lo largo de la frontera colombiana. Ambos hicieron lo mismo que hace cualquier organización líquida bajo presión, expandirse hacia la región e importar aliados e instalarlos en el territorio, porque ningún nodo, por poderoso que sea, puede ni debe sostener solo el peso de toda la red.

Hay una pregunta recurrente cuando se analiza este tipo de organizaciones. Me refiero a si, dentro de ellas, todo se rige por un plan predeterminado y existe una mente maestra que mueve los hilos. Llegado a este punto del análisis luego de 12 ensayos, resulta cada vez más nítido que no es así. Sin embargo, tampoco es un proceso que ocurre de manera azarosa. Debemos mantener presente que el propósito principal, por no decir único, es sobrevivir. Ese es el criterio y el motor de donde se derivan todas sus decisiones, por tanto, se comportan como un organismo vivo que, ante grandes amenazas, prefiere sacrificar partes de su estructura antes que colapsar por completo. Y, dentro de ciertos límites, la capacidad de reformatearse en un proceso continuo de adaptación le permite sobrepasar obstáculos que otro tipo de organizaciones nunca hubiesen superado.

Esta lógica del cambio de morfología en el modelo de poder líquido en Venezuela se mantiene vigente. Es evidente que meses antes de la captura de Maduro, en enero de 2026, funcionarios del gobierno y agencias de inteligencia de los Estados Unidos ya sostenían conversaciones directas con Delcy Rodríguez y otros miembros de la estructura, quienes ofrecieron algunas garantías de estabilidad a cambio de conservar espacios de poder e intentar negociar sus casos criminales, lo que revela que ni siquiera dentro del propio Cartel hay un bloque monolítico, cada nodo, llegado el momento, pelea por su propia supervivencia. En relación con este aspecto, ya en un próximo ensayo, tendremos oportunidad de abordar nuevos detalles sobre la persistencia de la naturaleza líquida de las estructuras.

El Cartel de Sinaloa, el Cartel de los Soles y el Tren de Aragua enseñan la misma lección desde tres ángulos distintos. Ninguno colapsó porque le arrebataran a su líder visible, ni Guzmán en su celda de aislamiento total, ni Maduro en la suya, ni Guerrero bajo los escombros de una casa bombardeada en Bolívar. En todo caso, se resquebrajan y crujen, según hemos venido documentando en esta serie, cuando la presión se combina desde varios frentes a la vez y la red de nodos no logra absorberla a tiempo. Sin embargo, y como he insistido en ensayos previos, las organizaciones criminales líquidas están cargadas de vulnerabilidades, que bien entendidas y explotadas, pueden devenir en una falla catastrófica de la cual el sistema no logre recuperarse. Igualmente, en la tercera parte de esta serie veremos cómo podemos interpretar este proceso en el caso venezolano.

Esa misma arquitectura que hemos venido describiendo en el poder chavista a lo largo de esta serie, ahora la vemos operar en tiempo real, con nombres, fechas y cadáveres. Lo que sigue es una pregunta que ya no puedo seguir postergando.

https://albertoray.substack.com/p/la-fusion-liquida-entre-el-crimen