Imposible describir el horror que muchos compatriotas habrán vivido con la devastación de los dos potentísimos terremotos que sacudieron el norte del país el miércoles. Me encuentro residenciado afuera y a lo espantoso de muchas imágenes se une un sentimiento de impotencia ante un cataclismo telúrico que no tiene escapatoria. La tragedia jugando a los dados con una población desapercibida e indefensa. Absurdo intentar buscar las palabras adecuadas. La angustia y desolación de tantos que perdieron sus seres queridos o quedaron sin hogar, no pueden sino ser abrumadoras. Nuestra sentida solidaridad y deseos porque encuentren pronto la fuerza y las capacidades para superar su tragedia.
Pero hay otro sentimiento que, de manera insoslayable, acompaña esta impotencia. Es el de la rabia. ¿Por qué nos cayó a los venezolanos tal desastre? ¿Es que no hemos aguantado ya, con creces, nuestra cuota de tragedias o, si se quiere, acaso no hemos pagado ya nuestros pecados? No es momento (ni menos son las circunstancias) para hacer política buscando culpables, inexistentes ante tan demoledores e impredecibles sismos. Aun así, imposible ignorar que, quienes nos gobernaron durante el último cuarto siglo (y algo más), devastaron la economía, destruyeron su fuente de divisas y condenaron a las mayorías a niveles de pobreza y miseria insospechadas para quienes vivían en un país otrora considerado entre los más prósperos de América Latina. Uno no puede dejar de lamentar el estado en el que lo dejaron, reducida su capacidad de responder a emergencias como la de ahora, sin servicios, recursos y, muchas veces, sin el personal especializado para socorrer debidamente a las víctimas. Con todo, nuestro reconocimiento a la invaluable labor de voluntarios, bomberos y demás rescatistas que realizan afanosamente labores de salvamento, así como a la ayuda con la que han respondido países hermanos, de manera generosa, oportuna y expedita.
En esta situación tan difícil, nuestro deseo no puede ser otro que, desde el interinato, prive de verdad un esfuerzo por atender lo mejor que se pueda las urgencias de la gente, sin mezquindad ni discriminación. Trágicamente, la destrucción chavista, de la cual fueron cómplices, no tiene vuelta atrás. Es un dato infelizmente inalterable y nos hace todavía más vulnerables a fenómenos tan catastróficos como los del miércoles. Pero tener que vivir con ese legado en absoluto significa que debamos reproducirlo, una vez más, hacia futuro. Me refiero a la terrible carga que significa la gigantesca deuda que acumuló el chavismo mientras expoliaba el país.
En las terribles circunstancias que le toca a Venezuela afrontar, su reconstrucción luego de haber sido devastada por Maduro y sus cómplices, y ahora destruida por dos potentísimos terremotos, pagar las deudas que, como imagen espejo, el chavismo cultivó, constituiría una tercera tragedia. El contrato de Delcy Rodríguez a Centerview Partners por USD 150 millones, USD 750.000 mensuales y una comisión de éxito de 0,1% del monto reestructurado representa la más cruel bofetada al país en estos momentos. Más cuando aumenta la cifra, según algunos medios, a USD 240 mil millones (¡!), muy superior a la que se creía. Ante la exclusión del FMI para negociar esta reestructuración y la opacidad en sus términos, se acentúan los temores. ¿Cuánta de esa deuda no está conformada por papeles transados con la finalidad de lavar las corruptelas del chavismo? ¿Se hará la auditoría necesaria para limpiarla? Porque los entes internacionales que regulan estos procesos rechazan compromisos que pueden acarrear litigios incómodos. Luego, sin el FMI, el BM, BID, la CAF, ¿de dónde provendrá el dinero fresco –requerido más que nunca a montones–, para sanear las cuentas públicas, reformar el Estado, restituir los servicios y atender la emergencia humanitaria compleja, ahora incrementada?
La prioridad inmediata es comprometer los recursos del país en atender la tragedia del miércoles. El contrato con Centerview debe anularse y los USD 150 millones usarse para ello. Y, de quedar aunque fuese una pizca de vergüenza por las responsabilidades compartidas con Maduro, el Rodrigato y su entorno entendería que la tragedia les abre una oportunidad única para mostrar que sí les importa el país. Aunar voluntades que faciliten los cambios imprescindibles para afrontar esta doble calamidad, abriendo las puertas a negociar el rescate de las instituciones es, ahora, más perentorio que nunca. Si ya estaba claro que no podíamos confiar en el interinato la recuperación de Venezuela, el peso de la tragedia del miércoles lo hace aún más claro. Venezuela nos necesita a todos, pero en condiciones de poder contribuir efectivamente con las exigencias de tan terrible momento. Implica, para quienes todavía manejan las palancas del Estado, aceptar los cambios que clama la gente y luego dar un paso al lado. Una muestra inicial sería la liberación definitiva de todos los presos políticos que aún quedan.
Economista, profesor (j), Universidad Central de Venezuela