La economista Mariana Mazzucato (Roma, 1968) está obsesionada por pisar el terreno, mancharse las manos y ver cómo sus ideas se ponen en práctica y mejoran la vida de las personas. Acaba de regresar de Brasil y de México, después de varias semanas de trabajo con comunidades locales. Recibe a EL PAÍS en su casa londinense de Londres, en el barrio de Camden, con una incomprensible energía en alguien que debería estar aún bajo los efectos del jet lag.
Los gobiernos progresistas, tanto municipales como nacionales, reclaman sus consejos. Defiende un Estado emprendedor, capaz de imponer el ritmo de la economía en colaboración con el sector privado. Propone un crecimiento como resultado derivado del diseño previo de unas misiones/objetivos concretos que puedan sostenerse a largo plazo. En definitiva, como explica su último libro, Bien común. Una nueva economía que funcione para todos (Taurus), se trata de construir un buen modo de vivir. Junto con el ministro de Economía español, Carlos Cuerpo, ha impulsado la creación de un Consejo Global para una Economía del Bien Común.
Pregunta. Habrá podido observar el movimiento popular y el debate que ha provocado en España el desahucio de Maricarmen. Si hay un bien común, debería ser la vivienda asequible, ¿no?
Respuesta. Sí, la vivienda debería ser un bien común, pero debemos ir más allá del objetivo de que sea “asequible”. Es un derecho humano y la base de todo lo demás. Hoy el sistema favorece primero a los fondos de inversión y a los constructores. Un enfoque de “bien común” pondría en primer plano a las personas, al planeta y al derecho de todos a permanecer en su vecindario.
P. Y hasta ahora, ¿han dado con una respuesta adecuada los gobiernos progresistas?
R. Necesitamos soluciones de bienestar a corto plazo para que nadie viva una situación de precariedad. Pero en vez de atajar los problemas cuando ya han aparecido, los gobiernos necesitan configurar de antemano el mercado de la vivienda. Imponer condiciones a los promotores, poner freno a los especuladores y desarrollar un mercado de vivienda social tan grande como para imponer los términos de la construcción, como en Viena.
P. Comenzó hablando del Estado emprendedor, y luego de una economía de misiones concretas. Su último libro es casi el manual de instrucciones para estas recetas.
R. Sí, hemos abordado los problemas de manera errónea. Pensamos que el papel del Estado es el de tapar agujeros, los creados por el sector privado. Por eso seguimos oyendo que hay un déficit global de siete billones de dólares para cubrir los Objetivos de Desarrollo Sostenible. Es ridículo seguir pensando así. Pasemos de los bienes públicos, que nos limitamos a corregir, al bien común, que es un objetivo, donde lo importante es cómo se relacionan entre sí capital, trabajo, lo público, lo privado, el Estado, los ciudadanos… Se trata de insertar ese bien común ex ante. Hablemos más de predistribución, no de redistribución.
Mariana Mazzucato en su casa de Londres el pasado 25 de septiembre.Kalpesh Lathigra
P. Y propone que los ciudadanos sean más partícipes de esta nueva economía.
R. Debe ser la comunidad la que decida qué misiones se deben abordar. Pero no porque crea que la toma de decisiones deba ser de abajo arriba. Sigue siendo necesario un Gobierno activo. Pero los ciudadanos deben incorporarse al diseño, mucha gente se ha quedado atrás, está enfadada, y esto da alas a los políticos populistas. Hay desconfianza hacia los gobiernos. Y el mejor modo de combatirla es trabajar con la comunidad. Escucharlos, incorporar a la mesa las voces que tienen experiencia en asuntos como vivienda, transportes o política alimentaria.
“La historia de la IA se ha creado con un esfuerzo en África que roza la esclavitud”
P. Sus planteamientos requieren una planificación y desarrollo a largo plazo. ¿No puede ser que fracasen en una sociedad que hoy está polarizada y se mueve por impulsos, por lo que lee en las redes sociales?
R. Al revés. La gente está impaciente. Abandonemos la palabrería. Hay que asegurar que cada niño en Londres, Barcelona o Ciudad de México tenga acceso a sanidad y a un almuerzo saludable y sabroso. No es tan complicado. Hay que despertar, y dejar claro que el dinero de estos almuerzos, por ejemplo, debe aprobarse ya, y no ser un objetivo de 2030 o 2050. Nadie habló de objetivos para 2050 en pandemia. Llegamos a aplicar instrumentos de guerra. ¿Por qué no lo hacemos hoy? Porque a nadie le importan estos objetivos, pero sí que sabemos cómo resolverlos.
P. Vivimos tiempos de incertidumbre. ¿Oportunidad o riesgo económico?
R. Estamos en la situación geopolítica más problemática desde la década de los sesenta, pero la Guerra Fría mantenía todo estable. Y comenzamos a invertir en salud y educación, y menos en defensa. Ahora hemos decidido incrementar el gasto en defensa, y aunque nadie lo diga, es a costa de otras necesidades. Estamos regresando a la austeridad, algo estúpido. Si dejas de invertir en salud o educación, será el Estado el que tenga luego que arreglar el destrozo.
P. ¿Cómo aplicamos sus ideas del bien común a la urgencia desatada por incrementar el gasto en defensa?
R. Si no nos queda más remedio aprendamos al menos cómo hacerlo bien. Si solo te dedicas a financiar una bomba o un tanque, no estimulas la innovación. En vez de en defensa, pensemos en resiliencia, soberanía o seguridad. E incorporemos al discurso la seguridad hídrica, energética o sanitaria. Redefinamos el concepto de seguridad y estimulemos la innovación y el crecimiento.
P. Nos hemos olvidado en el debate actual de que la migración tiene una vertiente y una solución económicas…
R. Hay que responder a por qué migra la gente. Sus economías tienen dificultades, y tiene mucho que ver con cómo hemos interactuado con esos países. Si tenemos cosas como el Mecanismo de Ajuste en Frontera por Carbono, que deja fuera los productos que no cumplen los criterios de carbono, estamos perjudicando a países africanos que no han hecho las inversiones necesarias. Ayudémoslos con acuerdos de transferencia de conocimiento e inversiones.
P. Hay mucho pesimismo que apunta a la desaparición del orden internacional. ¿Nos dirigimos a una era sin orden?
R. Necesitamos forjar coaliciones entre países con valores similares. España, Brasil, México o Sudáfrica son países progresistas. ¿Qué es ser progresista? Creer en el progreso, y no en dar marcha atrás, como supondría cerrar la frontera. O estar en contra de un sistema impositivo que deriva el dinero de los pobres hacia los ricos. Más predistribución que redistribución. Los países que creen en esto deberían trabajar juntos.
P. Frente a las alarmas desatadas sobre la IA, usted es crítica hacia sus creadores…
R. Me niego a llamarlos tech bros. Son simplemente bros, es decir, mafiosos. Toda la tecnología que usan fue desarrollada por los gobiernos. Se limitaron a navegar esa ola, sin pagar impuestos. Abusan laboralmente a escala global. La historia de la IA y de muchos modelos LLM se ha construido con un esfuerzo en África que roza la esclavitud. Y están siendo sobrefinanciados. Creo que China, al menos, está pensando de forma más estratégica. Su modelo DeepSeek usa menos carbono y agua, algo a tener en cuenta.