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Levantando los muros

Reconstrucción
Tiempo de lectura: 6 min.

Después de sobrevivir viene el momento de levantar los muros caídos. Una reconstrucción que abarca el plano material, emocional, físico, familiar y social.  Toda catástrofe tiene dos etapas: la primera es el rescate y, la segunda es la reconstrucción. El rescate tiene días limitados, la reconstrucción puede tomar un tiempo indefinido porque depende de muchas personas y factores, más allá de decisiones propias. Sobre todo, cuando las personas que han sido víctimas de la catástrofe han quedado con las manos vacías.

Pensando en este proceso de reconstrucción de tantos venezolanos en La Guaira y Caracas, recordé la historia de Nehemías en el Antiguo Testamento. Nehemías vivía fuera de su patria. Un día se enteró de la noticia de que los muros de Jerusalén habían sido derribados. Cuando lo supo, dice la Biblia, que Nehemías se sentó y lloró. E inmediatamente comenzó a orar por su gente y a prepararse para ayudar. El dolor ante la pérdida puede paralizarnos; pero, cuando lo traemos delante de Dios el dolor nos mueve. Nehemías 1:3-4. Es particularmente hermoso comprobar que  luego de la oración de Nehemías, el rey al cual servía, le preguntó acerca del motivo de su rostro triste. Nehemías le contó la situación de Jerusalén y el rey Artajerjes, se compadeció de él, le dio cartas de recomendación y lo envió a quienes podían proveerles los materiales para la reconstrucción.

Creo con el corazón que si cada venezolano viviendo fuera o dentro del país es capaz de elevar una oración al Dios de los Cielos, Él abrirá puertas y dará gracia delante de quienes tienen en su mano el poder de ayudar. Nehemías ayudó porque le dolió el corazón. Como solía decir el gran evangelista y escritor Charles Spurgeon; “La prueba enseña lo que jamás aprenderíamos en la prosperidad.” Las heridas del alma nos despiertan la compasión. Sin embargo, más allá de las ayudas desde fuera, lo que más necesitamos es que las personas en posición de poder sean capaces de sentir el dolor por nuestra nación, como un dolor propio.

Las reconstrucción nunca es individual, ni tampoco un pequeño grupo de personas reconstruyen una nación; es necesario que cada una ponga una piedra; son necesarias las asociaciones. El saber que en la unión hay fuerza. Como nos recuerda Salomón en el libro de Eclesiastés: “Mejores son dos que uno; porque tienen mejor paga de su trabajo. Porque si cayeren, el uno levantará a su compañero; pero ¡ay del solo! que cuando cayere, no habrá segundo que lo levante. También si dos durmieren juntos, se calentarán mutuamente; mas ¿cómo se calentará uno solo? Y si alguno prevaleciere contra uno, dos le resistirán; y cordón de tres dobleces no se rompe pronto.” Eclesiastés 4:9-12.

En medio del proceso de reconstrucción nos encontramos con una gran cantidad de obstáculos. Como siempre, en el mundo hay quienes tienen la buena intención de ayudar; mientras que hay otros que se convierten en barreras con sus críticas, sus amenazas y su intimidación. Jeremías lo vivió y al respecto nos cuenta: “’Pero aconteció que oyendo Sanbalat y Tobías, y los árabes, los amonitas y los de Asdod, que los muros de Jerusalén eran reparados, porque ya los portillos comenzaban a ser cerrados, se encolerizaron mucho; y conspiraron todos a una para venir a atacar a Jerusalén y hacerle daño. Entonces oramos a nuestro Dios, y por causa de ellos pusimos guarda contra ellos de día y de noche.” Nehemías 4:7-9. Y después del proceso de oración, Nehemías dice: “Después miré, y me levanté y dije a los nobles y a los oficiales, y al resto del pueblo: No temáis delante de ellos; acordaos del Señor, grande y temible, y pelead por vuestros hermanos, por vuestros hijos y por vuestras hijas, por vuestras mujeres y por vuestras casas. Y cuando oyeron nuestros enemigos que lo habíamos entendido, y que Dios había desbaratado el consejo de ellos, nos volvimos todos al muro, cada uno a su tarea.” Nehemías 4:14-15.

Siento que es muy importante esta premisa de No temer. Y para no temer Nehemías nos muestra que la clave está en recordar a nuestro Dios, que es grande y temible. Es decir, si a alguien debemos “temer” en este mundo es a Dios, el temor a caminar lejos de Él, a darle la espalda a sus mandamientos y caminar como si Él no existiera. La reconstrucción exige, simultáneamente, el trabajo de restauración y, por otra parte, el vigilar, discernir y defender la verdad. Siempre necesitamos ambas manos, en este caso, una para levantar nuestro hogar y para sanar. Y otra, para enfrentar el mal. Es muy importante pedir a Dios su guía y su sabiduría. Debemos estar alertas porque en medio de la tragedia hay quienes solo buscan una manera de usar el dolor de otros para enriquecerse groseramente. A este respecto Nehemías nos cuenta: “Nosotros, pues, trabajábamos en la obra; y la mitad de ellos tenían lanzas desde la subida del alba hasta que salían las estrellas” Como cristianos, debemos tener la espada del Espíritu y el escudo de la fe dispuestos para apagar los dardos de fuego del maligno. Nehemías 4:21.

Siempre he admirado al psiquiatra y escritor judío Victor Frankl quien sobrevivió a Auschwitz y al final de todo el horror que vivió, descubrió que a un ser humano pueden quitarle todo, excepto algo de suma trascendencia, su libertad interior, la capacidad de elegir qué hace con las experiencias vívidas, con las circunstancias atravesadas. No elegimos los terremotos, no elegimos las pérdidas, no elegimos la enfermedad; todo eso está fuera de nuestras manos. No tenemos ni el más mínimo control sobre un gran porcentaje de situaciones que nos suceden; pero, sí elegimos quienes seremos, en quién nos convertiremos después de la tragedia. Ese es el lugar donde comienza la reconstrucción interior del ser humano.

La verdadera reconstrucción está determinada por la recuperación de la esperanza. Con Nehemías y su historia, Dios no estaba interesado solo en levantar los muros de Jerusalén, Él quería restaurar a un pueblo. Y es necesario que ese pueblo reconozca su poderío y actúe en Su nombre: “Si el SEÑOR no edificare la casa, en vano trabajan los que la edifican; Si el SEÑOR no guardare la ciudad, en vano vela la guardia.” Salmos 127:1. La esperanza cristiana consiste en poner en las manos de Dios cada herida, cada momento incomprensible, cada lágrima atrapada en el corazón, todo el miedo sobre lo que el mañana traerá consigo. Nehemías comprendió que ninguna reconstrucción exterior puede sostenerse si primero Dios no fortalece el interior del ser humano. Su oración estuvo llena de adoración, confesión y dependencia, recordándonos que las grandes restauraciones de la historia bíblica comenzaron mucho antes de que aparecieran los primeros resultados visibles.

No todos somos rescatistas pero todos tenemos la tarea de la reconstrucción. Quizá el mayor milagro del libro de Nehemías no fue la reconstrucción de un muro, sino la restauración de un pueblo que recuperó su identidad y volvió a levantar la mirada hacia Dios. Del mismo modo, nuestra tarea no termina cuando desaparecen los escombros materiales. Culmina cuando una familia vuelve a abrazarse, cuando una comunidad recupera la esperanza y cuando una nación decide levantarse en fe.

Tal vez hoy Dios pone esta pregunta delante de nosotros: ¿Qué muro tienes que reconstruir? ¿El de tu hogar, el de una amistad rota, el de una iglesia herida, o el de una nación que aún llora sus pérdidas? El llamado permanece vigente desde la época de Nehemías hasta nuestros días: “Levantémonos y edifiquemos.” Y la Escritura añade una frase que debería acompañarnos cada mañana:

“Así esforzaron sus manos para bien” (Nehemías 2:18).

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