¿Cuál es la distancia que existe entre llamarse cristiano y vivir siendo alguien cuya consciencia está continuamente delante de Dios? Quizá esta podría ser una reformulación a la pregunta del rey David en el Salmo 15. «SEÑOR, ¿quién habitará en tu tabernáculo?» La idea de habitar en el tabernáculo de Dios, es la idea de estar en su presencia. Y la respuesta es clara y contundente: «El que anda en integridad y hace justicia, y habla verdad en su corazón» Respuesta que viene definida por tres verbos: andar, hacer y hablar, acompañados de tres sustantivos que describen lo que el SEÑOR espera de quienes lo siguen. Primero, integridad. Segundo, justicia. Tercero, verdad. Una secuencia de movimiento, conducta y coherencia.
Hoy, profundizando en el alma a través de los Salmos, quisiera que pusiéramos la lupa en la palabra integridad. Hay una contradicción inquietante entre nuestra confesión de fe y nuestra manera de trabajar, cumplir compromisos, administrar dinero, prestar un servicio y tratar a los demás. El mismo Dios ante cuya mirada oramos, ante quien nos confesamos; el mismo Dios en cuyo nombre nos reunimos para conmemorar su muerte y su resurrección, es el mismo ante quien trabajamos, cobramos, construimos, enseñamos, hablamos, prometemos, entregamos y servimos. La integridad se trata de estar conscientes de la mirada de Dios en cada aliento.
Integridad procede del latín integritas, relacionado con integer que significa entero, completo, intacto; es decir, aquello que no ha sido dividido ni deteriorado. En su origen, la palabra contiene la idea de estar completo. En el lenguaje de la ingeniería la palabra «integridad» se refiere a la estructura de una edificación, refiriéndose a su capacidad de conservarse estable, segura y completa frente a las cargas y fuerzas que debe soportar. Un edificio puede tener una fachada hermosa, acabados extraordinarios y espacios cuidadosamente decorados y, sin embargo, esconder una grieta profunda en uno de sus elementos fundamentales. A simple vista puede parecer perfecto. Estructuralmente, no lo es. Algo semejante puede ocurrir con el ser humano. Podemos desarrollar virtudes admirables en determinadas áreas de nuestra vida y mantener, simultáneamente, grietas profundas en otras.
Hace algún tiempo escuché la historia de un hombre que pidió una pizza a domicilio. Al recibirla descubrió que, junto con su pedido, le habían entregado, por equivocación, una cantidad de dinero mayor de la que correspondía como vuelto. Su amiga le recomendó quedarse con el dinero. Después de todo, le dijo, había sido un error de la empresa. Él se negó. Llamó, informó lo sucedido y devolvió aquello que no le pertenecía. Había actuado honestamente. Sin embargo, aquel hombre estaba manteniendo una relación extramarital y su amiga era su amante. La honestidad puede manifestarse en una acción determinada. La integridad, en cambio, habla de la coherencia de la vida entera.
Una persona puede ser honesta con el dinero y deshonesta con sus afectos. Puede ser responsable profesionalmente y profundamente irresponsable dentro de su hogar. Puede hablar sobre las Escrituras; sin embargo, utilizar sus palabras para destruir la reputación de otra persona. Puede servir activamente en una iglesia y realizar su trabajo cotidiano con negligencia. El llamado a la integridad es el llamado a caminar con la consciencia espiritual de la mirada de Dios sobre nuestras vidas. Es comprender que así como cuando nos vemos al espejo estamos viendo claramente nuestro rostro; de la misma manera, Dios nos mira tal y como somos en cualquier lugar y circunstancia. La vida del ser humano íntegro es una vida en la que la huella de Dios está en todas las áreas de su vida. Esto no significa que seamos perfectos, lo que significa es que andamos en integridad. Ciertamente cometemos errores, pero no vivimos en error.
Andar en integridad nos conduce a hacer justicia. Quizá la mejor manera de ser justos en nuestras acciones es aplicar la regla de oro: hacer a otros lo que quisiéramos que hicieran con nosotros. Si esta fuera nuestra manera de actuar, ciertamente estaríamos cada vez más alejados de hacer alguna injusticia. La integridad comienza donde nadie puede verla, en el interior de nuestro ser; allí en el diálogo con nosotros mismos, en el lugar más recóndito de nuestra alma, donde la pequeña semilla de un pensamiento puede desviar nuestros pies del camino. Entonces, como consecuencia cumplimos nuestros compromisos de manera mediocre y racionalizamos nuestra conducta diciéndonos a nosotros mismos que no vale la pena esforzarse más. La persona íntegra no solo habla la verdad, la persona íntegra habla verdad en su corazón. Después de todo, es en el corazón del ser humano donde se gestan sus acciones.
Puede ser que tengamos apariencia de luz, que nuestros rostros brillen como el oro, pero si nuestros pies son de barro, irremediablemente la estructura de nuestra vida se quebrará. Es imposible sostener una estructura cuya integridad ha sido vulnerada en sus fundamentos. La vida conforme al deseo de Dios es una práctica de tres pilares:
1.- Andar en integridad.
2.- Hacer Justicia.
3.- Hablar verdad en el corazón.
El salmista nos revela que aquel que vive en esta práctica constante, tendrá como resultado estas acciones específicas en su vida y habitará junto a Dios.
«El que no calumnia con su lengua,
Ni hace mal a su prójimo,
Ni admite reproche alguno contra su vecino.
Aquel a cuyos ojos el vil es menospreciado,
Pero honra a los que temen al SEÑOR.
El que aun jurando en daño suyo, no por eso cambia;
Quien su dinero no dio a usura,
Ni contra el inocente admitió soborno.
El que hace estas cosas, no resbalará jamás». Salmo15:3
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